Marzo es un rey de dos caras

En marzo, la humedad parece dominarlo todo, como si ella gobernase sobre el mes y no al revés. Pero está claro que el rey es marzo.
La muerte del Cesar de Vincenzo Camuccini

Febrero es esperanzador y marzo, traidor. Los ariscos amagos del segundo mes del año se han disipado; y ahora, antes que el abrazo de la fría lluvia, están aparcados en la atmósfera unos días agobiantes saturados de una humedad inquebrantable. En marzo, la humedad parece dominarlo todo, como si ella gobernase sobre el mes y no al revés. Pero está claro que el rey es marzo.

Marzo es un rey. Uno de dos caras enemigas: una que se presume inmortal porque bebe en el pasado y otra que conjura silenciosa esperando los idus. En marzo, el capullo es flor y la flor es fruta. Los mangos inmortales, como cristales veraneros, dejan caer sus flores en la tierra. Con las lunas, de sus ramas surgirán, ubérrimos, los racimos preñados de verde. Los mamoncillos tiñen el patio con una lluvia florida para darle vida a millones de hijuelos. Y así avanza marzo: sintiéndose dios cuando apenas es un mortal rey de dos caras.

Con cada flor que cae al piso, con cada fruta que nace del ramaje de los mangos y los mamoncillos, la cara conjuradora del rey espera una señal. Una faz reina y la otra conspira. Una, confiada, se sienta en el trono; y la otra, recelosa, espera los idus. Entonces, como premonición divina, un viento rasga en dos el calendario y los idus de marzo quedan aparcados en los ventanales de los palacios y casuchas. Las dos caras, confiadas, sonríen. Una presume su fútil inmortalidad y la otra celebra su venidero triunfo.

Es el día quince y las dos caras se encuentran: «Los idus de marzo aparecieron», dice una. «Cierto es», dice la otra, «pero no pasaron». Y, entonces, la felicidad de la cara reinante se transforma en una mancha roja en el piso. Los idus llegaron y la felonía ha dado frutos. La cara pérfida será ahora quien reine.

Cinco días después, cuando el día y la noche sean espejos paralelos del tiempo, será el equinoccio. Y el rey conspirador —confiado, triunfante— se sentará en el trono. Ignorará que dentro de sí se gesta una cara tan joven y fresca como la suya que, con los soles, esperará su oportunidad. «¡De los idus de marzo desconfía!», dirá.

La literatura y los premios

Los premios literarios son como los reinados o los realitys. Al año siguiente, ya nadie recuerda a los ganadores. Por el contrario, los grandes libros de literatura perduran en la mente de las personas.
Elvira Sastre, ganadora del premio Biblioteca Breve

Hace varias semanas, la escritora, poeta, instagramer y twitera española, Elvira Sastre —la meliflua, simplona y efectista, Elvira Sastre— recibió el premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral. Este mismo premio lo han obtenido grandes escritores como Vargas Llosa, Carlos Fuentes o Guillermo Cabrera Infante. También, hace unos días Juan Gabriel Vásquez fue nominado al premio británico The Man Booker Internacional. Estas dos circunstancias, permiten la siguiente breve reflexión sobre los premios literarios y la literatura.

Los premios literarios poco tienen que ver con la literatura. Mientras los premios literarios son anuales o bienales, una buena novela, una gran novela, surge cada diez o veinte años. Y me reconozco optimista porque a veces pueden pasar décadas para que surja una nueva gran novela. Los premios, por tanto, premian por necesidad o por mantenerse vigentes, pero pocas veces lo hacen siguiendo el criterio de calidad literaria.

Los premios literarios son como los reinados o los realitys. Al año siguiente, ya nadie recuerda a los ganadores. Pero los grandes libros de literatura perduran en la mente de las personas. Y más que eso, definen una época o sociedad. Premiar un libro es ignorar otros, muchos otros, que quizá son mejores que el que mereció las loas.

Ningún premio literario es grande per se, sino porque un libro ha logrado inmortalizarlo. Si el Rómulo Gallegos —que por cierto era el premio literario más prestigioso de América Latina y cierto dictador lo mandó para la mierda— tiene el reconocimiento de la comunidad de escritores de Hispanoamérica es porque libros como Los detectives salvajes, Cien años de soledad, El desbarrancadero o La casa verde lograron volverlo un referente de la literatura que se escribe en español. Eso y no al revés. Cuando Cien años de soledad ganó este premio, ya sus ventas se contaban por cienmiles. Cuando Bolaño ganó con Los detectives, ya toda la España literaria conocía su obra.

Para hablar de este tema siempre se recurre al mayor premio literario que se le puede dar a un escritor vivo, el Nobel de Literatura. Hoy el Nobel es un cementerio de nombres de gente que nadie lee, que nadie cita, que nadie recuerda.

Para lo único que sirven los premios literarios es para aliviar las penurias y el hambre de un solitario escritor que, con hambre, teclea en un apartado estudio con la idea ilusa de que eso que escribe sirve para algo. Por lo menos para llevar el pan a la casa. Y de eso sí que sabía Bolaño, quien en su cuento Sensini contó —desde su relación con Antonio di Benedetto— las penurias del escritor cazaconcursos.

Con todo, es mejor ganarse un premio que nunca hacerlo. Porque, como dijo Pambelé, siempre es mejor ser rico que pobre. Y porque a todos nos viene bien un poquito de reconocimiento.

La narrativa intrascendente de Juan Gabriel Vásquez

El origen de todas mis decepciones está en que la narrativa de Juan Gabriel Vásquez la encuentro sosa e ingenuamente predecible.

Algunos medios nacionales, henchidos de orgullo, daban la noticia de que el escritor Bogotano, Juan Gabriel Vásquez, había sido nominado al premio británico The Man Booker Internacional. Si bien el veredicto final se conocerá el próximo 21 de mayo, la prensa se mostraba entusiasta. Emoción por sentirse representados en el ámbito literario, emoción porque un colombiano da pasos de gigante en el mundo de las letras, emoción –pero sólo esa emoción nacionalista– de sentir que el resto del mundo mira por un instante este país. Pero más que amor de patria, a mí la noticia sólo me ha causado decepción.

La primera decepción, como dije, fue con los medios; que más allá de dar la noticia, se apoderan de las emociones del pueblo. Que nunca han mostrado ningún interés por presentar con ojo crítico la labor del escritor, y sólo aparecen para festejar, con él, sus pequeños triunfos. Decepcionado también con los certámenes, concursos o premios literarios que, cada vez menos, entienden de literatura; pero que siempre se muestran (los medios ayudan a eso) como las ventanas para mostrar lo que se debe considerar como literatura de calidad. El vuelo de una obra no se debe medir por ninguna de estas estrategias de la industria editorial; la decisión de sentirse orgulloso o decepcionado, debe tenerla el buen lector en su soledad con el libro.

Precisamente, el origen de todas mis decepciones está en que la narrativa de Juan Vásquez la encuentro sosa e ingenuamente predecible. Es un literato de una extraña condición. Por lo general, el escritor sin talento no suele tener ideas claras, coherentes y mucho menos interesantes sobre las consideraciones de lo literario ni de su influencia en otros ámbitos como la Historia, la cultura o el arte en general. Un intelectual que maneje bien estas ideas, tiene una alta consciencia y una rigurosa valoración de las obras y, sobre todo, de su propia obra. Lo extraño en Vásquez es que, a pesar de manejar con claridad la concepción de lo literario, a pesar de mostrar erudición sobre el tema, no tiene idea de lo que es hacer prosa de calidad.

En su libro de ensayos, «Viajes con un mapa en blanco», Vásquez logra unas reflexiones interesantes a través de un lenguaje que no pierde en profundidad, a pesar de ser sencillo y entretenido. Las reflexiones giran en torno al arte de novelar. Y según entiende el escritor, la novela es la única capaz de concentrar, más que cualquier otro género, las veleidades del espíritu humano. Esta idea le da relevancia a la construcción de los personajes en las novelas. Los diferentes personajes que se han creado al través de la historia de la literatura en las novelas, han dado cuenta de la evolución espiritual de los hombres, de las condiciones ontológicas de la raza humana.

Esta maravillosa idea, repito, le da valor a la construcción de los personajes. Pero al echarle un vistazo a las novelas de Juan Gabriel Vásquez, resultan estar llenas de personajillos sin alma y sin carne. Unos fofos personajes de papel que sólo llegan a representar antiguas y aburridas moralidades. Su amor por el Realismo y la perspectiva crítica de este, en su obra se vuelve una nostalgia por los hechos violentos de la historia colombiana. Una nostalgia que nunca es el recuerdo sentido y furibundo de una generación, sino el lloriqueo de un personaje sin fuerza. La realidad en su obra es el recuerdo de un personaje intrascendente y condenado al olvido.

Sus novelas casi nunca tienen intensidad. Escribe con la nostalgia de uno de esos extintos poetas mártires, buscando reflejar con la soledad y el dolor, su sensibilidad por la violencia. Pero estos sentimientos nunca afloran. La temática de la soledad, en sus novelas, se confunde con el aburrido vacío. Con la carencia de un momento discordante en la trama o con la monótona tristeza. Y nunca logra hacerle contrapeso a esta sensación con técnica, con manejo del lenguaje. La sensación de aburrido sentimentalismo, combinado con la falta de ritmo, de intensidad narrativa, hace que sus novelas siempre pierdan fuerza e interés.

Los ocho atributos de la gente culta, según Antón Chéjov

Verás, la vida tiene sus exigencias. Para sentirse cómodo entre gente educada, para estar como en casa y a gusto entre ellos, uno debe ser culto en cierta medida.

Antón Chéjov, 26 años, corrige a su hermano mayor Nikolay – quien ya empezaba a gozar de cierto prestigio debido a su talento como pintor – a causa de una aparente falta de cultura. Con un tacto y una estética excepcional, Chéjov invita a su hermano a ser lo que para él debe ser un hombre culto, enseñándole,  fraterno y radical, cómo sobreponerse a las contrariedades que complicaban su adaptación al ambiente cultural ruso de la época.

Una carta que muestra una vez más la versatilidad de la prosa de Chéjov y, claramente, al alto sentido humanista que se había formado como hombre y escritor.

Aquí la carta:

“Moscú, 1886.

¡A menudo te has quejado conmigo de que la gente “no te entiende”! Goethe y Newton no se quejaron de eso… Solo Cristo lo hizo, pero Él se refería a su doctrina y no a sí mismo… La gente te entiende perfectamente bien. Y si tú no te entiendes a ti mismo, no es culpa suya.

Te aseguro, como hermano y como amigo, que te entiendo y estimo con todo mi corazón. Conozco tus cualidades como a mis cinco dedos; las valoro y respeto profundamente. Si quieres, para comprobar que te entiendo, puedo enumerarlas. Creo que eres amable hasta el punto de la suavidad, magnánimo, desinteresado, dispuesto a compartir hasta tu último centavo; no sientes envidia ni odio; eres candoroso, sientes lástima por hombres y bestias; eres confiado, no eres malicioso ni taimado, y olvidas el mal que te han hecho…

Tienes un regalo de los cielos del que pocos gozan: talento. Esto te sitúa por encima de millones de hombres, pues en la tierra solo uno entre dos millones es un artista. Tu talento te distingue: si fueras un sapo o una tarántula, aun entonces las personas te respetarían, pues al talento todas las cosas le son perdonadas.

Solo tienes un defecto, y la falsedad de tu posición, tu infelicidad y la irritación de tus entrañas son todas debidas a él. Es tu pronunciada falta de cultura. Perdóname, por favor, pero veritas magis amicitiae… Verás, la vida tiene sus exigencias. Para sentirse cómodo entre gente educada, para estar como en casa y a gusto entre ellos, uno debe ser culto en cierta medida. El talento te ha llevado a ese entorno, ahí perteneces, pero… te apartan de él, y te meces vis-à-vis entre la gente culta y los meros inquilinos.

Las personas cultas, en mi opinión, satisfacen las siguientes condiciones:

1. Respetan la personalidad humana y, por lo tanto, son siempre benévolas, amables, corteses y dispuestas a entregarse a otros. No hacen un alboroto por un martillo o por un pedazo de caucho perdido; si viven con alguien no creen estar haciéndole un favor, y al marcharse no dicen: “Nadie podría vivir con usted”. Perdonan el ruido, la carne fría y seca, y la presencia de extraños en su casa.

2. Sienten compasión, no solo por gatos y mendigos. Su corazón sufre por lo que el ojo no ve… De noche, se desvelan para ayudar a P…, para pagar la universidad de sus hermanos, para comprarle ropa a su madre.

3. Respetan la propiedad ajena y, por lo tanto, pagan sus deudas.

4. Son sinceras y le temen a mentir tanto como al fuego. Ni siquiera dicen mentiras blancas; una mentira es un insulto para quien la oye, lo degrada frente a quien la dice. No posan, se comportan en la calle como lo hacen en casa, no hacen alardes ante sus camaradas más humildes. No son dadas a farfullar incoherencias ni a forzar a otros a escuchar confidencias indeseadas. Por respeto a los oídos de los demás, permanecen más tiempo en silencio que hablando.

5. No se menosprecian a sí mismas para despertar compasión. No tocan las cuerdas de los corazones ajenos para hacerlos suspirar y aprovecharse de ellos. No dicen “soy un incomprendido,” o “me han pasado a segunda fila”, porque esto es esforzarse por alcanzar efectos mezquinos, y es vulgar, rancio, falso…

6. No son vanidosas. No apetecen diamantes tan falsos como conocer celebridades, estrechar manos con el ebrio de P., escuchar los arrebatos de un espectador extraviado en una exposición de pintura, ser reconocidos en las tabernas… Si hacen un centavo no se pavonean como si hubieran ganado cien rublos, y no presumen por tener la entrada donde otros no son admitidos… Los verdaderamente talentosos permanecen ocultos entre la multitud, tan lejos como sea posible de la publicidad… Hasta Krylov dijo que un barril vacío retumba más fuerte que uno lleno.

7. Si tienen talento lo respetan. Por él sacrifican descanso, mujeres, vino, vanidades… Son personas orgullosas de su talento… Además, tienen escrúpulos.

8. Desarrollan la sensibilidad estética en sí mismas. No pueden dormir en traje, ver grietas llenas de insectos en las paredes, respirar aire viciado, caminar sobre un piso en el que alguien ha escupido, cocinar en una estufa de parafina. Buscan, tanto como sea posible, contener y ennoblecer sus instintos sexuales… Lo que quieren de una mujer no es una compañera de cama… No pretenden en ellas el ingenio que se manifiesta en la costumbre de mentir.

Buscan, sobre todo si son artistas, frescura, elegancia, humanidad, la capacidad para ser madre… No se atiborran de vodka día y noche, no se ponen a olisquear la despensa, pues no son cerdos y lo saben. Beben solo cuando están libres, en ocasiones… Pues quieren mens sana in corpore sano.

Y así sucesivamente. Así es la gente culta. Para ser culto y no ser inferior al nivel de tu entorno no basta con haber leído Los papeles póstumos del Club Pickwick y aprenderse un monólogo de Fausto.

Lo que se necesita es trabajo constante, día y noche, lectura constante, estudio, voluntad… Para ello, cada hora es preciosa. Ven a nosotros, rompe la botella de vodka, échate a leer… Turgueniev, si quieres, a quien no has leído.

Debes dejar tu vanidad, no eres un niño… pronto tendrás treinta años. ¡Es hora!

Te espero… Todos te esperamos.”

Estas son las palabras del año de la lengua española, según Fundéu

Desde el año 2013, Fundéu, la Fundación del Español Urgente reconoce no sólo las nuevas palabras, sino todos aquellos términos que han sido importantes dentro de la sociedad y la opinión pública.

El léxico de la lengua española está en constante enriquecimiento con nuevos términos. Muchas de estas palabras se deben a la gran cantidad de anglicismos y tecnicismos que nuestra lengua ha adoptado en los últimos años gracias a la explosión de las redes sociales. Otra también han surgido gracias a la reflexión que se ha llevado a cabo sobre la política, la sociedad, las ciencias y la filosofía.

Desde el año 2013, Fundéu reconoce no sólo las nuevas palabras, sino todas aquellas que han sido parte importante dentro de la sociedad y la opinión pública cada año. La lista de palabras nominadas está constituida por doce palabras. Una de ella se unirá a selfi, refugiado, populismo y aporofobia, que han resultado ganadoras en años anteriores. Aquí la lista:

Dataísmo


El dataísmo se está considerando una nueva religión que no venera a dioses ni a hombres. Su adoración son los datos (de ahí el término). El dataísmo manifiesta que el flujo libre de información es el mayor tesoro de la humanidad.

Procrastinar

El “arte” de dejar las cosas para último momento, y en el peor de los casos, de no hacerlas nunca. El procrastinador busca cualquier excusa para aplazar sus deberes para más tarde o para mañana, hasta que le sobrevienen las consecuencias.

Descarbonizar

Palabra utilizada por los ambientalistas para manifestar su preocupación por las altísimas emisiones de gas carbónico que la humanidad está produciendo y que podría afectar drásticamente el medio ambiente.

Microplásticos

Esta palabra surge de otra preocupación de los ambientalistas. Actualmente, se están encontrando millones de partículas de plástico que afectan gravemente la vida marina. A una tortuga, por ejemplo, le fue extraído un sorbete de las fosas nasales.

VAR (video assistant referee)

Getty Images

La palabra que más estuvo de moda este año gracias al mundial de Rusia 2018. Una nueva regla del fútbol permite que el juez pueda analizar en video la repetición de cualquier jugada del partido sobre la cual tenga dudas para tomar una decisión más acertada.

Mena (Menor extranjero no acompañado)


Este término hace referencia a la gran cantidad de menores que están emigrando de un país a otro sin acompañantes adultos. Todo un riesgo para ellos en una sociedad cada vez más abusiva.

Hibridar


Este término era usado exclusivamente en biología y biotecnología, pero ahora se usa en la tecnología en general y la mecánica. Para disminuir las emisiones de gas, también es necesario hibridar. Es necesario hacerlo para preservar el medio ambiente.

Nacional-Populismo

Esta palabra surge de una nueva tendencia quizá propia de la política latinoamericana: el nacional-populismo entiende que el desarrollo económico, político y social de una nación sólo es posible con un poderoso caudillo.

Arancel

http://rincondelsueko.blogspot.com/2015/07/el-arancel.html

Impuestos, cada vez más altos impuestos a las importaciones. Esta palabra cobra vigencia gracias a las medidas proteccionistas de algunos países europeos y de Estados Unidos.

Los nadie

Los nadie es una expresión más que una palabra. Esta es producto del gran flujo de inmigrantes a nivel mundial. Durante el 2018, empezó a surgir una alarmante cantidad de personas sin derechos e ignoradas por la sociedad.

Micromachismo

https://www.sukalmedia.com/micromachismo-en-el-marketing/h

La polémica palabra que sugiere que cualquier situación que involucre a un hombre y una mujer podría estar cargada de una pequeña dosis de machismo que sucede casi siempre inadvertida.

Sobreturismo

Si usted cree que es el único que quiere tomarse una selfie en la muralla china, está muy equivocado. Los espacios públicos ancestrales casi siempre están colapsados por turistas. De allí surge este término.

Las palabras ganadoras los años anteriores fueron: escrache (2013): todo ataque verbal público intimidatorio hacia un político. Selfi (2014): selfie en inglés, esta palabra llegó para quedarse, así que decir autofoto pasó de moda. refugiado (2015): Con la guerra en Siria, la palabra refugiado tomó un significado crítico. populismo (2016): Promesas irrealizables e idealistas con el único fin de conseguir votos. Aporofobia: No, no es xenofobia, es aporofobia, el término que designa el odio a los pobres fue la palabra ganadora el año anterior.

De la lista de doce finalistas de este año, surgen como favoritas VAR, los nadie y nacional-populismo. La decisión, sin embargo, la tiene Fundéu, quien publicará a la ganadora el próximo 29 de diciembre.

Cinco grupos literarios que hicieron historia

Muchas de las grandes obras de la literatura se empiezan a cocinar en el seno de los círculos intelectuales. Allí sus autores logran encontrar un ambiente propicio para agudizar la compresión de la realidad e ir formando su propuesta estética e ideológica

Muchas de las grandes obras de la literatura se empiezan a cocinar en el seno de los círculos intelectuales. Allí sus autores logran encontrar un ambiente propicio para agudizar la compresión de la realidad e ir formando su propuesta estética e ideológica. Ha habido muchos de estos grupos en la historia. Algunos de ellos planificaban sus encuentros y hasta elegían un nombre que los identificara, otros compartían encuentros esporádicos y, casi inconscientemente, producían obras que reflejaban la afinidad de sus ideales.

Sea porque crearon conscientemente un colectivo o porque las circunstancias y el tiempo los ha dado a conocer bajo el nombre de un grupo, lo cierto es que acá les traemos a los cinco círculos literarios más influyentes de la historia.

La generación del 98

Conformada por escritores españoles que en la última parte del siglo XIX expresaban sus sentires de dolor de patria por la crisis que atravesaba España, producto de la guerra hispano-estadounidense. Miguel de Unamuno, Ramón del Valle-Inclán, Jacinto Benavente, Pío Baroja, Vicente Blasco Ibáñez y Antonio Machado son algunos de los miembros de esta generación. Solían reunirse en el conocido Café de Madrid, en la Cervecería inglesa o en el Café de Fornos para charlar acerca de los problemas que aquejaba su país o para burlarse de las extensas frases que empleaban las obras Realistas en sus descripciones.

De sus plumas surgieron la novela impresionista y los dramas filosóficos, pero manteniendo la distancia de la retórica pomposa. Estos escritores legaron a la literatura una prosa profunda y asequible para cualquier lector. Fueron una transición estética en las letras, un puente hecho de patriótico romanticismo, nuevas corrientes filosóficas irracionales y una estilística moderna.

Los poetas malditos 

Con este nombre se conoce a un grupo de intelectuales franceses de finales del siglo XIX que renovaron la lírica para siempre. Paul Verlain, miembro de este grupo, publicó en 1884 una serie de ensayos titulado Los poetas malditos, en la que se describe la relación directa que hay entre la estética provocativa de sus poemas y su estilo de vida irreverente y bohemio. En el libro aparecen los nombres de los poetas Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Auguste Villiers de L’Isle-Adam y el propio Verlain. Sin embargo, hay que considerar a Baudelaire como miembro porque fue mentor de estas ideas de renovación en la poesía, que incluían la ruptura de los parámetros de la rima y la libertad del verso.

Se les conoce como malditos porque sus vidas fueron trágicas. La mayoría no llego a la vejez, producto de sus excesos, y su reconocimiento universal llegó póstumamente. Sus poemas eran considerados inmorales y satánicos, igual que sus estilos de vida. Algunos solían frecuentar prostíbulos y hacer de las prostitutas los personajes centrales de sus textos. Otros mantenían abiertas relaciones homosexuales que escandalizaban a la sociedad de la época. También solían escandalizarla con bromas, como llegar harapientos a reuniones burguesas o caminar por importantes calles de París con una rata en la mano.

Sus estilos de vida provocadores eran tan eficaces como la calidad de su obra. Algunos hicieron parte del movimiento Parnasiano, otros del Simbolismo y otros del Decadentismo. Algunos pasaron de uno a otro movimiento, y a su vez, todas estas corrientes inician el Modernismo en la poesía y se consideran precursoras de las vanguardias literarias.

El círculo de Bloomsbury

Este grupo de intelectuales británicos, si bien no estaba conformado sólo por escritores, tuvo una profunda repercusión en la literatura. Era un grupo que apostaba conscientemente por una postura política, estética y filosófica. Y se enfocaba mucho en la idea de conseguir la libertad individual como forma de buscar la felicidad. La influencia de G. E. Moore y Bertrand Russell fue decisiva para los miembros. La idea del individualismo y la intimidad como búsquedas del placer y el amor, inspiraron a una de los miembros a escribir una obra que refleja toda esta filosofía, tal es la obra de Virginia Woolf. Esta escritora expuso en sus novelas la búsqueda de ese individualismo a través de la técnica del flujo de consciencia.

El grupo se hacía llamar El círculo de Bloomsbury en honor al barrio de Londres con ese nombre, y en el cual empezaron las reuniones alrededor del año 1907. Entre sus miembros destacan Vanessa Bell, E. M. Forster, Roger Fry, Duncan Grant, John Maynard Keynes, Desmond MacCarthy, Lytton Strachey, Leonard Woolf y Virginia Woolf. Si bien, con una postura muy distinta a la de los poetas malditos, estos pensadores abrieron otras posibilidades en la creación literaria, enfocadas claramente al despertar de ideas liberales que siguen buscando espacio en la actualidad.

Grupo de estadounidenses conformado por John Dos Passos, Ezra Pound, Erskine Caldwell, William Faulkner, Ernest Hemingway, John Steinbeck, Sherwood Anderson y Francis Scott Fitzgerald. Al igual que la generación del 98, estos estuvieron profundamente marcados por una guerra, la Primera Guerra Mundial. También se vieron expatriados, lo que los hizo encontrarse sobre todo en París, pero también en otras partes de Europa donde moldeaban sus obras.

El círculo de Bloomsbury

La generación perdida es un nombre que les acuña la escritora Gertrude Stein al recriminarles su excesivo pesimismo y su abuso del alcohol. Su estética refleja este estado que se ha entendido como reflejo de la Gran depresión del 29. Son, aunque expatriados, autores de una literatura de profundo sentir estadounidense y estéticamente experimentadores de las técnicas modernas. Supieron combinar en sus obras el collage, la técnica cinematográfica, el diálogo, el monólogo y el narrador omnisciente; y todos con excelsa maestría. La generación perdida le imprimió versatilidad a la literatura.

El grupo de Barranquilla

Los escritores latinoamericanos estaban fuertemente influenciados por la versatilidad que demostraban los norteamericanos de la Generación Perdida, pero hacía falta, con ese uso de la técnica, mostrar la realidad mágica de estos pueblos. El grupo de Barranquilla significó el ambiente en el que cuajó de mejor manera esta idea.

Un grupo de soñadores conformado por José Félix Fuenmayor, el catalán, Ramón Vinyes, Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas, Gabriel García Márquez, Alejandro Obregón, entre otros se reunían con frecuencia para entablar conversaciones que iban desde la crítica de arte y cine hasta la charla insulsa pero divertida. Se alimentaban tanto de la crítica seria como de la charla pueril y socarrona para solventar una obra que mostraría esas características: por un lado, el mundo maravilloso y soñador del Realismo Mágico, y por otro, una carga de humor casi espontáneo que configuraría una literatura sorprendente y vivaz.

En Colombia, el colectivo de El grupo de Barranquilla fue el núcleo donde se forjó una expresión latinoamericana que recorrió todo el mundo. García Márquez, que fue el más descollante del grupo, no sólo representaría una visión de mundo de un pueblo costero de Colombia, sino que sería la bandera de todo un movimiento que representaba al llamado «boom» latinoamericano. La avanzada literaria esta vez estaba a cargo de Latinoamérica y el grupo de Barranquilla fue decisivo.

Fumio Shigeto, el médico japonés que hizo posible el Nobel de literatura de Kenzaburo Oé

Fueron miles de vidas las que Fumio Shigeto no pudo salvar, pero el destino le dio revancha: cuando fue llamado a expandir los horizontes de un joven escritor hundido en la depresión, supo hacerlo.
Kenzaburo Oé. Fotografía tomada de la bbc.com

Un avión sobrevuela Hiroshima la mañana del seis de agosto de 1945. Mientras el avión avanza, en la ciudad reina la rutina: los niños entran a los salones para esperar a sus profesores, los médicos van camino a sus trabajos, los comerciantes se disponen a abrir las puertas de sus negocios. El sol radiante marca una mañana más del verano japonés. Todo transcurre normalmente. Quizá lo único extraño sea ese avión, tan distante de la vida de Hiroshima que muchos no se percatan de él.

En la cabina del avión, tres hombres discuten sobre el punto exacto en que deben llevar a cabo su misión. Llegan a un acuerdo. Cada uno de ellos toma su lugar de trabajo. Sueltan la carga. Cuarenta y cinco segundos después, Hiroshima y su cotidianidad quedan devastadas. Un enorme hongo gris surca el horizonte. Ya no hay más niños esperando a sus maestros, el sol ya no ilumina las calles de la ciudad, no hay avión en el cielo. En segundos todo es arrasado por el monstruoso poder de la bomba atómica. Esa mañana del seis de agosto de 1945 el mundo contempló los peligros reales de la guerra. Y de seguir embarcados en largos conflictos, la humanidad podría llegar a fin.

Entre los hombres que se disponían a iniciar su rutina diaria se encontraba uno que apenas la estaba construyendo. El doctor Fumio Shigeto era un recién llegado a la ciudad de Hiroshima. Aún no se acostumbraba a ella, mucho menos a su nuevo trabajo. Shigeto fue trasladado a esta ciudad para encargarse del hospital de la Cruz Roja. Apenas iniciaba el proceso de empalme y reconocimiento de sus nuevas labores. La rutina diaria aún no lo había alcanzado cuando el estallido de la bomba atómica estremeció Japón, cifrándole un propósito de vida que cumplió a cabalidad.

Hiroshima, seis de agosto de 1945. Fotografía tomada de la bbc.com

Los segundos inmediatos a la gran explosión y la reacción de Fimio Shigeto son narrados con claridad por el Premio Nobel Kenzaburo Oé en su libro Cuadernos de Hiroshima: «inmediatamente después del bombardeo atómico, él, al igual que muchos otros médicos, socorrió a los heridos y comenzó a luchar contra las consecuencias producidas por aquella extraña bomba». A pesar de no tener una familiaridad establecida con la gente de Hiroshima, fiel a su juramento, salió a socorrer a los heridos. Maltrecho como estaba, se percató de los extraños síntomas en los sobrevivientes. Algunos de los socorridos por Fumio Shigeto, perdieron el cabello a los pocos días del impacto. Se dio a la tarea de recolectar objetos afectados por la radiación, como fragmentos de tejas y placas utilizadas para rayos X, intuyendo que la explosión había sido producida por un arma nuclear.

Luego del impacto, los sobrevivientes, en medio de la destrucción, llegaban a sentirse afortunados por haber sobrevivido. Los que hoy daban gritos de alegría, a los pocos días fallecían a causa de dolores y hemorragias, casi siempre, acompañadas por manchas en la piel. Shigeto dedicó su vida a entender los efectos de la radiación en las personas afectadas. Recolectó información de las historias clínicas de los pacientes del hospital de la Cruz Roja, aún en tiempos de la ocupación estadounidense en Japón (1945-1955), cuando investigar sobre los efectos de la radiación estaba prohibido.

Fue Fumio Shigeto quien ayudó a establecer una relación directa entre el aumento de los casos de leucemia y los niveles de radiación a los que fueron expuestos los habitantes de Hiroshima. Luego de la explosión, y en tiempos de la ocupación, no se investigó debidamente la relación entre el aumento de algunas enfermedades y la radiación. Contrario a lo que se puede pensar, una vez la ocupación llegó a su fin, las investigaciones sobre los efectos de la radiación continuaban siendo mal vistas por la Dieta japonesa (parlamento o congreso para nosotros), puesto que, la fracción conservadora veía imprudente la publicación de estudios sobre la radiación. Temían la molestia de quien ahora era su aliado, Estados Unidos.

No obstante, los médicos, encabezados por Shigeto, jamás dieron su brazo a torcer. Se dieron a la tarea de analizar las estadísticas, las historias clínicas, y la evolución de los pacientes que padecían leucemia. El estudio logró concluir que existía una relación directa entre la radiación y el aumento de casos de leucemia. La comunidad médica no aceptó la investigación, en especial el departamento de salud pública japonesa. También fue Fumio Shigeto uno de los primeros en proponer estudios para determinar los efectos de la radiación en la segunda generación de habitantes de Hiroshima luego del bombardeo.

Doctor Fumio Shigeto. Fotografía tomada de la bbc.com

Las historias de vida y muerte que presenció el Doctor Shigeto son las que llevan a un joven escritor a interesarse en las memorias de los sobrevivientes. Kenzaburo Oé arriba a Hiroshima en 1963 como reportero encargado de cubrir la novena conferencia mundial contra las bombas atómicas y de hidrógeno. Kenzaburo atravesaba la encrucijada de su vida: su hijo había nacido con una malformación cerebral, lo que lo tenía recluido en una incubadora. La recomendación médica era dejarlo morir para así evitarle mayores sufrimientos.

Oé, al ver a su hijo tan cerca de la muerte, perdía poco a poco la fe en la humanidad y en su trabajo como escritor. En una entrevista de 1999, concedida al programa Conversaciones con la historia, Kenzaburo afirma: «Cuando nació mi hijo con un severo daño cerebral, quería encontrar un aliciente, por lo que me puse a leer el único libro que había escrito hasta ese momento y descubrí a los pocos días que no podía alentarme a mí mismo a través de la lectura de mi libro. Nadie podía hacerlo con mi trabajo. Pensé: yo no soy nada y mi libro es nada. Estaba sumido en una profunda depresión».

Es así como dos desgracias, que hasta el momento se desarrollaban en paralelo, se encuentran el verano de 1963. Kenzaburo Oé, cansado de las confrontaciones políticas que amenazaban la novena conferencia mundial contra las bombas atómicas y de hidrógeno, vuelca su mirada a las víctimas y sus historias. El joven escritor en desgracia se encontró entonces con el Doctor Fumio Shigeto, habituado al arte de luchar contra la muerte, aunque ésta siempre venciera.

Kenzaburo Oé y su familia. Fotografía tomada de lasexta.com

Los testimonios que Shigeto comparte con Kenzaburo Oé, le muestran el sufrimiento y la maldad de la que es capaz el ser humano. Pero, sobre todo, la dignidad de las víctimas. En cada historia de dolor, Kenzaburo Oé, encontraba un monumento a la dignidad, a la lucha silenciosa, al elegir la forma de vivir, de morir, o de simplemente aislarse de la sociedad. De ese viaje y del encuentro con Fumio Shigeto, Oé escribe el libro Cuadernos de Hiroshima, un texto que narra los dolores de la guerra, las historias de ancianos solitarios, mujeres desfiguradas por las quemaduras, niños muertos por la radiación en sus cuerpos.

Fumio Shigeto se embarcó en una lucha interminable con la clara conciencia de siempre ser el perdedor: la muerte siempre alcanzaba a sus pacientes. Kenzaburo, muy cerca al suicidio por la depresión que le generaba el estado de su pequeño hijo, emprendió un viaje a Hiroshima para cambiar de aire. Entonces, el hombre que luchó contra la muerte sin ganar una sola batalla le mostró a que valía la pena seguir escribiendo.

Fumio dedicó su vida a la reconstrucción del cuerpo humano, a tratar con los efectos de la onda expansiva de la bomba atómica que aún sigue en marcha golpeando el mapa genético de los habitantes de Hiroshima. Fueron miles de vidas las que Fumio Shigeto no pudo salvar, pero el destino le dio revancha: cuando fue llamado a expandir los horizontes de un joven escritor hundido en la depresión, supo hacerlo. Kenzaburo Oé, luego de sus viajes a Hiroshima, fue una de las voces más claras y de mayor impacto en la opinión mundial al hablar sobre los efectos de la guerra nuclear en los seres vivos.

El día que no murió nadie

La muerte, ya humanizada, es usada por Saramago para revindicar a los hombres, porque los defectos de los humanos no son más fuertes que sus virtudes: la muerte se ha enamorado.
José Saramago, Premio Nobel, 1998

Al día siguiente no murió nadie. Con este uppercut a la mandíbula, José Saramago hace que besemos la lona de la intriga. Y a juzgar por el título de su obra, también comenzamos a sospechar de qué se trata esta historia: la muerte ha dejado de actuar y, en consecuencia, nadie puede morir.

Esta es la premisa de Las intermitencias de la muerte, una de las novelas más apasionantes del Nobel portugués.

Esta premisa es bastante conocida. Ya en 1897 el escritor colombiano Tomás Carrasquilla, en su relato En la diestra de Dios padre, había contado el caos que supondría que la muerte dejara de trabajar, cuando el personaje de Peralta, haciendo uso del don otorgado por el mismo Cristo, pudo engañar a la muerte y ponerla en cautiverio sobre la rama de un árbol.

Recordamos también aquel cuento del escritor ruso, Aleksandr Nikoalevich, El soldado y la muerte, donde también se cuenta cómo un soldado logra atrapar a la muerte en un saco mágico por mucho tiempo, hasta que ésta es liberada y se lleva de un tajo a los dos protagonistas de estas historias que continúan sus aventuras entre el cielo y el infierno.

Pero en este relato de José Saramago, publicado en 2005, la historia es a otro precio. Es la muerte la que ha decido no trabajar más en un país entero, y, por mucho tiempo, nadie se entera de lo que está pasando. La ausencia de la muerte se convierte en un problema político y de salud pública. Bendita sea la inmortalidad si se adquiere durante una juventud saludable, pero maldita sea si te alcanza viejo y enfermo. Para la mente razonable, es mejor morir sin dolor que vivir agonizante, sobre todo si es para siempre.

Con su pluma mordaz, Saramago nos lleva de la mano a explorar el caos en este país sin nombre habitado por inmortales. Morir se convierte en un negocio acaparado por las mafias que acorralan a un Estado incompetente y pusilánime.

Cruzando la frontera, la muerte del otro país puede quitarte la vida, entonces a los países vecinos les toca enfrentar un éxodo de inmigrantes y hasta de emigrantes, porque para muchos, con vida eterna ya no importan las privaciones.

La incansable narración de Saramago, con su lenguaje inconfundible y de difícil lectura para el lector desatento, se va yendo por las ramas de la reflexión pensando, más que en la muerte, en la vida misma. Saramago lleva al límite la condición humana para exprimirla y mostrarnos lo peor de los hombres.

Ahí radica la genialidad del autor: nos revela que el único responsable de su destrucción es el hombre mismo. Sólo habría que ponerlo en una situación extrema, tal como lo hizo en Ensayo sobre la ceguera, donde en una ciudad también sin nombre la humanidad debía sobrevivir a una plaga de ceguera blanca.

Hasta que por fin la muerte aparece. La misma muerte, sí, esa que todos conocemos, esa a la que Peralta se le reveló en la historia de Carrasquilla: un esqueleto cubierto con un capuchón negro que blande la guillotina que puede hender una hebra de cabello.

Para Saramago está demás reinventarse a la muerte cuando ésta ha sido siempre la misma. Haciendo uso de la sátira, el autor describe esa apariencia de la muerte y su guillotina parlante con la que discute su propia manera de actuar frente a los habitantes de aquel lugar.

Sí, la muerte ha vuelto, pero ha cambiado la forma de morir en el país: todos sabrán de antemano, por medio de una carta, el día y la hora de expirar su último aliento.

A alguien no le llega la carta, a un músico depresivo que toca el violín en una orquesta, y es cuando el autor quiere humanizar a la muerte, ésta se convierte en una hermosa mujer que decide saber quién es ese que la desafía.

La muerte, ya humanizada, es usada por Saramago para revindicar a los hombres, porque los defectos de los humanos no son más fuertes que sus virtudes: la muerte se ha enamorado. Un sentimiento netamente humano que acaba por terminar en una pasión desbordadamente carnal hacia el hombre que antes era sólo una curiosidad.

Al final, con estas últimas palabras, Saramago nos vuelve a dar un derechazo que nos lanza, esta vez a la lona de la reflexión para descubrir que la muerte, al ser humana, también es caprichosa: al día siguiente no murió nadie.

@vyerena

La filmación de La langosta azul y el papel de García Márquez en el cortometraje de Álvaro Cepeda Samudio

Cuando García Márquez afirma que «algo puse yo que hoy no recuerdo», permite entrever que su participación fue poco significativa para la consecución final del corto.

Sobre la fecha exacta en que fue filmada La langosta azul no hay certeza. Daniel Samper Pizano recoge las palabras de Tita de Cepeda —viuda de Álvaro Cepeda Samudio— y afirma que pudo haber sido a finales de 1954 o comienzos de 1955. En ese mismo sentido, habla Jacques Gilard en su trabajo compilatorio sobre las notas periodísticas de Gabo en Bogotá. La misma Tita, sin embargo, en un artículo publicado el año anterior en El Heraldo afirma que era el año de 1954 «cuando Álvaro se plantó frente a la cámara Bolex de 16 mm».

Sobre la participación directa de Gabriel García Márquez en la filmación de la película todo parece más claro. Por la fecha en que los amigos del Grupo de Barranquilla estaban en La Playa filmando La langosta azul, Gabo estaba en la edición de El Espectador escribiendo de manera anónima la sección Día a día y las notas sobre El cine en Bogotá. Que haya aparecido en los créditos de la película lo considera Gilard como un «efecto de esa amistad que fue el cemento más sólido en la cohesión del Grupo de Barranquilla» y que meses atrás había tenido una manifestación precedente.

Cepeda había publicado el libro de cuentos Todos estábamos a la espera, y García Márquez lo catalogó en una columna dominical de El Espectador como «el mejor libro de cuentos que se ha publicado en Colombia». El mismo Gabo reconoció que no participó en la grabación de La langosta azul porque «me encontraba en medio de alguno de aquellos reportajes prolijos que no me dejaban tiempo para respirar».

Con las cosas no tan claras sobre la fecha puntual de la filmación, es lícito pensar que, en un diciembre de 1954, Álvaro Cepeda Samudio, Luis Vicens, Enrique Grau, Cecilia Porras, Nereo López y Guillo Salvat caminaban por las enlodadas calles de La Playa pensando cada toma, cada plano, cada entrada, para no malgastar las pocas herramientas tecnológicas con que contaban.

Los que no conocen mucho sobre el tema, le dan un papel importante a García Márquez en la creación del cortometraje. Los que han investigado al respecto saben que La langosta azul es producto de la mente festiva, caótica y prestidigitadora de Cepeda. Cuando García Márquez dijo que «el papá por derecho propio fue Luis Vicens», lo hizo quizá pensando en la paternidad asumida por el sabio catalán dentro del Grupo de Barranquilla y en su leve experiencia sobre la técnica cinematográfica.

Luis Vicens era el único que por la época había tenido contacto con la creación cinematográfica. En París, había colaborado con L’écran francais, publicación dirigida por Georges Sadoul. Y en Colombia había sido el creador del Cine Club Colombia en Bogotá y posteriormente había replicado esta misma idea en Medellín y Barranquilla.

Así también, cuando García Márquez afirma que «algo puse yo que hoy no recuerdo», permite entrever que su participación fue poco significativa para la consecución final del corto. Si en algo ayudaron los demás miembros del grupo, fue quizá en la parte técnica. Pero lo que dice el corto —si es que intenta decir algo—, la trama, los parajes y los personajes estuvieron siempre en la mente de Álvaro Cepeda. Constituyeron siempre la base de su estética literaria y cinematográfica.

Solo cuando uno se hace una idea de quién era Álvaro Cepeda puede entender el sentido de La langosta azul. El Cepeda de 1954 era un muchacho de 28 años que meses atrás había publicado, casi obligado por Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor, la colección de nueve cuentos titulada Todos estábamos a la espera. García Márquez lo describió por la época como un hombre con «cierto aire de chofer de camión y al mismo tiempo de contrabandista de sueños».

La imagen que nos legaría Cepeda sería la misma siempre: la explosión de la voz, el cuerpo cincelado, el cabello profuso, el tabaco en la boca, las sandalias a donde fuere, el estilo desestilizado. El periodista Ramiro de la Espriella lo definió como un «ser irreal que quería engañar su propio pavor, y que a veces a fuerza de tanto gritar parecía totalmente callado». Con esta imagen, no es raro que, en algún momento, un teniente recién llegado al Caribe le confundiese con el Che Guevara.

Periódicos, libros, y películas. Muchas películas. El cine recorrió la vida, los pensamientos y la obra escrita de Álvaro Cepeda. El pueblo de La langosta azul ya lo había pintado antes en algunas crónicas y notas periodísticas, y lo continuó pintando después en Los cuentos de Juana y La casa grande. El salitre mezclado con el fango, los niños jugando en la playa, las casas de madera: todo estuvo siempre en la mente de Álvaro desde sus primeros años en Ciénaga. El cine, decía, «era el arte moderno por excelencia, el arte más importante y adecuado de este tiempo».

Antes de La langosta azul, la incipiente industria cinematográfica nacional había filmado, durante la década del veinte, algunas películas con argumentos de corte romántico y costumbrista. En los cuarenta y cincuenta, con una industria en ruinas, predominaron los documentales con tintes históricos, políticos y profundamente nacionalistas. Álvaro y sus amigos se superpusieron a todo ello y propusieron una estética cinematográfica que trascendía cualquier deseo de evidenciar un nacionalismo insuflado o un costumbrismo inane.

La langosta azul tiene menos que ver con el surrealismo de Buñuel y más con el espíritu del hombre Caribe —cualquier cosa que ello sea—. Si el cortometraje utiliza los planos abiertos de las playas y calles del pueblo, lo hace para privilegiar la estética visual del Caribe antes que para mostrar el ambiente provinciano de la época. La Langosta azul se abstrajo de abordar la política nacional y denunciar la dictadura de Rojas Pinilla, y abordó la preocupación mundial por la guerra atómica. Pero esa preocupación por la geopolítica no es tal si vemos cómo La langosta azul está aderezada con tintes de ironía y mamagallismo tan propios de la humanidad de Cepeda.

El cortometraje de Cepeda y sus amigos sigue suspendido por siempre sobre nuestro cielo. Va y viene como la cola del papagayo en que fue elevada aquella langosta atómica. Seguirá ocupándonos por siempre y recordándonos que hace mucho tiempo un grupo de intelectuales atípicos lograron escribir, pintar y filmar un pedazo inconmensurable de nuestro Caribe.

El último adalid de la literatura universal

Baudelaire tenía conciencia plena de la revolución que suponía su poética en la historia de la literatura. Hablaba de su trabajo,no sin cierta prepotencia y con afán de provocar a los círculos literarios de su tiempo, como una obra absolutamente moderna. Y mientras todos se escandalizaban y censuraban su obra, él sabía que escribía casi como un profeta, como un visionario. Tenía una mente capaz de comprender el momento histórico-cultural en el que vivía y, además, proponer una estética revolucionaria que empezaría a tomar fuerza después de su muerte.

En el siglo XXI vive un hombre de una magnitud intelectual igual o mayor a la de Baudelaire, con la misma capacidad de conciencia sobre su propia obra, lo que lo ha llevado a ser no sólo un creador prolífico y versátil sino, también, el único con potestad para criticar sus libros. Paulo Coelho es creador y crítico de sí mismo. No es estudiado en los grandes recintos académicos porque todos temen realizar análisis que no den cuenta del vasto simbolismo y el intríngulis filosófico que atraviesan sus obras.  Él y sólo él nos puede dar claridad acerca de su trabajo y del lugar que ocupa en la historia de las letras.

Alguna vez en una entrevista que le hicieran a Coelho en el diario Folha de Sao Paulo, nos dio una lección del significado que tiene como escritor en estos tiempos: mi popularidad se debe a que soy un escritor moderno. Hago fácil lo difícil y, así, me comunico con el mundo entero. La modernidad de Coelho debe entenderse como algo más poderoso que las simples renovaciones técnicas y mucho más allá de las teorías que buscan explicar lo posmoderno. Quizás no hay rótulo en el que podamos encasillarlo, pero lo seguro es que la posmodernidad es muy poco para él. Su escritura no se detiene en el ejercicio vanidoso de crear estructuras narrativas complejas, él sabe que eso sería ir en contra de su mensaje moralizante que es tan útil para esta sociedad perdida: la búsqueda de la simpleza y la verdad que purifica el alma, es el mensaje que transmite de modo directo y simple, como un soplo de brisa fresca en todas sus páginas.

Paulo Coelho, pudiendo hacer mucho mejor los monólogos extensos de James Joyce, prefiere sacrificar todo su repertorio técnico para favorecer la comunicación. El único con la capacidad intelectual de criticar a los autores clásicos sin que le tiemble la voz. En aquella misma entrevista sorprendió al mundo con otra de sus observaciones agudísimas,diciendo que  los novelistas actuales solo quieren impresionar a los otros escritores, uno de los libros que hicieron ese mal a la humanidad fue Ulises, que es solo estilo. No hay nada allí. Si diseccionas Ulises, apenas da para un twit.

 Aunque esta parezca una afirmación exagerada para cualquier mortal, no lo es en absoluto para una mente maestra como la suya. Su capacidad de reflexión es igual de potente que su capacidad creativa. Capaz de sintetizar toda la esencia contenida en las mil páginas del Ulises de James Joyce en 280  caracteres de Twitter. Y si Joyce hubiese conocido El alquimista, la obra más grande de la literatura universal, de seguro sintiera vergüenza de haberse atrevido a publicar.

Paulo Coelho supone el fin de la literatura. En el desemboca toda la experimentación técnica de la novelística del siglo XX. La dulce sensibilidad de los románticos ingleses. La capacidad crítica de Paz, Borges y Retamar. Sin embargo, el iluminado escribe a media máquina. Es un alma bondadosa que educa a las juventudes mientras da cátedra de literatura. Los ignorantes y envidiosos que pretenden tachar su prosa de facilista, no comprenden la estética de lo simple. No saben lo que es hacer del arte de las letras un sutil proceso de comunicación, que sea comprensible hasta para el lector más incompetente