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Boca vs River, la final del (tercer) mundo

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A un periodista argentino, en tonillo tanguero y sobrador, se le ocurrió decir que Boca vs River era la final del mundo. Así, de un solo tirón – porque los argentinos no conocen el remordimiento – mandó al carajo finales tan legendarias como la del Maracanazo o la de USA 94, con Roberto Baggio errando el penal, y con ello sentenció, de una buena vez, que no hay derecho a admitir que un Barça vs Madrid, en final de Champions League, pueda ser mito que engendre otro mito, sino más bien, comidilla para el marketing.

De tajo, aquella afirmación también los curó anticipadamente de lo que sería la gran derrota futbolera de los argentinos: perder un mundial contra Brasil. Boca vs River es la final del mundo porque la verdadera teofanía del fútbol está en la Argentina y solo puede darse en sus potreros. Porque solo en Argentina Dios es redondo.

Hoy es la final de la Copa Libertadores de América y ya deberíamos estar viendo el calentamiento de los arqueros, que son los primeros que pisan la grama. La voz nasal y crispante de Mariano Closs debería estar, ágilmente, mencionando los nombres de los titulares, mientras Diego Latorre se prepara para vaticinar un inminente choque de diferentes estilos de juego. La televisión argentina, debería estar transmitiendo postales delirantes de las graderías del monumental, o el rostro blanquirrojo de una argentinita linda, o viendo cómo un drone sobrevuela el cielo de Buenos Aires, y se eleva hasta que todo sea miniatura y pueda verse el Pacífico en lontananza. Debería.

Partido de ida en cancha de Boca / Foto de Conmebol

¿Cómo va todo en planta baja?, es la pregunta que le haría Closs al reportero de campo. Seguidamente, el paneo de la cámara se detendría al llegar al rostro del mellizo Barros Eschelotto para hacerle un primerísimo plano. Lo mismo ocurriría con “el muñeco” Gallardo quien, a estas alturas, ya debe estar preso en su palco.

Eso debería estar ocurriendo y no lo que vemos. Ahora, en lugar de una final trepidante, la televisión nos muestra unas imágenes que hace treinta minutos son furor en las redes sociales: los jugadores de Boca Juniors están llorando camino a los vestuarios.

Asistimos al espectáculo de la barbarie y la improvisación, cual no ha habido, ni habrá jamás, en los anales del futbol suramericano. No murió nadie, ni hace falta. La naturaleza había querido hace quince días que la primera final se jugara un domingo. El aguacero fue tan colosal que dejó lagunas en los cerebros de la dirigencia de la Conmebol.

La brutalidad dijo presente y la fecha del partido quedó en el limbo. Porque nadie que haya visto la transmisión entiende cómo el bus que llevaba adentro a los jugadores de Boca pudo ser apedreado y perforado tan fácilmente. En Argentina no conocen el blindaje.

Nadie puede dar crédito a las imágenes, no porque se haya caído El Obelisco, o porque la Casa Rosada haya amanecido con una banda cruzada pintada en la fachada. Fue solo porque un puñado de lo que a falta de nombre mejor llamamos vándalos, boicoteó la salida del bus xeneize con piedras y gas pimienta.

El resultado: Pablo Pérez, úlcera en el ojo izquierdo. Andrada, no puede ver más allá de tres metros. El chofer, que no juega, desmayado. Carlitos Tevez dijo, horas después, que estaban perturbados psicológicamente. También dijo que, tras el incidente, los mandaron a ponerse el uniforme tres veces, porque se jugaba, había humo blanco. El resultado: Habemus vergüenza.

Momento en que el bus de Boca es atacado / Foto de Infobae.com

Dos mil quinientos policías de la ciudad de Buenos Aires, y a la cabeza sus altos mandos, no fueron capaces de diseñar un protocolo de seguridad digno de una final continental. Algo tan simple como ampliar a un radio de 100 metros las vallas que separan a los hinchas del paso del ómnibus. Y en una curva, santo cielo…

Pero ellos, como cualquier institución lo haría, no quieren cargar con toda el agua sucia. Vía libre al rifirrafe. Macri, presidente de la Argentina, al enterarse de los desmanes, dijo lo que la tradición intelectual de los presidentes latinoamericanos le obliga: “Hay que dar con los responsables”. Maradona recuerda que está en México y vuelve a meter su mano, y le responde: “Lo que está haciendo Macri es lo peor de todos los tiempos en Argentina, pero éste es el cambio que votó la gente…Odio la violencia y a Macri qué le va a importar si fue hijo de millonarios toda la vida”.

Macri suda hielo. No puede ser que ahora él sea culpable de la incivilización argentina y vuelve a pedir explicaciones, otra a vez la policía, la de la ciudad, porque la de la nación dice que, lo que les correspondía, se hizo bien. “La culpa es de la barra brava de River, a la que se le incautaron más de 20.000 dólares y 300 entradas para el partido”, espeta la policía porteña.

Foto de Marca.com

Cada quien ve lo que quiere ver, y la mayoría de colombianos queríamos ver la voracidad de Wilmar Barrios y las escapadas punzantes de Villa. Armani estaría haciendo de Armani. Deberíamos estar viendo a Quintero: la única cuota de magia que tiene esta final. Pero no, nos quedamos mirando toda la tarde a Marcelo Benedetto, en planta baja, correteando a algún dirigente de AFA o de Conmebol para tener otra primicia deshonrosa. Allá, a lo lejos, se ve a Gianni Infantino – el presidente de FIFA – entrar por una puerta, luego devolverse por otra. Pobre señor – la Conmebol se rasca la cabeza – lo hacen venir de tan lejos… ¿Quién extraña al Cirque du soleil?

Como ambos equipos pactaron el juego para el domingo, nosotros acudimos nuevamente a la cita, nos reclinamos con toda confianza y encendimos el televisor para ver la contienda, que a esas alturas parecía más una deuda que una final. Entonces, de repente, vimos las gradas del monumental vacías. No hubo drones ni arqueros calentando. No estuvo Closs ni Latorre al micrófono: la deuda seguía sin quien la salde. El partido no se realizó porque Boca dijo que no ¿podía? jugarlo y River, faltaba más, no se opuso. Sin embargo, Boca quiso bogar mar adentro y exigió que los declarasen campeones sin jugar. Quisieron que la cancha sea un oficio y no la grama. Y su gloria, si la tienen, un escritorio. Ante ello, Rodolfo Raúl D’Onofrio, presidente de River, se hizo sentir de inmediato y les desenvainó una bravata: “Vengan a la cancha y juéguenlo, que lo puden ganar, créanme que lo pueden ganar, no somos tan buenos, nos pueden ganar”

La conmebol, luego de 4 días, puso fin al contrapunteo: el 9 de diciembre se jugará, en el Santiago Bernabéu (España), la final más larga del mundo. La final de la Libertadores en la tierra de los conquistadores. Argentina se quedó sin pagar la deuda y, en todo caso, me digo, hay que entenderlos, después de todo, no debe ser fácil organizar la final del mundo estando en el fin del mundo.

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