Mi padre y Atlético Nacional

Este texto lo empecé a escribir la noche misma en que Nacional obtuvo su segundo título de la Copa Libertadores. No es un texto para Atlético Nacional, sino para mi padre, quien en vida fue hincha del equipo antioqueño. Mi padre me enseñó a ver fútbol, béisbol y boxeo. También me enseñó a jugar dominó. Revivo este texto, en su momento publicado en Las2Orillas, para decirle en la distancia ¡Feliz día, viejo Carlos!

Mi padre fue hincha de Nacional. Nunca entendí su pasión por el Verde de la montaña, porque jamás salió del Caribe. En sus años de madurez recorrió todo el norte del país: Barranquilla, Santa Marta, La Guajira. Incluso fue varias veces a trabajar a Maracaibo cuando el hermano país recibía —algunas veces con aprecio y otras más con hostilidad— a los colombianos.

Pero nunca fue a Medellín. Nunca a Antioquia.

Mi viejo sufría con crispación al frente del televisor cuando jugaba Nacional o la Selección. El Tano Pasman del Caribe. Con cierta exquisitez le reputeaba la madre por igual al árbitro que pitaba una falta inexistente, al portero que hacía mal un saque o al delantero que erraba una oportunidad de gol.

De él aprendí, entre muchas cosas, la procacidad al frente de una pantalla. Mis amigos dicen que las groserías se me oyen bonitas, naturales. “Tendrían que haber escuchado las del viejo Carlos”, les digo jactancioso.

En sus últimos años de vida, mi viejo no distinguía en la pantalla al jugador que erraba el gol ni al que ponía el pase. Y entonces, cuando veíamos un partido de la selección, para él Zúñiga era un hijo de puta que se comía la pelota de gol que realmente Jackson Martínez había pateado.

Crítico implacable y conversador festivo. Ese era mi padre durante un partido de fútbol. De él también aprendí que los partidos se ven mejor solo porque siempre se está expuesto al júbilo o al escarnio.

Como todo buen hijo, nadé contracorriente y salí hincha del Junior de Barranquilla. Pesó en mí adquirir consciencia durante los años en que el Pibe, Valenciano, Pachequito, Mendoza y Pazo le daban al equipo de la Costa las estrellas tres y cuatro del fútbol colombiano.

Junior contra Nacional eran nuestros clásicos. Y nos burlábamos cuando un equipo le ganaba al otro. Yo gocé la mítica remontada de Junior en la final de 2004, y él los cinco títulos que Nacional obtuvo después de ese año.

Pero como el fútbol es un rato, al final del partido nos separábamos y nos encerrábamos en nuestros mundos distantes. Él, los cigarrillos y el cultivo de arroz; yo, los libros y la universidad. Volvíamos a coincidir otra vez alrededor de un partido de fútbol, de la Serie Mundial de béisbol, de una pelea de título mundial o de la taza de café en las mañanas.

Siempre he dicho que soy una versión físicamente inferior de mi padre, pero espiritualmente más fuerte. Mi viejo —campesino iletrado— era una roca para el trabajo físico, pero también un hombre de sentimientos gigantes. Una lágrima indócil brotaba de sus ojos con la misma agilidad con que cortaba un puño de arroz.

En cambio, mi corazón siempre ha sido frío como enclenques son mis manos. Quizá por eso — y porque el fútbol es un deporte de pasiones y sentimientos— año tras año lo miro con mayor desdén.

Soy un hincha paria. Nunca he asistido a un estadio a hinchar por Junior y hace más de diez años no compro su camiseta. Puedo sobrevivir perfectamente un fin de semana sin saber si perdió o ganó, o sin saber si está dentro o fuera de los ocho.

Nunca supe de dónde provino el fanatismo de mi viejo por Atlético Nacional. Sospecho que, como muchos, inició en 1989. Es entendible, nadie quiere vivir su vida montado en el bus de los perdedores.

El seis de noviembre de 2013, Nacional jugó contra Sao Paulo en el Atanasio Girardot. Era miércoles. Esa noche los dos equipos se jugaban el paso a las semifinales de la Copa Suramericana. Ocho días antes, Sao Paulo había ganado como local el partido de ida.

Yo estaba con mi viejo en la sala de tierra y bahareque en la que aún vivo. Recuerdo que al final de un primer tiempo sin goles, me levanté de la silla: “Allí te dejó con tu Nacional”, le dije. Esas fueron las últimas palabras que le dirigí.

Al final, Nacional quedó eliminado de la copa. Y a la mañana siguiente mi viejo amaneció muerto en su cama.

Miento si digo que aquella noche de julio de 2016 festejé el segundo título de Nacional en la Copa Libertadores. Pero ese miércoles, mientras veía la celebración en la pantalla, me acordé de mi viejo y por él sentí regocijo.

Al día siguiente—lejano a aquel otro jueves ominoso— lo imaginé levantándose temprano de su cama a hacernos el café y a restregarnos en la cara el nuevo título continental de su Verde del alma.

Lucien Laurent y el primer eureka


La hora cero de lo que sería un fenómeno global. Un estadio que ya no existe. Un goleador olvidado. Todas estas cosas se conjugan para recordar la fundación mítica de la Copa Mundo.

En Uruguay, 1930, se jugaron los primeros partidos por el orgullo de ser la mejor selección de fútbol del planeta. Franceses y mexicanos se enfrentarían en el partido inaugural. En Montevideo había una sensación que era a su vez euforia e indiferencia. Un campeonato del mundo era una idea arriesgada, mucho más si se jugaba en la geografía desconocida de un continente decorativo.

El arte de ser pioneros es también una forma de estar más cerca del olvido que del reconocimiento. De no resultar atractiva, la Copa Mundo debía reemplazarse por algún otro tipo de entretención futbolera. En una época donde la información en masa era solo un embrión gestante, la gente disponía de muy pocos argumentos para aficionarse por un equipo o un jugador. La figura del entrenador era lo más parecido a un general que recluta su ejército. El fútbol era el limbo.

Lucien Laurent

El partido de la fundación se disputó en Pocitos, el estadio del Peñarol. El Estadio Centenario, construido especialmente para el acontecimiento, aún no estaba completamente terminado. En aquel juego los europeos se impusieron 4-1 sobre los centroamericanos. Lucien Laurent, mediocampista francés, anotó el primer gol del partido, el primer gol de un Mundial de fútbol.

Laurent pertenecía a uno de los cuatro equipos europeos (Yugoslavia, Rumania, Bélgica y Francia) que decidieron embarcarse en un viaje de tres semanas hasta Uruguay para ser parte del proyecto del entonces presidente de la FIFA, Jules Rimet. Vivir del fútbol era tan quimérico como ahora vivir sin él. Lucien había jugado durante casi una década con el Cercle Athlétique de París y alternaba los partidos con su rutina laboral en las empresas Peugeot. Gracias a ello, llegó al Sochaux, club con el que la empresa mantenía un fuerte vínculo comercial.

El primer Mundial no detuvo a nadie de cumplir con sus labores y Lucien debió negociar su ausencia, aunque sin goce de sueldo, a cambio de ser parte de la primera convocatoria, una lista que tenía solo a los jugadores necesarios y viajó con un corto presupuesto asignado por la federación francesa.

En 1998, cuando Francia conquistó su título mundial y él era el único sobreviviente de la primera delegación mundialista, Laurent fue entrevistado por The Independent y describió con más o menos exactitud la jugada del primer gol: «Nuestro portero sacó hacia el defensa central, quien habilitó a nuestro extremo derecho (Liberati), este recortó al defensa lateral y envió un centro cruzado que rematé de volea al ángulo desde unas 12 yardas».

Entrar en la historia no representó para los franceses un júbilo demasiado especial: «Todos estaban contentos, pero no dimos una vuelta alrededor del campo. Un apretón de manos y volvimos al juego» , sentenció el exjugador francés, quien murió el 11 de abril de 2005.

Francia ganó solo el primer partido, perdió con Argentina y después con Chile; Laurente se lesionó en el encuentro contra la Albiceleste y fue suficiente motivo para no volver a ser alineado en la Copa del Mundo.

Fueron un total de diez participaciones con la selección las que acumuló en toda su vida. Fue parte de la victoria 5-2 sobre Inglaterra en 1931 y, nuevamente una lesión, lo marginó de la experiencia de Italia en 1934. Marcó otro tanto en compromisos internacionales y no hubo más para Lucien con la selección de su país.

Así luce hoy el monumento a la portería de Pocitos, en una esquina de Montevideo.

En 1939, le hizo frente a la Segunda Guerra Mundial, donde fue apresado por militares alemanes. Fue hasta 1943 cuando, al regresar, descubrió que su casa en Estrasburgo había sido saqueada. Entre las pérdidas estuvo la camiseta de la única Copa del Mundo que pudo jugar. Lucien Laurent jugó de nuevo con el Besançon FC y puso punto final a su carrera tres años más tarde: «Todos mis recuerdos siguen ahí, bien guardados en una esquina de mi vieja cabeza. Nadie puede robármelos», dijo en cierta ocasión Laurent.

Los recuerdos siempre mueren en las esquinas. Nadie pudo robarle a Laurent lo que hubo en una de las suyas, y nadie podrá robarle a Pocitos el honor de ser hoy la esquina cualquiera de una calle de Montevideo donde una Copa del Mundo gritó su primer eureka.

Romario cumple hoy 56 años y queremos recordar algo de su magia

En 2014 Romario es senador por Río de Janeiro. «Con 4.683.572 votos soy el senador más votado de la historia del Estado de Río.»

Esta joya de gol (video al final de la nota) define lo que era en la cancha: un jugador elegantemente letal. El astro brasileño anunció oficialmente su retiro en el 2008 jugando para el Vasco da Gama. Romario llegó a la astronómica cifra de 1002 goles en su carrera profesional.

Hoy, Romario sigue haciendo goles, esta vez desde la política, a la que llega en 2010 como diputado federal por el partido Socialista Brasileño.

En 2014 es senador por Río de Janeiro. «Con 4.683.572 votos soy el senador más votado de la historia del Estado de Río de Janeiro. Mis padres, ni en el mejor escenario, imaginarían que aquel niño que salió de la maternidad en una caja de zapatos ocuparía uno de los más altos cargos de la República (de Brasil)”, dijo el genio brasileño tras ser elegido.

Siendo diputado, encabeza los debates de control político contra la corrupción en la Confederación Brasilera de Fútbol. Presidió la comisión que investigó corrupción en el deporte de su país, además de promover leyes a favor de las personas con discapacidades físicas y cognitivas.

En 2016 estuvo entre los posibles candidatos para alcalde de Río de Janeiro. Las encuestas lo daban ganador, pero declinó.

En 2018 fue candidato a la gobernación de Río de Janeiro. Quedó fuera de la segunda vuelta.

Video tomado del canal de YouTube FC Barcalona https://www.youtube.com/watch?v=YikRE3gex1I

¿Te animas a definir a Romario en una sola palabra?

Stan Lee, el hombre del trazo inmortal

La vergüenza de Stanley por culpa de su oficio era tal que cambió su nombre por su pseudónimo. Así nació Stan Lee.
Fotografía tomada de fayerwayer.com

Stanley Lieber se adentró en el mundo del cómic a muy temprana edad y ayudó a construir los cimientos de un universo negado para la realidad. Inició su construcción en tiempos difíciles, en los que la valía de un hombre se medía por su capacidad para amasar fortuna o alcanzar la fama proviniendo de la pobreza absoluta.

En el país de las oportunidades, el joven Stanley se avergonzada de su oficio. En más de una entrevista se le escuchó decir, «sentía vergüenza por dedicarme a escribir cómics mientras otros construían puentes, levantaban edificios, buscaban la cura para una enfermedad». La vergüenza de Stanley por culpa de su oficio era tal que cambió su nombre por su pseudónimo. Así nació Stan Lee.

Si hoy consultas en Google el nombre de Stan Lee, al pie de la fotografía dirá: Stan Lee, escritor. Pero en sus inicios, dedicarse a la creación de cómics era un pasatiempo, indigno de ser puesto al nivel de una novela o un libro de poemas. Lee así lo entendía, por ello cambió su nombre y optó por encarnar su pseudónimo, pues tenía la firme aspiración de escribir una novela, y en ella poner el nombre que sus padres le habían dado: Stanley Martin Lieber.

Pero una cosa son los anhelos del hombre y otra son los caminos que el universo tiene trazados. Stan Lee, ese pseudónimo que nació de la vergüenza, estaba destinado a hacer del universo un lugar pequeño, a mostrar la fragilidad de la vida, de los planetas. Es Stan Lee quien inscribe su nombre en las historias más inspiradoras de la segunda mitad del siglo XX y las dos primeras décadas del siglo XXI.

Stan Lee, como si encarnara a uno de sus más queridos personajes, logró eliminar de su ser a aquel hombre racional que le decía: esto es un chiste, no manches tu nombre con esta basura de los cómics.

Ese hombre racional se llamaba Stanley Martin Lieber, quien nació junto con Stan Lee, pero murió a muy temprana edad.

Quién era Ferdinand de Saussure, autor del Curso de Lingüística General

La historia de la lingüística del siglo XX es la historia del estructuralismo de Saussure y del generativismo de Chomsky. El primero murió sin terminar su obra y el segundo la abandonó en vida.

En busca de unos datos elementales

Tiene treinta años. Su vida ha transcurrido entre Ginebra, su ciudad natal; Leipzig, donde conoció de primera mano y se adhirió el movimiento neogramático; y París, donde estuvo el último año. Regresó a Suiza hace poco para trabajar en la Universidad de Ginebra. Es un hombre maduro y con unos pergaminos envidiables para un académico de cualquier época.

Su obra, sin embargo, no es muy amplia. Hace varios años se desencantó del programa comparativista, muy en boga a finales del siglo XIX. Sus preocupaciones hoy por hoy son otras. Por ello, entre problemas familiares y su desazonada vida académica, abandonó París y está ahora en Ginebra. Es el año 1886. Él es un lingüista que columbra por encima de los otros. Su presente yermo no opaca lo hecho durante los años que estudió Sánscrito en el entonces Imperio Alemán.

En 1878 publicó Memoria sobre el sistema primitivo de las vocales en las lenguas indoeuropeas. En aquel momento contaba con veintiún años. Su trabajo Sobre el empleo del genitivo absoluto en sánscrito lo defendió al año siguiente y por él le fue otorgada la calificación summa cum laude y el título de doctor en Sánscrito.

Aunque ambos trabajos se ciñeron al programa comparativista, en el Memoria, particularmente, aparecía una primera preocupación por la senda que habían tomado los estudios lingüísticos durante el siglo XIX. El Memoria intentaba estudiar las distintas formas de a en el indoeuropeo. Sin embargo, tal como se lee en el prefacio, lo suyo no solo intentaba describir el funcionamiento fonético y morfológico de una unidad lingüística, sino introducirse en «la búsqueda de datos elementales sin los que todo queda en el aire, todo es arbitrariedad e incertidumbre».

Esos datos elementales van a estar siempre en el centro de sus intereses, pero difícilmente llegará a consolidar una investigación. Las diferencias con sus colegas de Berlín y Leipzig lo obligan a partir. Con cierto sinsabor, abandonó Alemania en 1880 y se instaló en París. Allí empezó a trabajar como profesor en la École Pratique des Hautes Études. Además de dictar clases, continuó su formación lingüística asistiendo a los cursos que Michel Bréal —padre de la semántica— impartía en la École. Con Bréal, el aún joven lingüista compartió sus preocupaciones académicas.

Vivió en París de manera intermitente hasta 1886. En ese tiempo escribió, más por obligación que por encanto, uno que otro artículo sobre gramática comparada. Esta corriente le resultaba ya infecunda para dar cuenta del fenómeno lingüístico. El desencanto de sus años en Alemania volvió a aparecer con mayor fuerza en la Ècole. Por eso decidió partir hacia Suiza buscando no solo un mejor lugar para vivir, sino sus datos elementales. Esto se evidencia en las cartas enviadas a Antoine Meillet, discípulo suyo con quien sostuvo una asidua correspondencia. En una de esas cartas, describió su insustancialidad por la terminología de la lingüística decimonónica y su «necesidad de reformarla, y de mostrar para ello qué clase de objeto es la lengua en general».

En la Universidad de Ginebra, donde está ahora, enseña Sanscrito y Lenguas Modernas. En estos cursos permanecerá hasta ya entrado el nuevo siglo. La imagen que tendremos entonces será la de un hombre de mirada recia, bigote húngaro, cabello hendido y un impecable traje ajustado.

Asumirá el curso de Lingüística General en 1906 tras pensionarse el maestro Joseph Wertheimer. Al frente de él estará hasta 1911 cuando una enfermedad pulmonar le impida seguir trabajando. Los primeros tres años los dedicará a afianzarse en el programa, los últimos tres serán de una productividad intelectual infinita. Con el curso de Lingüística General bajo su dirección, empezará a resolver las dudas que lo perturban desde sus años en Alemania. Sus clases se llenarán de vitalidad e ingenio. Sus salones se abarrotarán de gente. Vendrán del resto de Europa y de Asia. El hombre explicará la lingüística desde un nuevo marco epistemológico.

Al curso lo llamará Filosofía Lingüística, no obstante, su precaria formación filosófica. Su trabajo consistirá, stricto sensu, en plantear las bases epistemológicas de la nueva ciencia. Estás las hallará en el positivismo, que desde mediados del siglo XIX domina las ciencias europeas.

Charles Bally y Albert Sechehaye —los editores del Curso de Lingüística General— afirmarán en el prefacio que «las necesidades del programa le obligaron a consagrar la mitad de cada curso a exponer cuestiones relativas a la historia y descripción de las lenguas indoeuropeas». El resto del tiempo lo utilizará para explorar, cuestionar y proponer. Empezará a construir los datos elementales, los fundamentos de la lingüística, en medio del salón de clases y en la soledad de su estudio.

La honestidad intelectual y la prudencia serán su principal distintivo. Su vida personal y académica estarán rodeadas siempre de sensatez y confidencialidad. Por eso, quizá, de sus preocupaciones intelectuales sabremos por medio de cartas, antes que por investigaciones publicadas.

La muerte lo sorprenderá en 1913. Tendrá entonces cincuenta y cinco años. La enfermedad le restó fuerzas y lo obligó a alejarse de sus clases un par de años atrás. Sus ideas han quedado consignadas en los cuadernos de los asistentes al curso y en sus manuscritos. El más importante de ellos será descubierto en 1996 oculto en un invernadero del hotel familiar. Ya para qué. Ochenta años antes Bally y Sechehaye construyeron, a partir de una copia de la idea, el Curso de Lingüística General que fue publicado en 1916 teniendo como autor a Ferdinand de Saussure.

Un curso que se convirtió en libro

La historia dice que el Curso de Lingüística General es el resultado de la compilación y edición de las conferencias que, entre 1909 y 1911, dictó Ferdinand de Saussure en la Universidad de Ginebra.

El complejo trabajo de edición del Curso quedó explicado en el prólogo de la primera edición. Bally y Sechehaye reunieron los cuadernos de los asistentes a los cursos y algunas notas sueltas suministradas por la esposa de Saussure. A partir de allí, organizaron los apuntes y los interpretaron a la luz del pensamiento del autor. Para no desvirtuar el trabajo de Saussure se requería hacer un sesudo ejercicio hermenéutico: compilar, leer entre líneas y depurar. De aquel trabajo de cotejamiento surgió el libro que fue presentado a la comunidad académica europea un mes cualquiera de 1916.

La línea argumentativa del Curso la fundamentaron a partir de los apuntes del último año. Para 1911, Saussure había aclarado algunos puntos de los problemas que esbozó los primeros años. Replanteó primeramente varios de los postulados neogramáticos; después tomó nociones de lingüistas anteriores a su tiempo que le sirvieron para, finalmente, avanzar en la construcción de la nueva ciencia. Las bases epistemológicas de la lingüística las encontró en el positivismo, tal como Augusto Comte lo había hecho con la sociología a mediados del siglo XIX. En el prólogo a la edición española, Amado Alonso —traductor de la obra e ínclito lingüista español— afirmó que «el Curso de lingüística general es el mejor cuerpo organizado de doctrinas lingüísticas que ha producido el positivismo; el más profundo y a la vez el más clarificador».

La preocupación primera de los editores era que sus ideas no se entreveraran con las del autor. «¿Sabrá la crítica distinguir entre el maestro y sus intérpretes?», se preguntaron en el prólogo. La innumerable cantidad de exégetas que trajeron las décadas posteriores a la publicación del Curso, no pudo establecer tajantemente los linderos entre Saussure y los editores. Con la publicación, en 2002, del libro Escritos de Lingüística General —editado a partir de los manuscritos de Saussure que hallaron en 1996— la cuestión ha dado un nuevo paso: el Saussure construido por Bally y Sechehaye difiere al de los Escritos en algunas aproximaciones sobre el carácter espiritual del lenguaje.
A Saussure se le ha llamado el gran deslindador de las antinomias. La razón está en que todo el Curso asume el fenómeno lingüístico a partir de una doble concepción. Bajo este precepto aparece formulada la ya conocida serie de antinomias: lengua-habla —que coincide en algunos puntos con la forma interior de Humboldt—, diacronía-sincronía, sonido-sentido, sintagma-paradigma, norma-uso, social-individual.

Las antinomias, en la medida que desechaban lo incidental y recuperaban lo importante, le permitieron a Saussure introducir la lingüística dentro del programa positivista y encontrarle asidero a una esquiva concepción del lenguaje. Saussure afirma en el Curso que el lenguaje es multiforme y heteróclito; y, sin importar desde qué punto de vista se mire, este «presenta perpetuamente dos caras que se corresponden, sin que la una valga más que la otra». Una de esas caras es la lengua, en tanto sistema adquirido; y la otra, el habla, en tanto materialización individual del sistema. La lengua será el objeto de estudio de la lingüística.

Amado Alonso sostendrá también que Saussure soslayó la vitalidad espiritual del lenguaje al privilegiar la lengua por encima de las otras manifestaciones. En defensa del Curso se puede decir que el hombre actúa acorde con su tiempo y lo hecho por Saussure fue necesario para darle valor científico a la lingüística. El mismo Saussure lo afirma en el Curso de esta forma: «La lengua parece ser lo único susceptible de definición autónoma y es la que da un punto de apoyo satisfactorio para el espíritu».

Cualquier crítica que se haga del Curso es bienvenida, lo mismo que cualquier elogio. La obra de Saussure no fue concluyente, sino fundacional. El Curso de Lingüística General aborda, con mayor o menor rigor, todos los problemas de la lingüística de su tiempo. Es normal, entonces, que con los años muchos de los puntos fueran reformulados o ampliados. Cien años después de publicado no hay lingüista que no le deba algo al Curso ni teoría general que no mencione a su autor.

La lingüística científica dio sus primeros pasos con la escuela neogramática que Saussure conoció por dentro. Pero fue él, un neogramático disidente, quién le dio el rigor necesario. La historia de la lingüística del siglo XX es la historia del estructuralismo de Saussure —que dicho sea de paso jamás utilizó este término— y del generativismo de Chomsky. El primero murió sin terminar su obra y el segundo la abandonó en vida.

Fumio Shigeto, el médico japonés que hizo posible el Nobel de literatura de Kenzaburo Oé

Fueron miles de vidas las que Fumio Shigeto no pudo salvar, pero el destino le dio revancha: cuando fue llamado a expandir los horizontes de un joven escritor hundido en la depresión, supo hacerlo.
Kenzaburo Oé. Fotografía tomada de la bbc.com

Un avión sobrevuela Hiroshima la mañana del seis de agosto de 1945. Mientras el avión avanza, en la ciudad reina la rutina: los niños entran a los salones para esperar a sus profesores, los médicos van camino a sus trabajos, los comerciantes se disponen a abrir las puertas de sus negocios. El sol radiante marca una mañana más del verano japonés. Todo transcurre normalmente. Quizá lo único extraño sea ese avión, tan distante de la vida de Hiroshima que muchos no se percatan de él.

En la cabina del avión, tres hombres discuten sobre el punto exacto en que deben llevar a cabo su misión. Llegan a un acuerdo. Cada uno de ellos toma su lugar de trabajo. Sueltan la carga. Cuarenta y cinco segundos después, Hiroshima y su cotidianidad quedan devastadas. Un enorme hongo gris surca el horizonte. Ya no hay más niños esperando a sus maestros, el sol ya no ilumina las calles de la ciudad, no hay avión en el cielo. En segundos todo es arrasado por el monstruoso poder de la bomba atómica. Esa mañana del seis de agosto de 1945 el mundo contempló los peligros reales de la guerra. Y de seguir embarcados en largos conflictos, la humanidad podría llegar a fin.

Entre los hombres que se disponían a iniciar su rutina diaria se encontraba uno que apenas la estaba construyendo. El doctor Fumio Shigeto era un recién llegado a la ciudad de Hiroshima. Aún no se acostumbraba a ella, mucho menos a su nuevo trabajo. Shigeto fue trasladado a esta ciudad para encargarse del hospital de la Cruz Roja. Apenas iniciaba el proceso de empalme y reconocimiento de sus nuevas labores. La rutina diaria aún no lo había alcanzado cuando el estallido de la bomba atómica estremeció Japón, cifrándole un propósito de vida que cumplió a cabalidad.

Hiroshima, seis de agosto de 1945. Fotografía tomada de la bbc.com

Los segundos inmediatos a la gran explosión y la reacción de Fimio Shigeto son narrados con claridad por el Premio Nobel Kenzaburo Oé en su libro Cuadernos de Hiroshima: «inmediatamente después del bombardeo atómico, él, al igual que muchos otros médicos, socorrió a los heridos y comenzó a luchar contra las consecuencias producidas por aquella extraña bomba». A pesar de no tener una familiaridad establecida con la gente de Hiroshima, fiel a su juramento, salió a socorrer a los heridos. Maltrecho como estaba, se percató de los extraños síntomas en los sobrevivientes. Algunos de los socorridos por Fumio Shigeto, perdieron el cabello a los pocos días del impacto. Se dio a la tarea de recolectar objetos afectados por la radiación, como fragmentos de tejas y placas utilizadas para rayos X, intuyendo que la explosión había sido producida por un arma nuclear.

Luego del impacto, los sobrevivientes, en medio de la destrucción, llegaban a sentirse afortunados por haber sobrevivido. Los que hoy daban gritos de alegría, a los pocos días fallecían a causa de dolores y hemorragias, casi siempre, acompañadas por manchas en la piel. Shigeto dedicó su vida a entender los efectos de la radiación en las personas afectadas. Recolectó información de las historias clínicas de los pacientes del hospital de la Cruz Roja, aún en tiempos de la ocupación estadounidense en Japón (1945-1955), cuando investigar sobre los efectos de la radiación estaba prohibido.

Fue Fumio Shigeto quien ayudó a establecer una relación directa entre el aumento de los casos de leucemia y los niveles de radiación a los que fueron expuestos los habitantes de Hiroshima. Luego de la explosión, y en tiempos de la ocupación, no se investigó debidamente la relación entre el aumento de algunas enfermedades y la radiación. Contrario a lo que se puede pensar, una vez la ocupación llegó a su fin, las investigaciones sobre los efectos de la radiación continuaban siendo mal vistas por la Dieta japonesa (parlamento o congreso para nosotros), puesto que, la fracción conservadora veía imprudente la publicación de estudios sobre la radiación. Temían la molestia de quien ahora era su aliado, Estados Unidos.

No obstante, los médicos, encabezados por Shigeto, jamás dieron su brazo a torcer. Se dieron a la tarea de analizar las estadísticas, las historias clínicas, y la evolución de los pacientes que padecían leucemia. El estudio logró concluir que existía una relación directa entre la radiación y el aumento de casos de leucemia. La comunidad médica no aceptó la investigación, en especial el departamento de salud pública japonesa. También fue Fumio Shigeto uno de los primeros en proponer estudios para determinar los efectos de la radiación en la segunda generación de habitantes de Hiroshima luego del bombardeo.

Doctor Fumio Shigeto. Fotografía tomada de la bbc.com

Las historias de vida y muerte que presenció el Doctor Shigeto son las que llevan a un joven escritor a interesarse en las memorias de los sobrevivientes. Kenzaburo Oé arriba a Hiroshima en 1963 como reportero encargado de cubrir la novena conferencia mundial contra las bombas atómicas y de hidrógeno. Kenzaburo atravesaba la encrucijada de su vida: su hijo había nacido con una malformación cerebral, lo que lo tenía recluido en una incubadora. La recomendación médica era dejarlo morir para así evitarle mayores sufrimientos.

Oé, al ver a su hijo tan cerca de la muerte, perdía poco a poco la fe en la humanidad y en su trabajo como escritor. En una entrevista de 1999, concedida al programa Conversaciones con la historia, Kenzaburo afirma: «Cuando nació mi hijo con un severo daño cerebral, quería encontrar un aliciente, por lo que me puse a leer el único libro que había escrito hasta ese momento y descubrí a los pocos días que no podía alentarme a mí mismo a través de la lectura de mi libro. Nadie podía hacerlo con mi trabajo. Pensé: yo no soy nada y mi libro es nada. Estaba sumido en una profunda depresión».

Es así como dos desgracias, que hasta el momento se desarrollaban en paralelo, se encuentran el verano de 1963. Kenzaburo Oé, cansado de las confrontaciones políticas que amenazaban la novena conferencia mundial contra las bombas atómicas y de hidrógeno, vuelca su mirada a las víctimas y sus historias. El joven escritor en desgracia se encontró entonces con el Doctor Fumio Shigeto, habituado al arte de luchar contra la muerte, aunque ésta siempre venciera.

Kenzaburo Oé y su familia. Fotografía tomada de lasexta.com

Los testimonios que Shigeto comparte con Kenzaburo Oé, le muestran el sufrimiento y la maldad de la que es capaz el ser humano. Pero, sobre todo, la dignidad de las víctimas. En cada historia de dolor, Kenzaburo Oé, encontraba un monumento a la dignidad, a la lucha silenciosa, al elegir la forma de vivir, de morir, o de simplemente aislarse de la sociedad. De ese viaje y del encuentro con Fumio Shigeto, Oé escribe el libro Cuadernos de Hiroshima, un texto que narra los dolores de la guerra, las historias de ancianos solitarios, mujeres desfiguradas por las quemaduras, niños muertos por la radiación en sus cuerpos.

Fumio Shigeto se embarcó en una lucha interminable con la clara conciencia de siempre ser el perdedor: la muerte siempre alcanzaba a sus pacientes. Kenzaburo, muy cerca al suicidio por la depresión que le generaba el estado de su pequeño hijo, emprendió un viaje a Hiroshima para cambiar de aire. Entonces, el hombre que luchó contra la muerte sin ganar una sola batalla le mostró a que valía la pena seguir escribiendo.

Fumio dedicó su vida a la reconstrucción del cuerpo humano, a tratar con los efectos de la onda expansiva de la bomba atómica que aún sigue en marcha golpeando el mapa genético de los habitantes de Hiroshima. Fueron miles de vidas las que Fumio Shigeto no pudo salvar, pero el destino le dio revancha: cuando fue llamado a expandir los horizontes de un joven escritor hundido en la depresión, supo hacerlo. Kenzaburo Oé, luego de sus viajes a Hiroshima, fue una de las voces más claras y de mayor impacto en la opinión mundial al hablar sobre los efectos de la guerra nuclear en los seres vivos.

La maldición Ferrari

Fangio será, hasta el año 2000, el único piloto que, siendo previamente campeón con otra escudería, logra coronarse campeón conduciendo un Ferrari. El hombre que rompe la marca es el legendario Michael Schumacher.
Fotografía tomada de thisisf1.com

En 1951, Juan Manuel Fangio logra su primer título como piloto de Fórmula 1 y el segundo consecutivo para su escudería, Alfa Romeo SpA. El año anterior, Giuseppe Farina, se había coronado como primer campeón de la gran carpa. Los títulos de 1952 y 1953, quedaron en manos de Alberto Ascari, piloto de la escudería Ferrari. Tuvieron que pasar cuatro temporadas para que Fangio volviera a la senda del triunfo: en 1955 gana su segundo título pilotando un Mercedes-Benz. En 1956, con la Scuderia Ferrari; y 1957, con la Officine Alfieri Maserati.

Fotografía tomada de El Clarín.

Las estadísticas nos dicen que los pilotos que llegaron a Ferrari, siendo ya campeones del mundo, no pudieron ganar premios con la escudería italiana. Mario Andretti protagoniza uno de los casos más peculiares. Fue piloto de Ferrari para las temporadas 1971 y 1972. Luego pasa a ser piloto de distintas escuderías, hasta que en 1978 gana su único título pilotando para la John Player Team Lotus. Como buen hijo pródigo vuelve a Ferrari para la temporada 1982, y ocupa al final de la temporada el puesto diecinueve en la general por pilotos. Una temporada de pesadilla para los tifosi.

Fangio será, hasta el año 2000, el único piloto que, siendo previamente campeón con otra escudería, logra coronarse campeón conduciendo un Ferrari. El hombre que rompe la marca es el legendario Michael Schumacher, quien luego de obtener dos títulos mundiales con la Mild Seven Benetton Ford, llega en 1996 a Ferrari y logra cinco títulos consecutivos para los tifosi, entre los años 2000 y 2004.

Las estadísticas nos dicen que los pilotos que llegaron a Ferrari, siendo ya campeones del mundo, no pudieron ganar premios con la escudería italiana. Mario Andretti protagoniza uno de los casos más peculiares. Fue piloto de Ferrari para las temporadas 1971 y 1972. Luego pasa a ser piloto de distintas escuderías, hasta que en 1978 gana su único título pilotando para la John Player Team Lotus. Como buen hijo pródigo vuelve a Ferrari para la temporada 1982, y ocupa al final de la temporada el puesto diecinueve en la general por pilotos. Una temporada de pesadilla para los tifosi.

Alain Prost fue dos veces campeón del mundo como piloto de la Marlboro McLaren International. Logró títulos consecutivos en los años 1985 y 1986. Como dos veces campeón del mundo, llega a Ferrari en 1990, año en que ocupa el segundo lugar en la general por pilotos. En 1992, el aún piloto de Ferrari, ocupa el quinto puesto en la general. Solo hasta 1993 logra su tercer título como piloto, pero ya corriendo para la Canon Williams Renault.

Fotografía tomada de Mundo Deportivo.

Para el año 2004, la Mild Seven Renault F1 Team, ya daba de qué habar en la gran carpa. Sin tener el motor más poderoso de la competición, mostraban una buena relación entre potencia y aerodinámica. El chasis del Renault R24, mostraba por mucho ser el más equilibrado, lo que le permitía mejor rendimiento en los circuitos sinuosos, y no sufrir en las pistas de velocidad, como lo es la mítica Monza. La Renault no conquistó títulos ese año, pero se perfilada como favorita para la siguiente temporada. En 2005 el piloto español Fernando Alonso levanta su primer título a bordo del Renault R25. El auto evolucionó como se esperaba, imponiéndose de forma contundente sobre los Ferrari. Alonso repite su hazaña en 2006 a bordo del Renault R26. La prensa mundial lo miraba con lupa: el joven piloto parecía ir tras el récord de los siete campeonatos mundiales que ostenta Schumacher.

En 2010, Fernando Alonso arriba a la escudería Ferrari. Corre para ellos entre 2010 y 2014. La apuesta de Alonso era lógica: si quería inscribir su nombre entre las leyendas de la F1, conducir para Ferrari era, en el papel, la apuesta menos riesgosa. Pero 2010 no fue el año para el piloto asturiano. La Red Bull Racing venía trabajando en un auto prometedor, armado con un motor potente y confiable. La Red Bull le apostó al presente y al futuro. Mark Webber, piloto experimentado, y Sebastian Vettel, el joven piloto alemán, fueron los llamados por la escudería para conseguir lo que parecía imposible: ganar títulos consecutivos. Vettel será campeón con la Red Bull entre 2010 y 2014, los mismos años que Fernando Alonso corrió para la Ferrari.

Fotografía tomada de la Vanguardia.

Pero como la historia está llamada a repetirse, para la temporada 2015 es Sebastian Vettel quien decide vestirse de rojo. Tras obtener cuatro títulos con la Red Bull, pasa ser piloto de la escudería italiana. Mal momento para cambiar. Es en 2014 cuando la F1, luego de setenta y cinco años de correr con motores V10 y V6, pasa a utilizar motores turbo-híbridos apoyados en baterías que se recargan con cada frenada del carro. Se pasa de los motores a las unidades de potencia.

Al cambiar el sistema, uno de los grandes damnificados es la Ferrari, que parecía no estar preparada para los nuevos desafíos que imponía la competencia. Este cambio ayudó a encumbrar a la Mercedes AMG F1 Team, equipo que desde el 2014 lo ha ganados todo: tres títulos con Lewis Hamilton y uno con Nico Rosberg.

Solo Juan Manuel Fangio y Michael Schumacher llegaron como campeones a la Ferrari, y lograron títulos con la escudería italiana. La estadística sobre Sebastian Vettel aún se está escribiendo, y quizá, sea el tercer piloto en lograr la hazaña. Lo cierto es, que la Ferrari ha mostrado problemas de confiabilidad en sus unidades de potencia, mientras que la Mercedes parece imbatible. También, para finalizar, cabe apuntar el potencial que ha mostrado la Red Bull Racing en esta era híbrida, que, de contar con un motor potente, podría amenazar el reinado de los alemanes el próximo año.