Rick & Morty, una serie valeverguista


La serie sólo quiere responder a una pregunta: ¿qué tal si existiera en el mundo alguien que lo supiera todo? Y la respuesta es simple: sería como Rick.

Muchos han dicho que Rick & Morty es una serie científica, y lo cierto es que no están muy equivocados. Rick & Morty podría ser física cuántica y teórica ilustradas, con una mezcla de sátira y humor negro, pero más que todo, una excusa para decirnos que todo vale verga.

La serie sólo quiere responder a una pregunta: ¿qué tal si existiera en el mundo alguien que lo supiera todo? Y la respuesta es simple: sería como Rick.

La máxima de Sócrates «solo sé que nada sé» es tan simple como reza, significa que todo el conocimiento que llegues a tener sólo servirá para darte cuenta de que eres ignorante, e insignificantemente intrascendente, que nada tiene sentido, que nada vale la pena, porque esta mierda no tiene fin y entonces… todo vale verga.

Este es Rick, un científico que lo sabe todo, que lo inventa todo y tiene una solución para todo, pero que nada lo satisface. Posiblemente un suicida potencial, pero que es tan egoísta que no es capaz de apuntar un desintegrador de partículas hacia sí mismo. Rick no tiene respeto por la vida, ni por las leyes de la naturaleza, ni del universo, porque sabe que todo tiene solución, y para alguien tan listo como Rick, nada que tenga solución vale la pena.


El rey Midas pidió riquezas antes que sabiduría, para descubrir que tanta riqueza vale verga. El rey Salomón pidió sabiduría antes que riquezas, para llegar a la conclusión de que todo vale verga.

Esta la esencia de Rick, su vida cotidiana, su familia, la ciencia por la que vive por desdén, como si se tratara de los pescaditos de oro del coronel Aureliano Buendía… nada tiene validez para él, porque alguien que conoce millones de mundos paralelos donde todo es perfecto, no puede conformase con esas nimiedades. Sólo con Morty, su nieto, a quien quiere rescatar de las estupideces de este mundo; sin embargo, aún Morty es prescindible, porque hay millones de Mortys y millones de Ricks a quien matar para reemplazarse por ellos cuando todo salga mal.

Definitivamente qué miedo ser Rick, qué miedo ser tan listo y tan sabio, qué miedo saber que hay algo más allá y que ni mil vidas te alcanzan para conocerlo. Qué miedo llegar a verle la cara al mismo D’s y salir decepcionado.

El día que no murió nadie

La muerte, ya humanizada, es usada por Saramago para revindicar a los hombres, porque los defectos de los humanos no son más fuertes que sus virtudes: la muerte se ha enamorado.
José Saramago, Premio Nobel, 1998

Al día siguiente no murió nadie. Con este uppercut a la mandíbula, José Saramago hace que besemos la lona de la intriga. Y a juzgar por el título de su obra, también comenzamos a sospechar de qué se trata esta historia: la muerte ha dejado de actuar y, en consecuencia, nadie puede morir.

Esta es la premisa de Las intermitencias de la muerte, una de las novelas más apasionantes del Nobel portugués.

Esta premisa es bastante conocida. Ya en 1897 el escritor colombiano Tomás Carrasquilla, en su relato En la diestra de Dios padre, había contado el caos que supondría que la muerte dejara de trabajar, cuando el personaje de Peralta, haciendo uso del don otorgado por el mismo Cristo, pudo engañar a la muerte y ponerla en cautiverio sobre la rama de un árbol.

Recordamos también aquel cuento del escritor ruso, Aleksandr Nikoalevich, El soldado y la muerte, donde también se cuenta cómo un soldado logra atrapar a la muerte en un saco mágico por mucho tiempo, hasta que ésta es liberada y se lleva de un tajo a los dos protagonistas de estas historias que continúan sus aventuras entre el cielo y el infierno.

Pero en este relato de José Saramago, publicado en 2005, la historia es a otro precio. Es la muerte la que ha decido no trabajar más en un país entero, y, por mucho tiempo, nadie se entera de lo que está pasando. La ausencia de la muerte se convierte en un problema político y de salud pública. Bendita sea la inmortalidad si se adquiere durante una juventud saludable, pero maldita sea si te alcanza viejo y enfermo. Para la mente razonable, es mejor morir sin dolor que vivir agonizante, sobre todo si es para siempre.

Con su pluma mordaz, Saramago nos lleva de la mano a explorar el caos en este país sin nombre habitado por inmortales. Morir se convierte en un negocio acaparado por las mafias que acorralan a un Estado incompetente y pusilánime.

Cruzando la frontera, la muerte del otro país puede quitarte la vida, entonces a los países vecinos les toca enfrentar un éxodo de inmigrantes y hasta de emigrantes, porque para muchos, con vida eterna ya no importan las privaciones.

La incansable narración de Saramago, con su lenguaje inconfundible y de difícil lectura para el lector desatento, se va yendo por las ramas de la reflexión pensando, más que en la muerte, en la vida misma. Saramago lleva al límite la condición humana para exprimirla y mostrarnos lo peor de los hombres.

Ahí radica la genialidad del autor: nos revela que el único responsable de su destrucción es el hombre mismo. Sólo habría que ponerlo en una situación extrema, tal como lo hizo en Ensayo sobre la ceguera, donde en una ciudad también sin nombre la humanidad debía sobrevivir a una plaga de ceguera blanca.

Hasta que por fin la muerte aparece. La misma muerte, sí, esa que todos conocemos, esa a la que Peralta se le reveló en la historia de Carrasquilla: un esqueleto cubierto con un capuchón negro que blande la guillotina que puede hender una hebra de cabello.

Para Saramago está demás reinventarse a la muerte cuando ésta ha sido siempre la misma. Haciendo uso de la sátira, el autor describe esa apariencia de la muerte y su guillotina parlante con la que discute su propia manera de actuar frente a los habitantes de aquel lugar.

Sí, la muerte ha vuelto, pero ha cambiado la forma de morir en el país: todos sabrán de antemano, por medio de una carta, el día y la hora de expirar su último aliento.

A alguien no le llega la carta, a un músico depresivo que toca el violín en una orquesta, y es cuando el autor quiere humanizar a la muerte, ésta se convierte en una hermosa mujer que decide saber quién es ese que la desafía.

La muerte, ya humanizada, es usada por Saramago para revindicar a los hombres, porque los defectos de los humanos no son más fuertes que sus virtudes: la muerte se ha enamorado. Un sentimiento netamente humano que acaba por terminar en una pasión desbordadamente carnal hacia el hombre que antes era sólo una curiosidad.

Al final, con estas últimas palabras, Saramago nos vuelve a dar un derechazo que nos lanza, esta vez a la lona de la reflexión para descubrir que la muerte, al ser humana, también es caprichosa: al día siguiente no murió nadie.

@vyerena

Si odias las series de superhéroes, deberías ver Daredevil.


En esta serie no verán a un hombre digitalizado saltando las paredes, ni verán un derroche de efectos visuales. Verán a un hombre con una máscara siendo brutalmente golpeado y humillado, que no siempre sale bien librado de sus enfrentamientos pues, aunque “la vista está sobrevalorada” la ceguera siempre será una desventaja.


Era poca la fe que se tenía de resucitar algo que ya se creía muerto. La adaptación cinematográfica de uno de los cómics más respetados de Marvel fue un completo fracaso, la actuación de Ben Afleck y el pobre guion de Mark Steven Johnson se encargaron de darle el golpe mortal al justiciero Daredevil y encima, su precuela, enfocada esta vez en el personaje de Elektra, se orinó sobre su tumba.

Tuvieron que pasar doce años para que Netflix, la plataforma de streaming más exitosa del mundo adquiriera sus derechos y pudiera ofrecer, esta vez como serie de televisión, una mejor versión de El Diablo de Hell’s Kitchen, y a pocos días de ser lanzada su tercera temporada podemos confirmar que es una de las mejores series producidas por Netflix.

Es un error comparar adaptaciones audiovisuales con sus obras literarias originales, pero sería apenas justo comparar esta serie con su predecesora, aquella penosa película escrita y dirigida por Mark Steven Johnson, y una de sus diferencias más notables es el desarrollo de sus personajes protagónicos. En la película, Matt Murdok (Ben Afleck) es un abogado ciego, arrogante y presuntuoso de sus habilidades especiales adquiridas luego del accidente que le ocasionó su ceguera, aunque tiene frustraciones, estas no lo definen, haciendo que la resolución de transformarse en Daredevil sea producto de su propio egoísmo. Un héroe con estas características no sería para nada empático con la audiencia, aunque hubiera algunas excepciones como el antihéroe John Constantine.

Por su parte el actor Charlie Cox interpreta a un Matt Murdock más emocionalmente inestable, con dramáticos problemas de aceptación y definición de sí mismo, y por supuesto a un Daredevil más verosímilmente vulnerable, lo que ofrece mejores escenas de lucha donde el espectador sufre preocupación por un “súper” héroe ciego que podría morir cada vez que se pone la máscara. La verosimilitud fue fundamental, en esta serie no verán a un hombre digitalizado saltando las paredes, ni verán un derroche de efectos visuales. Verán a un hombre con una máscara siendo brutalmente golpeado y humillado, que no siempre sale bien librado de sus enfrentamientos pues, aunque “la vista está sobrevalorada” la ceguera siempre será una desventaja. La lucha contra el crimen nunca fue más peligrosa para un héroe enmascarado, eso es quizá, el toque secreto para la resurrección de El hombre sin miedo.

Podríamos seguir comparando la estereotipada actuación del fallecido Michael Clarke Duncan con la trágica y escabrosa actuación de Vincent D’Onofrio interpretando a Wilson Fisk; o la caricaturesca y ridícula actuación de Colin Farrell con la dramática y tenebrosa actuación de Wilson Bethel interpretando a Bullseye, pero la serie de Netflix va más allá de la profundización de sus personajes y sus buenas actuaciones, su complejo entramado, su dramatismo, el enfoque policiaco, y por supuesto la realización de cada escena de acción hacen que Daredevil sea una serie digna de ver. Su fotografía, con escenarios oscuros y sus contrastes de iluminación toman una excelente visión de una Nueva York asediada por el crimen y la corrupción de la justicia.

No por nada, es la serie de Marvel-Netfilx más vista, sus series hermanas producidas también por Netflix y ambientadas en el mismo universo como Luke Cage y Iron Fist han sido canceladas por su baja audiencia, a pesar de que sus personajes principales interactúan en crossover en la miniserie The Defenders que pasó sin pena ni gloria. Nunca antes una serie de superhéroes fue más interesante e intrigante, apreciable por donde se le vea, y no tienes que ser un fan de los cómics para ver una serie que se sale de los esquemas, que aunque no prometa perfección, lo que sí promete es que no querrás levantarte del sillón.

@vyerena