Sócrates: más que una leyenda del fútbol, un emblema de la utopía revolucionaria

Como sucede con todos los ciclos, uno espera que se repitan. Que el símbolo, que otrora supo erigirse como faro de las gentes, se encarne en otro espejo.

Un año antes de que se celebrara la Copa Mundo, el 19 de septiembre de 1985, aconteció el evento natural más mortífero del que la historia de México tenga registro. Un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter sacudió los cimientos de Ciudad de México y sus alrededores: 8 mil millones de dólares calculados en daños materiales y casi un millón de personas abandonaron sus hogares. El reporte oficial de muertos fue de 3.192, mientras que, por otra parte, algunas organizaciones hablan de un número muchísimo mayor: veinte mil.

Casi un año después, el domingo 1 de junio de 1986, en un partido por la primera ronda del Grupo D, Brasil acabaría ganándole a España un gol por cero, tras una anotación del tipo que aparece en la fotografía, ese que lleva atada a la frente una pañoleta que dice México sigue en pie. La tierra volvió a temblar, esta vez por causa del éxtasis. Miles de aficionados estallaron en aplausos y corearon su nombre. El centrocampista le daba un espaldarazo a los mexicanos desde el césped, les hizo saber que era uno más dentro de los muchos que seguían recogiendo los escombros del pasado reciente. Ese día se contó como un desposeído.

Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, mejor y ampliamente conocido como Sócrates o «El doctor», por su también profesión de médico, fue el jugador brasilero más inteligente de la década de los ochentas. Su regate siempre oportuno, acompañado de su inmejorable visión de juego, lo convirtieron en el futbolista que mejor supo hacer de su deporte un ritual estético. «El fútbol, más que un juego, es un trabajo de artistas», sentenciaba constantemente.

Su prudencia en el manejo del balón contrastaba con la rebeldía de su cabeza. A mediados de la década del sesenta y hasta 1985, Brasil vivió bajo el régimen dictatorial. Sin embargo, desde inicios de la década de los 80, la dictadura empezó a dar señales de su periodo terminal. En 1982, forzados por el clamor popular, los representantes de la autarquía convocaron elecciones para designar al nuevo Gobernador del Estado de Sao Paulo. Fue entonces cuando Sport Club Corinthians, liderado por Sócrates, inició un movimiento contestatario que empezaría por revolucionar las practicas deportivas al interior del equipo, para luego trasladarse a todo el escenario social de aquel Brasil convulsionado. De ese gesto nació lo que se conoce como «La democracia corinthiana».

Así, los jugadores lo votaban todo. Se reunían y, democráticamente, por mayoría, elegían el método de trabajo, los sistemas de juego, los horarios de entrenamiento y la repartición del dinero. Durante esos años el Corinthians convocó las mayores multitudes en los estadios de Brasil, además de ganar consecutivamente el Campeonato Paulista durante dos años, ofreciendo el más hermoso y vistoso fútbol de todos.

De este modo, valiéndose de su popularidad, los jugadores decidieron proyectar el mensaje democrático hacia la sociedad brasileña. «Cuando pisábamos el césped —declaró en una ocasión Sócrates— sabíamos que estábamos participando de algo más que de un simple partido de fútbol. Luchábamos por recobrar la libertad en nuestro país».

Como muestra de ello está la final del campeonato paulista de 1983. Sócrates convenció a sus compañeros de imprimir camisetas con el lema «Democracia corinthiana. Vote el día 15», escudados por una pancarta que decía «Ganar o perder, pero siempre con democracia»

De todos estos procesos Sócrates fue líder y vocero: «Jugué los mundiales del 82 y 86 en una maravillosa selección. Conocí el Calcio en la Fiorentina. Fui técnico. Sigo siendo médico. Escribo crónicas para un diario deportivo y poemas que ponemos en canciones con amigos músicos. Pero esa fue la época más exultante de mi vida. Dos años y medio de lucha que valen por 40 de felicidad», Con estas palabras Sócrates, quien falleció en 2011 a los 57 años, evocaba la utopía futbolística y revolucionaria de la que había sido emblema.

Como sucede con todos los ciclos, uno espera que se repitan. Que el símbolo, que otrora supo erigirse como faro de las gentes, se encarne en otro espejo. Mientras esperamos en vano nos damos cuenta que Sócrates ha muerto en todos los sentidos. Murió el futbolista, se fue el genio, desapareció la voz. En este espectáculo que es el mundo, todos asistimos por igual a la infortunada paradoja de la vida que consiste en ver morir una especie al mismo tiempo que otra nace: mientras languidece moribundo, el ídolo, nace, violenta y cruda, la celebridad.

El ídolo es símbolo per se. La celebridad es una imagen, y las imágenes cambian sin el menor remordimiento conforme los tiempos se suceden uno tras otro. El símbolo encarna el espíritu de una época, la celebridad vive sin saber acaso qué es el espíritu. El símbolo es paradójico, la celebridad es plana, previsible. El símbolo no quiere que lo encuentren, la celebridad no se permite salir del reflector. Pero será la voz, ante cualquier otro rasgo, lo que mejor distinga al uno de la otra. El primero es un discurso, una voz indiferente al poder, un Juan el bautista que espeta verdades a merced de que le corten la cabeza. La segunda solo posa.

El símbolo es Puerto Rico. Residente, Capó, Daddy Yankee, Bad Bunny, Nicky Jam, Ricky Martin, Olga Tañón, entre otros, emplearon con sensatez su poder de convocatoria para darle fuerza al movimiento social en la isla. La indignación de los boricuas se ha hecho sentir en las calles, gente de todos los sectores estableciendo un precedente, actuando como se debe frente a las atrocidades del gobernador Ricardo Roselló, el hombre que, desde su casa, entre otras infamias, negaba la inminencia de la crisis mientras el país se hundía en el caos después de la tragedia causada por el huracán María.

La presión dio sus frutos, Roselló renunció al cargo y ganó el símbolo. Una victoria que debe ser celebrada como lo que es: la jugada de Sócrates. Los boricuas se ponen de pie y aplauden, el estadio se quiere caer. Desde Colombia solo vemos, nada más. Vemos mientras sufrimos. Aquí solo hay celebridades que promocionan marcas y producen videos chistosos. Nuestros artistas están de gira y los futbolistas en la playa. Para nosotros Sócrates no juega, para nosotros él ha muerto en todos los sentidos.

Mi padre y Atlético Nacional

Este texto lo empecé a escribir la noche misma en que Nacional obtuvo su segundo título de la Copa Libertadores. No es un texto para Atlético Nacional, sino para mi padre, quien en vida fue hincha del equipo antioqueño. Mi padre me enseñó a ver fútbol, béisbol y boxeo. También me enseñó a jugar dominó. Revivo este texto, en su momento publicado en Las2Orillas, para decirle en la distancia ¡Feliz día, viejo Carlos!

Mi padre fue hincha de Nacional. Nunca entendí su pasión por el Verde de la montaña, porque jamás salió del Caribe. En sus años de madurez recorrió todo el norte del país: Barranquilla, Santa Marta, La Guajira. Incluso fue varias veces a trabajar a Maracaibo cuando el hermano país recibía —algunas veces con aprecio y otras más con hostilidad— a los colombianos.

Pero nunca fue a Medellín. Nunca a Antioquia.

Mi viejo sufría con crispación al frente del televisor cuando jugaba Nacional o la Selección. El Tano Pasman del Caribe. Con cierta exquisitez le reputeaba la madre por igual al árbitro que pitaba una falta inexistente, al portero que hacía mal un saque o al delantero que erraba una oportunidad de gol.

De él aprendí, entre muchas cosas, la procacidad al frente de una pantalla. Mis amigos dicen que las groserías se me oyen bonitas, naturales. “Tendrían que haber escuchado las del viejo Carlos”, les digo jactancioso.

En sus últimos años de vida, mi viejo no distinguía en la pantalla al jugador que erraba el gol ni al que ponía el pase. Y entonces, cuando veíamos un partido de la selección, para él Zúñiga era un hijo de puta que se comía la pelota de gol que realmente Jackson Martínez había pateado.

Crítico implacable y conversador festivo. Ese era mi padre durante un partido de fútbol. De él también aprendí que los partidos se ven mejor solo porque siempre se está expuesto al júbilo o al escarnio.

Como todo buen hijo, nadé contracorriente y salí hincha del Junior de Barranquilla. Pesó en mí adquirir consciencia durante los años en que el Pibe, Valenciano, Pachequito, Mendoza y Pazo le daban al equipo de la Costa las estrellas tres y cuatro del fútbol colombiano.

Junior contra Nacional eran nuestros clásicos. Y nos burlábamos cuando un equipo le ganaba al otro. Yo gocé la mítica remontada de Junior en la final de 2004, y él los cinco títulos que Nacional obtuvo después de ese año.

Pero como el fútbol es un rato, al final del partido nos separábamos y nos encerrábamos en nuestros mundos distantes. Él, los cigarrillos y el cultivo de arroz; yo, los libros y la universidad. Volvíamos a coincidir otra vez alrededor de un partido de fútbol, de la Serie Mundial de béisbol, de una pelea de título mundial o de la taza de café en las mañanas.

Siempre he dicho que soy una versión físicamente inferior de mi padre, pero espiritualmente más fuerte. Mi viejo —campesino iletrado— era una roca para el trabajo físico, pero también un hombre de sentimientos gigantes. Una lágrima indócil brotaba de sus ojos con la misma agilidad con que cortaba un puño de arroz.

En cambio, mi corazón siempre ha sido frío como enclenques son mis manos. Quizá por eso — y porque el fútbol es un deporte de pasiones y sentimientos— año tras año lo miro con mayor desdén.

Soy un hincha paria. Nunca he asistido a un estadio a hinchar por Junior y hace más de diez años no compro su camiseta. Puedo sobrevivir perfectamente un fin de semana sin saber si perdió o ganó, o sin saber si está dentro o fuera de los ocho.

Nunca supe de dónde provino el fanatismo de mi viejo por Atlético Nacional. Sospecho que, como muchos, inició en 1989. Es entendible, nadie quiere vivir su vida montado en el bus de los perdedores.

El seis de noviembre de 2013, Nacional jugó contra Sao Paulo en el Atanasio Girardot. Era miércoles. Esa noche los dos equipos se jugaban el paso a las semifinales de la Copa Suramericana. Ocho días antes, Sao Paulo había ganado como local el partido de ida.

Yo estaba con mi viejo en la sala de tierra y bahareque en la que aún vivo. Recuerdo que al final de un primer tiempo sin goles, me levanté de la silla: “Allí te dejó con tu Nacional”, le dije. Esas fueron las últimas palabras que le dirigí.

Al final, Nacional quedó eliminado de la copa. Y a la mañana siguiente mi viejo amaneció muerto en su cama.

Miento si digo que aquella noche de julio de 2016 festejé el segundo título de Nacional en la Copa Libertadores. Pero ese miércoles, mientras veía la celebración en la pantalla, me acordé de mi viejo y por él sentí regocijo.

Al día siguiente—lejano a aquel otro jueves ominoso— lo imaginé levantándose temprano de su cama a hacernos el café y a restregarnos en la cara el nuevo título continental de su Verde del alma.

Marzo es un rey de dos caras

En marzo, la humedad parece dominarlo todo, como si ella gobernase sobre el mes y no al revés. Pero está claro que el rey es marzo.
La muerte del Cesar de Vincenzo Camuccini

Febrero es esperanzador y marzo, traidor. Los ariscos amagos del segundo mes del año se han disipado; y ahora, antes que el abrazo de la fría lluvia, están aparcados en la atmósfera unos días agobiantes saturados de una humedad inquebrantable. En marzo, la humedad parece dominarlo todo, como si ella gobernase sobre el mes y no al revés. Pero está claro que el rey es marzo.

Marzo es un rey. Uno de dos caras enemigas: una que se presume inmortal porque bebe en el pasado y otra que conjura silenciosa esperando los idus. En marzo, el capullo es flor y la flor es fruta. Los mangos inmortales, como cristales veraneros, dejan caer sus flores en la tierra. Con las lunas, de sus ramas surgirán, ubérrimos, los racimos preñados de verde. Los mamoncillos tiñen el patio con una lluvia florida para darle vida a millones de hijuelos. Y así avanza marzo: sintiéndose dios cuando apenas es un mortal rey de dos caras.

Con cada flor que cae al piso, con cada fruta que nace del ramaje de los mangos y los mamoncillos, la cara conjuradora del rey espera una señal. Una faz reina y la otra conspira. Una, confiada, se sienta en el trono; y la otra, recelosa, espera los idus. Entonces, como premonición divina, un viento rasga en dos el calendario y los idus de marzo quedan aparcados en los ventanales de los palacios y casuchas. Las dos caras, confiadas, sonríen. Una presume su fútil inmortalidad y la otra celebra su venidero triunfo.

Es el día quince y las dos caras se encuentran: «Los idus de marzo aparecieron», dice una. «Cierto es», dice la otra, «pero no pasaron». Y, entonces, la felicidad de la cara reinante se transforma en una mancha roja en el piso. Los idus llegaron y la felonía ha dado frutos. La cara pérfida será ahora quien reine.

Cinco días después, cuando el día y la noche sean espejos paralelos del tiempo, será el equinoccio. Y el rey conspirador —confiado, triunfante— se sentará en el trono. Ignorará que dentro de sí se gesta una cara tan joven y fresca como la suya que, con los soles, esperará su oportunidad. «¡De los idus de marzo desconfía!», dirá.

Camille Paglia: «Sin el hombre, la mujer nunca hubiera salido de la cueva»

En Formas Circulares, revimos esta entrevista que Camille Paglia le dio hace un año al periódico El Mundo de España: “No existe el heteropatriarcado. Es una estupidez que descalifica cualquier análisis. En Occidente, las mujeres no viven en ningún patriarcado”.

Algunos presentan a Camille Paglia (Nueva York, 1947) como la feminista a la que odian las feministas. Natural. La escritora y profesora de Humanidades de la Universidad de las Artes de Filadelfia huye de lo políticamente correcto. «Creo en las mujeres fuertes que se protegen solas, no en las que corren a refugiarse en un comité», afirma en esta entrevista exclusiva.

Atea, lesbiana y siempre libertaria, admiradora de Almodóvar y crítica con el ultrafeminismo de series como Girls -llamó a su creadora «neurótica»-, ahora publica Feminismo pasado y presente (Ed. Turner). A su juicio, el famoso patriarcado que, según el feminismo, es responsable de todos los males de este mundo, no existe. Y a partir de ahí…

Mucho se habla de la brecha salarial, de…

Mire, yo soy una feminista igualitaria. Eso es que exijo un trato equitativo para hombres y mujeres en todos los ámbitos. Y si una mujer hace el mismo trabajo que un hombre, le tienen que pagar lo mismo. Sin embargo, ahora las feministas se apoyan en no sé cuántas estadísticas para afirmar que las mujeres en general ganan menos que los hombres. Pero esos gráficos son fácilmente rebatibles. Las mujeres suelen elegir trabajos más flexibles (y, por lo tanto, peor pagados) para poder dedicarse a sus familias. También prefieren los trabajos que son limpios, ordenados, seguros. Los que son sucios y peligrosos se los suelen endosar a los hombres, que también suelen estar más presentes en áreas más comerciales. Tienen una vida mucho más desordenada pero eso, por supuesto, se remunera.

En España la brecha empieza con el nacimiento del primer hijo.

Lo que es evidente es que las mujeres tienen también derecho a elegir diferentes caminos. Y a lo mejor para muchas mujeres el trabajo no es tan importante.

Para otras mujeres sí que lo es.

Pero hay otras muchas que prefieren un trabajo más flexible para pasar más tiempo con sus hijos y no dejarlos al cuidado de extraños. El problema del feminismo es que no representa a un amplísimo sector de las mujeres. Por eso se ha centrado en la ideología y en la retórica antimasculina en lugar de hacerlo en el análisis objetivo de los datos, de la psicología humana y el significado de la vida. No creo que la carrera laboral deba ser lo más importante de la vida de una persona. Si permites que tu trabajo defina tu personalidad, es que eres un enfermo. La vida humana está dividida en la vida privada y en la pública. Y es muy importante desarrollar la vida familiar, afectiva… Centrarse sólo en la vida pública puede ser propio de personalidades distorsionadas. Por eso las nuevas generaciones en EEUU se atiborran de antidepresivos. Identifican la vida con el trabajo y eso sólo te puede hacer sentir miserable.

Las élites feministas…

En los años 60 el feminismo de izquierdas trataba de atraer a las mujeres trabajadoras y adoptaba las maneras y el lenguaje de la clase trabajadora. En los 70 se empezó a imponer una corriente que se centraba en las burguesas de profesiones liberales, principalmente profesores, periodistas… Ese tipo de feminista que cree saber qué es lo mejor para las mujeres. Pero lo cierto es que sólo están centradas en hacer carrera y no se dan cuenta de lo distintas que son sus vidas de las mujeres de clases trabajadoras que pretenden representar. Hay una actitud muy elitista en el feminismo. Y las periodistas y las que se llaman intelectuales tienen mucha culpa.

Usted defiende que el feminismo también debería incluir la visión de las conservadoras.

Sí. El debate sobre el aborto es un claro ejemplo. Yo estoy 100% a favor de la libre elección de las madres y de todo eso de que mi cuerpo es mío porque ni el Estado ni la Iglesia pueden decir a ninguna mujer lo que tiene que hacer. Sin embargo, respeto los movimientos antiabortistas y me parece atroz que el feminismo los excluya de sus manifestaciones y sus marchas. Es ridículo. Y además, fue nefasto que la segunda ola del feminismo tuviera una visión tan negativa de las mujeres que se quedaban en casa para cuidar a sus hijos. Se las miraba como a unas ciudadanas de segunda y ellas, claro, rechazaron el feminismo.

En uno de sus ensayos usted critica que el feminismo haya prescindido de Freud en favor de autores como Derrida y Foucault.

Tampoco se trata de mitificarlo, pero el desprecio a Freud es un desastre para el feminismo porque es incapaz de entender o analizar las relaciones sexuales. Sin Freud no se explica lo que pasa entre hombres, mujeres, hermanos… Y por eso el feminismo es incapaz de construir una teoría del sexo. La realidad es que la única aportación de este feminismo es un análisis desde el punto de vista político. ¡Una locura! El sexo no se puede explicar con política. Lo que pasa es que estas burguesas, las feministas, lo que buscan es una forma de religión. Quieren un dogma y eso es lo que han encontrado en las identidades. Y si la gente contempla la política como si fuera su salvación, su dogma, pues acabas de crear el infierno. ¡Otro!

Es evidente que las mujeres deben ser protegidas. ¿No?

En mi generación pedíamos a las autoridades que no se metieran en nuestras vidas privadas. Cuando llegué a la Universidad en 1964, los dormitorios de las chicas se cerraban a las 11 de la noche. Sin embargo, los hombres no tenían toque de queda y podían pasarse toda la noche por ahí. Pensábamos que era una vergüenza pero en la universidad nos respondían que eso no podía ser porque el mundo era peligroso. Y nos quejamos al rector: «Denos libertad aunque eso acarree el riesgo de que nos violen». Y lo logramos porque aceptamos los peligros. El problema es que a nosotros nos educaron personas que habían ido a la Segunda Guerra Mundial y vivido la Gran Depresión. Nuestros padres entendían lo que era la realidad y nos advertían de los riesgos. Por lo que, aunque estábamos muy protegidos, nos habían explicado los peligros del mundo y habíamos desarrollado una personalidad que nos permitía afrontar las contrapartidas de la libertad. Hoy, dos generaciones después, la gente joven, de clase media, es blanda e incapaz de sobrevivir. Viven en un entorno protegido, educados para no ser ofendidos. No se les enseña la sucesión de horrores que ha sido la Historia. Sólo se les habla de esta basura identitaria y victimista.

¿Infantiles?

La cosa es que las chicas creen que se pueden vestir como Madonna (en los 80) para ir por una calle oscura en mitad de la noche y que no les va a pasar nada. Y tienen perfecto derecho a creerlo, pero yo les advierto que si lo hacen tienen que estar preparadas para todos los peligros a los que puedan enfrentarse. Entre ellos, los que representan unos pocos hombres que no sólo son abusivos sino psicóticos. Pero a los chicos de hoy en día les han enseñado que todo el mundo es bueno y que la única forma en la que te conviertes en malo es mediante la injusticia social.

Habla de psicópatas pero el movimiento Me too…

La revolución sexual que liberó a mi generación y que fue fabulosa no está afectando de idéntica forma a las nuevas generaciones. Está forzando a las niñas a tener relaciones mucho antes de lo que ellas quieren y creo que eso también está alterando la relaciones entre sexos. De esta forma, las mujeres están perdiendo dignidad y estatus. Para los hombres es fantástico porque tienen un acceso al sexo inimaginable. ¡Y no quiero pensar en todas esas citas que se hacen ahora por teléfono! El sexo se ha hecho demasiado banal… Creo que hace falta una reasignación de la sociedad contemporánea para que hombres y mujeres vuelvan a valorar los códigos del cortejo. Los hombres y las mujeres ven el sexo de manera diferente. Y éste es otro error del feminismo. Ha abandonado la biología y dice que no hay diferencias entre sexos.

Es que…

Es de locos. Si se crean estudios de género, qué menos que incluir el estudio de la biología, esencial incluso cuando, como sostienen algunos, se trata de una mera construcción social. Por eso yo digo que los estudios de género son mera propaganda y no son una disciplina académica. No hay diferencia entre este discurso y la propaganda fascista durante la II Guerra Mundial. Es mentira que el género sea totalmente una construcción social porque, como expliqué en ‘Sexual Personae’, se trata más bien de una intersección entre la cultura y la naturaleza.

Usted sostiene que hay una crisis de masculinidad.

Ahora hay una crisis de roles de género y un debate centrado únicamente en las necesidades de las mujeres. Mientras, a los hombres se los retrata como violadores, criminales y todo lo masculino se desprestigia. Hasta llegan a decir que los hombres son mujeres incompletas. ¡El feminismo ha conseguido envenenar la atmósfera cultural con su aversión a lo masculino! Claro, los muchachos ven esto como algo terrible y yo lo siento mucho por ellos. Atravesamos un periodo de caos. Es cierto que tenemos muchos privilegios, lujos… pero la gente es miserable.

¿Por qué?

En realidad durante muchos milenios hombres y mujeres tuvieron poco contacto. Ellos se iban de caza (o lo que fuera) y ellas se quedaban en casa haciendo lo que tuvieran que hacer. Hoy, hombres y mujeres trabajan juntos, pero las mujeres dicen que los hombres las discriminan y las acosan. El feminismo debería abstenerse de seguir con esa retórica tan antihombre porque no está ayudando a que sus niños se conviertan en adultos. La culpa de los males de las feministas no la tienen los hombres, sino este sistema profesional en el que vivimos.

Despotrica pero usted es muy feliz enfocada en su carrera.

De pequeña me quería parecer a Amelia Earhart, a Katharine Hepburn… Pero el caso es que no me identifico únicamente con mi papel profesional o público. La vida real es también la familia, los amigos… Las carreras también se han convertido en una identidad para muchas. Sin embargo, las mujeres obreras no le dan tanta importancia al trabajo, es algo que hacen para ganar dinero. Y tienen su verdadera vida en casa, durante las vacaciones. Entonces se olvidan del trabajo. Las clases medias y altas, la burguesía, sin embargo, piensan constantemente en el trabajo y eso no es saludable.

El feminismo sostiene que se ha ocultado la historia de las mujeres.

En mi libro ‘Sexual personae’ escribí que si la civilización hubiera quedado en manos de las mujeres seguiríamos viviendo en la cueva. La gente no lo entendió bien. Lo que yo quería decir es que las grandes estructuras fueron producto de los hombres. Y luego hubo mujeres que crearon a partir de esas estructuras. Y las mejoraron.

Me refiero a las mujeres olvidadas del Arte, de la Literatura.

Y cuando investigas te das cuenta de que son artistas de segunda fila a las que se les prestó poca atención. Ahora se habla mucho de Artemisia Gentileschi pero, bueno, es una figura menor. Los hombres han sido los que han roto los estilos y los que han creado la Historia del Arte. No tengo duda. Los grandes proyectos de irrigación de Mesopotamia, las pirámides de Egipto fueron idea de los hombres. ¿Por qué? Porque los hombres son capaces de matarse a sí mismos y a otros para llevar a cabo sus proyectos. O sus experimentos. Siempre tratan de ir más allá del conformismo, de la cueva en la que estaban las mujeres. En parte, quizás, para escapar de las cuevas porque en las cuevas mandaban las mujeres.

¿Entonces?

Que es muy desagradable no reconocer los logros de los hombres porque las estructuras que han creado es lo que ha permitido a las mujeres escapar de la opresión de la propia naturaleza y tener sus propias carreras, identidades, logros… Así que ha llegado el momento de dejar de vilipendiar y minusvalorar a los hombres.

¿Y el heteropatriarcado?

No existe. Es una estupidez que descalifica cualquier análisis. En Occidente, las mujeres no viven en ningún patriarcado.

El hombre no es más que un fingidor

Porque nada cambia el hecho de que el hombre auténtico es el primero que delira, y a ciegas como va, busca la primera forma donde pueda hallar reposo.

La mano de la fotografía aprieta y ocasiona un dolor que en su naturaleza es tan extraño a quién lo padece porque, entre otras cosas, casi todas las formas del grito están más cercanas al padecimiento de la mujer que al del hombre. Como Aquiles, algo de lo que somos se quedó por fuera del bautismo. La inmersión de nuestra hombría parece haber estado marcada por una mano que, en lugar del talón, nos sostuvo por los genitales. El hombre es, en el fondo, un ser que exhibe su machismo con el mismo instrumento que desvela su fragilidad.

Entre hombres, las riñas se resuelven con golpes en la cara, nunca en las pelotas. Un hombre prefiere un rostro desfigurado antes que un miembro magullado. Parece haber un acuerdo tácito sobre el cual se infiere que, quien propine literal bajeza, será visto como un supremo cobarde, aunque deje al rival tendido e indefenso, revolcándose en el suelo. Entre hombres es prohibido pisarse las mangueras.

El pene siempre ha tenido dotes de actor consumado. Se yergue, impetuoso, con más dificultad de lo que se duerme. Su estado de indefensión permanente es usado para denotar un brío del cual solo es consciente cuando está erecto, el resto del tiempo es solo una nariz que pende, diminuta, a la espera de una nueva mentira que lo engrandezca.

Habría que replantear, si el asunto es de coherencia, nuestra forma alternativa de ser machos, porque el genital como estereotipo no puede con tanta carga. Toda una historia lo avala: al hombre lo postra el desuso. La guerra, por ejemplo, ha ofrecido cada vez que puede nuevos paradigmas de bravura, pero al ser tan efectiva ha acabado con los hombres. Y muerto el perro…

El fútbol (para no alejarnos de la imagen) tampoco ayuda mucho. Jornada tras jornada, las agitaciones de la cancha y de la grada terminan por convertirse en un cuadro de salvajismo testicular. Sea para provocar o para responder, nada es más elocuente que un apretón de bolas, o la soledad de un dedo que se ofrece. Es difícil encontrar en el funcionamiento mecánico de nuestro cuerpo una conexión más natural que la de las manos de un hombre con sus genitales.

Al final, parece que no queda más que resignarnos con lo único cierto: somos la cuota inicial de la procreación y los mayormente responsables del crecimiento demográfico. Porque nada cambia el hecho de que el hombre auténtico es el primero que delira, y a ciegas como va, busca la primera forma donde pueda hallar reposo. La mujer, queriendo que así sea, seguirá fingiendo que no lo necesita, solo para que la farsa dure más tiempo. Ellas, siempre más adelantadas, ya han descubierto que la nariz de pinocho crece solo con mentiras. Ellas ya saben que la vida empieza, paradójicamente, con la resurrección de un muerto.

El Día del Hombre o por qué no hay nada que celebrar hoy

Las cifras dan cuenta de que, ante el mayor derecho de la humanidad que es la vida, la relación entre hombres y mujeres es enormemente asimétrica.

Los datos

Hoy se celebra, en muchas partes del mundo, el Día del Hombre. Que esta fecha sirva para demostrar con datos reales que la diferencia entre hombres y mujeres no es tal cuando se revisan los principales problemas que aquejan a las sociedades modernas. Lo que hemos intentado es buscar los datos más relevantes y actuales sobre muertes violentas, accidentes de tránsito y muerte en el trabajo.

Las cifras dan cuenta de que, ante el mayor derecho de la humanidad que es la vida, la relación entre hombres y mujeres es enormemente asimétrica. Curiosamente, donde la brecha más se cierra es en el ámbito de ocupación. Así, por ejemplo, en Colombia, el 50,1 % de los hombres tiene trabajo, mientras que el 49,8 % de las mujeres tiene alguna ocupación. Cabe aclarar que en ambos casos estas ocupaciones están debidamente remuneradas. Sin más, veamos algunos datos:

Si nos centramos en las muertes violentas en Colombia, podemos ver que, durante el año 2018, murieron en Colombia más de 9000 personas. De ellas, 8.575 fueron hombres y 804 mujeres. Porcentualmente, podemos decir que el 91 % de los muertos eran hombres. La mayoría de estos tenía entre 14 y 26 años. La cifra es preocupante toda vez que en Colombia el último censo arrojó que la población colombiana estaba conformada mayormente por mujeres.

En cuanto a accidentes de tránsito, las estadísticas más recientes muestran que en Colombia por cada mujer que muere en un siniestro lo hacen 4,3 hombres. Esto quiere decir, porcentualmente, que el 81, 46 por ciento de los muertos en accidentes de tránsito corresponden a hombres y el 18, 54 % a mujeres. ¿Y entonces quiénes son los que no saben conducir?

Otro ámbito para tener en cuenta es el laboral. Las cifras últimas sobre accidentes laborales arrojan que el 92 % de estos son sufridos por hombres y el 8 % restante a mujeres. Y esto es evidente toda vez que, en Colombia, la mayoría de trabajos pesados son realizados por hombres.

La conclusión:

Si en Colombia están muriendo más hombres que mujeres y el último censo reveló que el 51,4 % de la población está conformada por mujeres… cuídense, caballeros, mientras conducen, trabajan y delinquen, que mujeres hay de sobra.

La literatura y los premios

Los premios literarios son como los reinados o los realitys. Al año siguiente, ya nadie recuerda a los ganadores. Por el contrario, los grandes libros de literatura perduran en la mente de las personas.
Elvira Sastre, ganadora del premio Biblioteca Breve

Hace varias semanas, la escritora, poeta, instagramer y twitera española, Elvira Sastre —la meliflua, simplona y efectista, Elvira Sastre— recibió el premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral. Este mismo premio lo han obtenido grandes escritores como Vargas Llosa, Carlos Fuentes o Guillermo Cabrera Infante. También, hace unos días Juan Gabriel Vásquez fue nominado al premio británico The Man Booker Internacional. Estas dos circunstancias, permiten la siguiente breve reflexión sobre los premios literarios y la literatura.

Los premios literarios poco tienen que ver con la literatura. Mientras los premios literarios son anuales o bienales, una buena novela, una gran novela, surge cada diez o veinte años. Y me reconozco optimista porque a veces pueden pasar décadas para que surja una nueva gran novela. Los premios, por tanto, premian por necesidad o por mantenerse vigentes, pero pocas veces lo hacen siguiendo el criterio de calidad literaria.

Los premios literarios son como los reinados o los realitys. Al año siguiente, ya nadie recuerda a los ganadores. Pero los grandes libros de literatura perduran en la mente de las personas. Y más que eso, definen una época o sociedad. Premiar un libro es ignorar otros, muchos otros, que quizá son mejores que el que mereció las loas.

Ningún premio literario es grande per se, sino porque un libro ha logrado inmortalizarlo. Si el Rómulo Gallegos —que por cierto era el premio literario más prestigioso de América Latina y cierto dictador lo mandó para la mierda— tiene el reconocimiento de la comunidad de escritores de Hispanoamérica es porque libros como Los detectives salvajes, Cien años de soledad, El desbarrancadero o La casa verde lograron volverlo un referente de la literatura que se escribe en español. Eso y no al revés. Cuando Cien años de soledad ganó este premio, ya sus ventas se contaban por cienmiles. Cuando Bolaño ganó con Los detectives, ya toda la España literaria conocía su obra.

Para hablar de este tema siempre se recurre al mayor premio literario que se le puede dar a un escritor vivo, el Nobel de Literatura. Hoy el Nobel es un cementerio de nombres de gente que nadie lee, que nadie cita, que nadie recuerda.

Para lo único que sirven los premios literarios es para aliviar las penurias y el hambre de un solitario escritor que, con hambre, teclea en un apartado estudio con la idea ilusa de que eso que escribe sirve para algo. Por lo menos para llevar el pan a la casa. Y de eso sí que sabía Bolaño, quien en su cuento Sensini contó —desde su relación con Antonio di Benedetto— las penurias del escritor cazaconcursos.

Con todo, es mejor ganarse un premio que nunca hacerlo. Porque, como dijo Pambelé, siempre es mejor ser rico que pobre. Y porque a todos nos viene bien un poquito de reconocimiento.

¡Así se jugarán los cuartos!

De aquí en adelante solo juegan los mejores. Esta edición de la Champions League ya ha definido sus llaves de cuartos de final y el posible fixture de los equipos que aspiran al título.

El azar ha dispuesto todo para que Messi y Cristiano Ronaldo se enfrenten en la final de la Champions League, el 1 de junio en Madrid. Juventus, Manchester City, Ajax y Porto conforman el grupo de donde saldrá el primer finalista, que a su vez oficiará como local en el Wanda Metropolitano. De los otros cuatro equipos restantes saldrá, respectivamente, el segundo finalista de la competición.

La Juventus se medirá en cuartos al Ajax, que viene de eliminar al Real Madrid, actual campeón del torneo. Fuerza, inteligencia y ambición son tres palabras que describen al equipo holandés.  Por su parte, la Vecchia Signora demostró que con la incorporación del astro portugués solucionó lo que fue su principal problema en ediciones anteriores: falta de jerarquía en el área rival.

Barcelona, por su parte, se medirá ante el Manchester United. Los diablos rojos han mejorado su cuota de pragmatismo siendo contundentes adelante, desplegando un fútbol cuyo poderío está en los extremos, pero con algunas fragilidades en el área propia. Al frente, el Barca. Un equipo que todavía no ha hecho música de verdad en esta Champions. Hasta ahora, solo ejecuta una armonía sencilla, interpretada de memoria por músicos profesionales. No obstante, no es poca cosa tener en la cancha al único músico del mundo que improvisa bien en todas las tonalidades.

Entre Londres y Manchester está el otro clasificado a semifinales. Guardiola versus Pochettino. Spurs contra Cityzens. Inglaterra tendrá que despedir a uno de sus candidatos al trono de Europa, aun así, será el país que más probabilidades tiene de ganar el torneo de clubes más importante del mundo. La última vez que se enfrentaron ambos equipos fue en octubre del año pasado, por Premier League, cuando el City le ganó por la mínima diferencia al Tottenham.

El Liverpool es, al menos para mí, el candidato inglés que más argumentos tiene para llegar a Madrid. En el papel, tendrá un rival menos complicado que el Bayern Múnich, a quien viene de eliminar en Alemania. El Porto es un equipo de instantes, puede controlar los ritmos del partido por momentos pero su consistencia dura poco. Puede golear o ser goleado, o empatar en un flojísimo cero por cero. Ante Liverpool va a despabilar. Se va a sacudir. Lo hará cuando vea venir en ataque, con sed de otra final, a tres hombres vestidos de rojo.   

¿Quiénes crees que serán los equipos que pasarán a la siguiente fase de la Champions League?

Cuéntanoslo abajo en los comentarios.

La narrativa intrascendente de Juan Gabriel Vásquez

El origen de todas mis decepciones está en que la narrativa de Juan Gabriel Vásquez la encuentro sosa e ingenuamente predecible.

Algunos medios nacionales, henchidos de orgullo, daban la noticia de que el escritor Bogotano, Juan Gabriel Vásquez, había sido nominado al premio británico The Man Booker Internacional. Si bien el veredicto final se conocerá el próximo 21 de mayo, la prensa se mostraba entusiasta. Emoción por sentirse representados en el ámbito literario, emoción porque un colombiano da pasos de gigante en el mundo de las letras, emoción –pero sólo esa emoción nacionalista– de sentir que el resto del mundo mira por un instante este país. Pero más que amor de patria, a mí la noticia sólo me ha causado decepción.

La primera decepción, como dije, fue con los medios; que más allá de dar la noticia, se apoderan de las emociones del pueblo. Que nunca han mostrado ningún interés por presentar con ojo crítico la labor del escritor, y sólo aparecen para festejar, con él, sus pequeños triunfos. Decepcionado también con los certámenes, concursos o premios literarios que, cada vez menos, entienden de literatura; pero que siempre se muestran (los medios ayudan a eso) como las ventanas para mostrar lo que se debe considerar como literatura de calidad. El vuelo de una obra no se debe medir por ninguna de estas estrategias de la industria editorial; la decisión de sentirse orgulloso o decepcionado, debe tenerla el buen lector en su soledad con el libro.

Precisamente, el origen de todas mis decepciones está en que la narrativa de Juan Vásquez la encuentro sosa e ingenuamente predecible. Es un literato de una extraña condición. Por lo general, el escritor sin talento no suele tener ideas claras, coherentes y mucho menos interesantes sobre las consideraciones de lo literario ni de su influencia en otros ámbitos como la Historia, la cultura o el arte en general. Un intelectual que maneje bien estas ideas, tiene una alta consciencia y una rigurosa valoración de las obras y, sobre todo, de su propia obra. Lo extraño en Vásquez es que, a pesar de manejar con claridad la concepción de lo literario, a pesar de mostrar erudición sobre el tema, no tiene idea de lo que es hacer prosa de calidad.

En su libro de ensayos, «Viajes con un mapa en blanco», Vásquez logra unas reflexiones interesantes a través de un lenguaje que no pierde en profundidad, a pesar de ser sencillo y entretenido. Las reflexiones giran en torno al arte de novelar. Y según entiende el escritor, la novela es la única capaz de concentrar, más que cualquier otro género, las veleidades del espíritu humano. Esta idea le da relevancia a la construcción de los personajes en las novelas. Los diferentes personajes que se han creado al través de la historia de la literatura en las novelas, han dado cuenta de la evolución espiritual de los hombres, de las condiciones ontológicas de la raza humana.

Esta maravillosa idea, repito, le da valor a la construcción de los personajes. Pero al echarle un vistazo a las novelas de Juan Gabriel Vásquez, resultan estar llenas de personajillos sin alma y sin carne. Unos fofos personajes de papel que sólo llegan a representar antiguas y aburridas moralidades. Su amor por el Realismo y la perspectiva crítica de este, en su obra se vuelve una nostalgia por los hechos violentos de la historia colombiana. Una nostalgia que nunca es el recuerdo sentido y furibundo de una generación, sino el lloriqueo de un personaje sin fuerza. La realidad en su obra es el recuerdo de un personaje intrascendente y condenado al olvido.

Sus novelas casi nunca tienen intensidad. Escribe con la nostalgia de uno de esos extintos poetas mártires, buscando reflejar con la soledad y el dolor, su sensibilidad por la violencia. Pero estos sentimientos nunca afloran. La temática de la soledad, en sus novelas, se confunde con el aburrido vacío. Con la carencia de un momento discordante en la trama o con la monótona tristeza. Y nunca logra hacerle contrapeso a esta sensación con técnica, con manejo del lenguaje. La sensación de aburrido sentimentalismo, combinado con la falta de ritmo, de intensidad narrativa, hace que sus novelas siempre pierdan fuerza e interés.

Mockus, el símbolo

Mockus ya no es el pedagogo obstinado que enseñaba con parábolas y analogía. Mockus es ahora un símbolo.

A Mockus, la enfermedad lo ha devastado desde aquel año 2010 en que, en plena campaña presidencial, confesó que tenía Parkinson. Anoche, no hay que negarlo, fue doloroso verlo en ese vaivén constante que produce una enfermedad tan cruel. Ya sabíamos de su dificultad para hilvanar un argumento, ya sabíamos que, como hombre de acción, estaba cada vez más limitado. Pero anoche lució indefenso detrás de Juanita Goebertus, quien defendía, con absoluta coherencia y entereza, al país que añora la paz de los amigos de la guerra. Porque sus palabras no solo buscaban defender a una institución en ciernes, llamada JEP, sino defender el futuro de millones de colombianos que no han visto cesar la horrible noche.  

Mockus ya no es el académico lúcido que un día quiso educarnos desde la política, al tiempo que pretendía educar también a una hostil y corrupta clase política. Mockus ya no es el pedagogo obstinado que enseñaba con parábolas y analogía. Mockus es ahora un símbolo.

La enfermedad no la ha matado, el Parkinson no lo ha aislado. Por el contrario, ahora su vida —a pesar del menoscabo de su cuerpo— persiste en seguir enseñándonos ya sin los ejemplos, ya sin las parábolas del pasado. Mockus ya no habla como antes. Tampoco es necesario que lo haga. Ahora su cuerpo es el ejemplo y la parábola materializados. Ayer Mockus no dijo una sola palabra, pero su cuerpo todo nos dejó una bella lección: Mockus está jugando sus últimos días de vida por defender la Paz de cuarenta y seis millones de colombianos.

Elogio de la mandarina

El autor comparte un texto de la serie, en construcción, Elogios y diatribas. En esta ocasión, habla sobre la mandarina, la fruta más ignorada de la familia de los cítricos. La mandarina es una fruta descastada, sin mitos en nuestra cultura occidental.

Permítaseme hablar de la mandarina. Para no confundir al lector, evitaré utilizar metáforas o símiles extraños. A lo sumo diré que la mandarina es una luna eclipsada y que su concha tiene la tersura de la lona. O diré también que su jugo tiene la pureza de la sangre de un dragón. Nada más.

La mandarina es un fruto secundario, marginado. A pesar de que nos recuerda la grandeza de las dinastías y la lengua chinas —de allá proviene—, la mandarina es insignificante, de las orillas. No hay, que yo sepa, un mito que hable de ella, como bien lo tiene la manzana de la discordia, el corazón de mango del Sinú, el maíz mítico de los indígenas o las uvas fabulescas. No, la mandarina ha estado allí siempre, aunque sin saberse estar.

Prima del limón, de la naranja y de la toronja, la mandarina no sufre de la acidez del primero, mucho menos nos impone la dificultad para encontrar el centro de la segunda ni esconde el veneno acerbo de la última. La mandarina es néctar puro y milenario. Cada capullo es una eternidad efímera de ácida dulzura que, expedita, se entrega a las yemas de los dedos que desechan su túnica naranja.

Que se escriba, pues, el mito de la mandarina. Que hable de dos amantes furtivos que encuentran en su jugo la coincidencia de la vida. Escribamos cada uno de nosotros, cuando nos entreguemos a la vertiginosidad de desnudarla, una historia particularmente mítica que hable de un fruto venido de oriente a amainar el paladar rugoso de los cuerpos.

Lucien Laurent y el primer eureka


La hora cero de lo que sería un fenómeno global. Un estadio que ya no existe. Un goleador olvidado. Todas estas cosas se conjugan para recordar la fundación mítica de la Copa Mundo.

En Uruguay, 1930, se jugaron los primeros partidos por el orgullo de ser la mejor selección de fútbol del planeta. Franceses y mexicanos se enfrentarían en el partido inaugural. En Montevideo había una sensación que era a su vez euforia e indiferencia. Un campeonato del mundo era una idea arriesgada, mucho más si se jugaba en la geografía desconocida de un continente decorativo.

El arte de ser pioneros es también una forma de estar más cerca del olvido que del reconocimiento. De no resultar atractiva, la Copa Mundo debía reemplazarse por algún otro tipo de entretención futbolera. En una época donde la información en masa era solo un embrión gestante, la gente disponía de muy pocos argumentos para aficionarse por un equipo o un jugador. La figura del entrenador era lo más parecido a un general que recluta su ejército. El fútbol era el limbo.

Lucien Laurent

El partido de la fundación se disputó en Pocitos, el estadio del Peñarol. El Estadio Centenario, construido especialmente para el acontecimiento, aún no estaba completamente terminado. En aquel juego los europeos se impusieron 4-1 sobre los centroamericanos. Lucien Laurent, mediocampista francés, anotó el primer gol del partido, el primer gol de un Mundial de fútbol.

Laurent pertenecía a uno de los cuatro equipos europeos (Yugoslavia, Rumania, Bélgica y Francia) que decidieron embarcarse en un viaje de tres semanas hasta Uruguay para ser parte del proyecto del entonces presidente de la FIFA, Jules Rimet. Vivir del fútbol era tan quimérico como ahora vivir sin él. Lucien había jugado durante casi una década con el Cercle Athlétique de París y alternaba los partidos con su rutina laboral en las empresas Peugeot. Gracias a ello, llegó al Sochaux, club con el que la empresa mantenía un fuerte vínculo comercial.

El primer Mundial no detuvo a nadie de cumplir con sus labores y Lucien debió negociar su ausencia, aunque sin goce de sueldo, a cambio de ser parte de la primera convocatoria, una lista que tenía solo a los jugadores necesarios y viajó con un corto presupuesto asignado por la federación francesa.

En 1998, cuando Francia conquistó su título mundial y él era el único sobreviviente de la primera delegación mundialista, Laurent fue entrevistado por The Independent y describió con más o menos exactitud la jugada del primer gol: «Nuestro portero sacó hacia el defensa central, quien habilitó a nuestro extremo derecho (Liberati), este recortó al defensa lateral y envió un centro cruzado que rematé de volea al ángulo desde unas 12 yardas».

Entrar en la historia no representó para los franceses un júbilo demasiado especial: «Todos estaban contentos, pero no dimos una vuelta alrededor del campo. Un apretón de manos y volvimos al juego» , sentenció el exjugador francés, quien murió el 11 de abril de 2005.

Francia ganó solo el primer partido, perdió con Argentina y después con Chile; Laurente se lesionó en el encuentro contra la Albiceleste y fue suficiente motivo para no volver a ser alineado en la Copa del Mundo.

Fueron un total de diez participaciones con la selección las que acumuló en toda su vida. Fue parte de la victoria 5-2 sobre Inglaterra en 1931 y, nuevamente una lesión, lo marginó de la experiencia de Italia en 1934. Marcó otro tanto en compromisos internacionales y no hubo más para Lucien con la selección de su país.

Así luce hoy el monumento a la portería de Pocitos, en una esquina de Montevideo.

En 1939, le hizo frente a la Segunda Guerra Mundial, donde fue apresado por militares alemanes. Fue hasta 1943 cuando, al regresar, descubrió que su casa en Estrasburgo había sido saqueada. Entre las pérdidas estuvo la camiseta de la única Copa del Mundo que pudo jugar. Lucien Laurent jugó de nuevo con el Besançon FC y puso punto final a su carrera tres años más tarde: «Todos mis recuerdos siguen ahí, bien guardados en una esquina de mi vieja cabeza. Nadie puede robármelos», dijo en cierta ocasión Laurent.

Los recuerdos siempre mueren en las esquinas. Nadie pudo robarle a Laurent lo que hubo en una de las suyas, y nadie podrá robarle a Pocitos el honor de ser hoy la esquina cualquiera de una calle de Montevideo donde una Copa del Mundo gritó su primer eureka.

Solo un humano

Messi es capaz de ganarle a dos equipos, al suyo y al rival. Messi prevalece sobre la irregularidad de sus compañeros mientras doblega a los rivales con abundantes lecciones de estética y asombro.

Messi es el único jugador que es capaz de anotar un gol antes de disparar. Su sinapsis es en demasía más rápida que la del resto de los mortales que jugamos, o intentamos jugar, con un balón en los pies. Esto no es nada nuevo.

Messi es un genio diferente, uno que en el ocaso parece tener el fútbol todo bajo su control. Uno que no se permite padecer los drásticos avatares del paso del tiempo, porque a su edad ha entendido que en el fútbol un cerebro veloz es mejor que unos pies alados.

Quienes corren detrás de Messi, corren para mitigar la vergüenza. Quienes le atajan un penal, lo celebran sabiéndose exclusivos datos estadísticos. Quienes han visto su triplete ante el Sevilla, el número 50 en su carrera, (y su pasegol número 227 con el Barcelona) asisten a un acontecimiento raro en el fútbol: Messi es capaz de ganarle a dos equipos, al suyo y al rival. Messi prevalece sobre la irregularidad de sus compañeros mientras doblega a los rivales con abundantes lecciones de estética y asombro.

Imagen de @LaLiga

Ante Sevilla, Messi fue ángel y demonio. Cuando el balón está en sus pies todos los sueños pueden hacerse realidad. A veces imagino a Messi jugando contra el fútbol mismo, y me pregunto si será posible que, hasta en esa delirante conjetura, Messi salga triunfante. Ganarle al fútbol. De inmediato recuerdo que es humano, y por igual me digo que no hay un calificativo que reste más mérito a la genialidad de Leo que el de «extraterrestre».

No, amigos. El diez es humano, y tan carnal como es, se yergue como el mejor de todos. Esa es una humillación de la que nos sentimos orgullosos: Messi es como nosotros, pero nosotros jamás seremos como él.

Febrero es un amago

En esta segunda viñeta de los meses del año, el autor, en una tenue prosa poética, nos habla de las promesas incumplidas, de las cometas que se elevan y de las lluvias que se asoman. Febrero es eso precisamente: una advertencia del invierno y de la vida.

En febrero, las nubes reaparecen tímidamente y amenazan con desplomarse contra el suelo. Pero no lo hacen: le temen al polvo que, por este tiempo, ya ha penetrado hasta en el último resquicio de mi biblioteca. Febrero es un amago. En sus días, se anuncian las lluvias que no caen y se esfuman las ilusiones y las promesas de amores juramentados en el fragor de la fiesta. La vida transcurre evanescente como haciéndonos creer que el mundo está en marcha. Pero es mentira, porque, a pesar de que nos levantamos temprano, lo hacemos con la fuerza de las vísceras y no con la voluntad del corazón.

Enero es inclemente y febrero es esperanzador. Al brillo abrasador del primero, le sigue el sopor matinal del segundo. Hasta que llega la tarde. La calma hipnótica de todo el día sucumbe ante las brisas vespertinas. En febrero, como en ningún otro mes, llegan las brisas. Entonces, una artesanal cometa bailotea por los cielos como llevada por los dioses a cumplir una misión cósmica.

Crecer es perder, y febrero se empeña en hacérnoslo saber. Hace mucho perdimos la paciencia tierna que se necesita para armar una cometa con dos varitas y un trozo de seda. Por eso, este año, otra vez incumpliremos la promesa de armar una para mandarles telegramas a las nubes. En febrero, la calma profunda de la cometa que, sedosa, juega en el viento se parece al vuelo de la abeja que fecunda las flores veraneras. Ya brotarán los mangos y las guayabas y los mamoncillos. Mientras tanto, una madre y un padre enamorados ven crecer un vientre feliz.

Febrero es fugaz y delicado como las flores del cañaguate que alfombran la senda de los hombres del campo. Febrero es un amago, un asomo de lo posible. Ya pronto vienen las lluvias. Entonces, otra vez seremos felices en el verde de mil tonalidades, en el gris de un cielo encapotado.

Los ocho atributos de la gente culta, según Antón Chéjov

Verás, la vida tiene sus exigencias. Para sentirse cómodo entre gente educada, para estar como en casa y a gusto entre ellos, uno debe ser culto en cierta medida.

Antón Chéjov, 26 años, corrige a su hermano mayor Nikolay – quien ya empezaba a gozar de cierto prestigio debido a su talento como pintor – a causa de una aparente falta de cultura. Con un tacto y una estética excepcional, Chéjov invita a su hermano a ser lo que para él debe ser un hombre culto, enseñándole,  fraterno y radical, cómo sobreponerse a las contrariedades que complicaban su adaptación al ambiente cultural ruso de la época.

Una carta que muestra una vez más la versatilidad de la prosa de Chéjov y, claramente, al alto sentido humanista que se había formado como hombre y escritor.

Aquí la carta:

“Moscú, 1886.

¡A menudo te has quejado conmigo de que la gente “no te entiende”! Goethe y Newton no se quejaron de eso… Solo Cristo lo hizo, pero Él se refería a su doctrina y no a sí mismo… La gente te entiende perfectamente bien. Y si tú no te entiendes a ti mismo, no es culpa suya.

Te aseguro, como hermano y como amigo, que te entiendo y estimo con todo mi corazón. Conozco tus cualidades como a mis cinco dedos; las valoro y respeto profundamente. Si quieres, para comprobar que te entiendo, puedo enumerarlas. Creo que eres amable hasta el punto de la suavidad, magnánimo, desinteresado, dispuesto a compartir hasta tu último centavo; no sientes envidia ni odio; eres candoroso, sientes lástima por hombres y bestias; eres confiado, no eres malicioso ni taimado, y olvidas el mal que te han hecho…

Tienes un regalo de los cielos del que pocos gozan: talento. Esto te sitúa por encima de millones de hombres, pues en la tierra solo uno entre dos millones es un artista. Tu talento te distingue: si fueras un sapo o una tarántula, aun entonces las personas te respetarían, pues al talento todas las cosas le son perdonadas.

Solo tienes un defecto, y la falsedad de tu posición, tu infelicidad y la irritación de tus entrañas son todas debidas a él. Es tu pronunciada falta de cultura. Perdóname, por favor, pero veritas magis amicitiae… Verás, la vida tiene sus exigencias. Para sentirse cómodo entre gente educada, para estar como en casa y a gusto entre ellos, uno debe ser culto en cierta medida. El talento te ha llevado a ese entorno, ahí perteneces, pero… te apartan de él, y te meces vis-à-vis entre la gente culta y los meros inquilinos.

Las personas cultas, en mi opinión, satisfacen las siguientes condiciones:

1. Respetan la personalidad humana y, por lo tanto, son siempre benévolas, amables, corteses y dispuestas a entregarse a otros. No hacen un alboroto por un martillo o por un pedazo de caucho perdido; si viven con alguien no creen estar haciéndole un favor, y al marcharse no dicen: “Nadie podría vivir con usted”. Perdonan el ruido, la carne fría y seca, y la presencia de extraños en su casa.

2. Sienten compasión, no solo por gatos y mendigos. Su corazón sufre por lo que el ojo no ve… De noche, se desvelan para ayudar a P…, para pagar la universidad de sus hermanos, para comprarle ropa a su madre.

3. Respetan la propiedad ajena y, por lo tanto, pagan sus deudas.

4. Son sinceras y le temen a mentir tanto como al fuego. Ni siquiera dicen mentiras blancas; una mentira es un insulto para quien la oye, lo degrada frente a quien la dice. No posan, se comportan en la calle como lo hacen en casa, no hacen alardes ante sus camaradas más humildes. No son dadas a farfullar incoherencias ni a forzar a otros a escuchar confidencias indeseadas. Por respeto a los oídos de los demás, permanecen más tiempo en silencio que hablando.

5. No se menosprecian a sí mismas para despertar compasión. No tocan las cuerdas de los corazones ajenos para hacerlos suspirar y aprovecharse de ellos. No dicen “soy un incomprendido,” o “me han pasado a segunda fila”, porque esto es esforzarse por alcanzar efectos mezquinos, y es vulgar, rancio, falso…

6. No son vanidosas. No apetecen diamantes tan falsos como conocer celebridades, estrechar manos con el ebrio de P., escuchar los arrebatos de un espectador extraviado en una exposición de pintura, ser reconocidos en las tabernas… Si hacen un centavo no se pavonean como si hubieran ganado cien rublos, y no presumen por tener la entrada donde otros no son admitidos… Los verdaderamente talentosos permanecen ocultos entre la multitud, tan lejos como sea posible de la publicidad… Hasta Krylov dijo que un barril vacío retumba más fuerte que uno lleno.

7. Si tienen talento lo respetan. Por él sacrifican descanso, mujeres, vino, vanidades… Son personas orgullosas de su talento… Además, tienen escrúpulos.

8. Desarrollan la sensibilidad estética en sí mismas. No pueden dormir en traje, ver grietas llenas de insectos en las paredes, respirar aire viciado, caminar sobre un piso en el que alguien ha escupido, cocinar en una estufa de parafina. Buscan, tanto como sea posible, contener y ennoblecer sus instintos sexuales… Lo que quieren de una mujer no es una compañera de cama… No pretenden en ellas el ingenio que se manifiesta en la costumbre de mentir.

Buscan, sobre todo si son artistas, frescura, elegancia, humanidad, la capacidad para ser madre… No se atiborran de vodka día y noche, no se ponen a olisquear la despensa, pues no son cerdos y lo saben. Beben solo cuando están libres, en ocasiones… Pues quieren mens sana in corpore sano.

Y así sucesivamente. Así es la gente culta. Para ser culto y no ser inferior al nivel de tu entorno no basta con haber leído Los papeles póstumos del Club Pickwick y aprenderse un monólogo de Fausto.

Lo que se necesita es trabajo constante, día y noche, lectura constante, estudio, voluntad… Para ello, cada hora es preciosa. Ven a nosotros, rompe la botella de vodka, échate a leer… Turgueniev, si quieres, a quien no has leído.

Debes dejar tu vanidad, no eres un niño… pronto tendrás treinta años. ¡Es hora!

Te espero… Todos te esperamos.”

En enero, llegan los Reyes

En esta primera viñeta de los meses del año, el autor, entre murmullos y recuerdos, nos dice que en enero los hombres esperan a los Reyes, aunque ya sin el fervor de diciembre, y las cabañuelas nos permiten ilusionarnos con el futuro.

Enero es un pedazo de sol ardiente en lo alto del cielo o un bloque de hielo duro e infranqueable en medio de la avenida. Enero es también el pronóstico fallido del abuelo que mira, día tras día, las cabañuelas sin saber que enero se pronostica a sí mismo desde el primer día. En enero, los hombres caminan como zombis y las calles suelen estar arrasadas por la bomba que cayó, estruendosa, la noche anterior.

En enero, llegan los Santos Reyes y solo encuentran la pobreza de los que recuerdan la noche pasada. Lo mágico ya pasó. El nacimiento es ya un recuerdo entre los hombres que, pasada la fiesta, solo añoran con ver al Salvador entre clavos y maderos. Por eso, los Reyes son esperados sin fervor porque aquí sabemos que ningún regalo suyo es suficiente para alegrarle el corazón a un hombre que otra vez debe iniciar su vida, sus gastos y sus dolores.

Diciembre es un mes de trastornos felices y enero un mes de lúgubres trastornos. En enero, no se vive la vida, sino que se matan los días. Uno tras otro, pasan lentamente los días como si quisieran adherirse a nuestra piel y no soltarnos jamás. Enero es un mes duro como el sol que arropa los campos meridionales o como el bloque de hielo del norte. Enero, que es un mes de inicio, parece más propicio para la muerte que para la vida. Sin embargo, he allí su dulce misterio: enero nos obliga a vivir de nuevo, así no queramos. Así nos cueste.

Rick & Morty, una serie valeverguista


La serie sólo quiere responder a una pregunta: ¿qué tal si existiera en el mundo alguien que lo supiera todo? Y la respuesta es simple: sería como Rick.

Muchos han dicho que Rick & Morty es una serie científica, y lo cierto es que no están muy equivocados. Rick & Morty podría ser física cuántica y teórica ilustradas, con una mezcla de sátira y humor negro, pero más que todo, una excusa para decirnos que todo vale verga.

La serie sólo quiere responder a una pregunta: ¿qué tal si existiera en el mundo alguien que lo supiera todo? Y la respuesta es simple: sería como Rick.

La máxima de Sócrates «solo sé que nada sé» es tan simple como reza, significa que todo el conocimiento que llegues a tener sólo servirá para darte cuenta de que eres ignorante, e insignificantemente intrascendente, que nada tiene sentido, que nada vale la pena, porque esta mierda no tiene fin y entonces… todo vale verga.

Este es Rick, un científico que lo sabe todo, que lo inventa todo y tiene una solución para todo, pero que nada lo satisface. Posiblemente un suicida potencial, pero que es tan egoísta que no es capaz de apuntar un desintegrador de partículas hacia sí mismo. Rick no tiene respeto por la vida, ni por las leyes de la naturaleza, ni del universo, porque sabe que todo tiene solución, y para alguien tan listo como Rick, nada que tenga solución vale la pena.


El rey Midas pidió riquezas antes que sabiduría, para descubrir que tanta riqueza vale verga. El rey Salomón pidió sabiduría antes que riquezas, para llegar a la conclusión de que todo vale verga.

Esta la esencia de Rick, su vida cotidiana, su familia, la ciencia por la que vive por desdén, como si se tratara de los pescaditos de oro del coronel Aureliano Buendía… nada tiene validez para él, porque alguien que conoce millones de mundos paralelos donde todo es perfecto, no puede conformase con esas nimiedades. Sólo con Morty, su nieto, a quien quiere rescatar de las estupideces de este mundo; sin embargo, aún Morty es prescindible, porque hay millones de Mortys y millones de Ricks a quien matar para reemplazarse por ellos cuando todo salga mal.

Definitivamente qué miedo ser Rick, qué miedo ser tan listo y tan sabio, qué miedo saber que hay algo más allá y que ni mil vidas te alcanzan para conocerlo. Qué miedo llegar a verle la cara al mismo D’s y salir decepcionado.

Emmanuel Macron, el presidente de los más ricos

François Hollande, quien fue mentor político de Macron, se refiere a él en los siguientes términos, «Macron no es el presidente de los ricos, sino de los muy ricos».
Fotografía tomada de www.metro.pr/pr/bbc-mundo

El 7 de mayo de 2017 el mundo puso sus ojos sobre las elecciones presidenciales en Francia. Un joven, que se auto denominaba de centro, prometía a los votantes unir lo mejor de la derecha y de la izquierda, reducir las brechas de desigualdad, trabajar para el pueblo. El joven banquero tenía un atractivo que seducía a la clase media y media alta francesa: parecía libre de las ataduras de los partidos políticos tradicionales. Impulsado por un movimiento nuevo, el movimiento En Marcha, el joven banquero llamaba la atención del mundo. El 7 de mayo de 2017, Emmanuel Macron se erigió presidente de Francia.

El día posterior al triunfo de Macron los diarios más importantes del mundo titulaban: ganó el joven sin partido político. Macron era visto como un fenómeno político que solo la democracia puede dar. Sin embargo, el romance entre franceses y su nuevo mandatario dura muy poco. Rápidamente Emmanuel Macron se perfila como el presidente de los ricos, como quien, contrario a lo prometido en campaña, impulsará reformas que repercutan en el aumento de la desigualdad.

Según un sondeo realizado por el diario Le Monde, a propósito del primer año del gobierno Macron, un 48% de los franceses que ganan más de 6.000 euros al mes se declaran “apasionados” por Macron, mientras que el porcentaje en el conjunto de la población es sólo del 33%.

En esa misma línea, François Hollande, quien fue mentor político de Macron, se refiere a él en los siguientes términos, «Macron no es el presidente de los ricos, sino de los muy ricos». A los pocos meses de su llegada al poder impulsó una reforma laboral que se aprobó por decreto gubernamental en septiembre de 2017, por medio de la cual se redujo el coste de los despidos y flexibilizó de manera significativa el mercado laboral.

La reforma tuvo dos impactos directos sobre los asalariados: por un lado, facilita a las empresas despidos masivos con impactos económicos mínimos, cambiando también el tipo y la temporalidad de los contratos a favor del contratante.

Macron también fue generoso con las grandes rentas. En los primeros reportes de presupuesto del actual gobierno francés, las grandes rentas dejaron de aportar cinco mil millones de Euros a las arcas del estado, algo muy similar a la apuesta de Trump en los Estados Unidos.

Fotografía tomada de www.thestar.com

La reducción de impuestos a las grandes rentas se acompañó de la supresión de la exit-tax, el impuesto que tasaba el coste del traslado de las grandes fortunas a paraíso fiscales. La propuesta del gobierno Macron disminuye significativamente el impuesto a pagar por el traslado de grandes fortunas, mejorando el escenario para que se acojan a la figura de no residenciados, por lo que el país galo dejará de percibir una gruesa suma de dinero en impuestos.

La fuga consentida de capital impactó los recursos para programas sociales. Una de las grandes promesas de campaña de Macron iba dirigida a los desempleados. En plaza pública prometió que los independientes y quienes renunciaran a su empleo, tendrían derecho a las prestaciones de desempleo. Una vez en el poder el asunto pasó a un segundo plano. Un máximo de cincuenta mil franceses tendrá derechos a las prestaciones, mientras que independientes y quienes dimitan voluntariamente de su empleo quedaron por fuera del programa.

Macron, y su ahora partido político En Marcha, se alzaron con la mayoría en las elecciones parlamentarias, dándole amplio margen de gobernabilidad. Debido al triunfo de Macron, los partidos de izquierda y derecha quedaron maltrechos, con poca capacidad de convocatoria, por lo que su primer año de gobierno no tuvo oposición real, hasta la entrada en escena de los chalecos amarillos, entendidos como una reacción natural a un gobierno que trabaja para los más ricos.

Video tomado del canal de YouTube de La Vanguardia