Sócrates: más que una leyenda del fútbol, un emblema de la utopía revolucionaria

Como sucede con todos los ciclos, uno espera que se repitan. Que el símbolo, que otrora supo erigirse como faro de las gentes, se encarne en otro espejo.

Un año antes de que se celebrara la Copa Mundo, el 19 de septiembre de 1985, aconteció el evento natural más mortífero del que la historia de México tenga registro. Un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter sacudió los cimientos de Ciudad de México y sus alrededores: 8 mil millones de dólares calculados en daños materiales y casi un millón de personas abandonaron sus hogares. El reporte oficial de muertos fue de 3.192, mientras que, por otra parte, algunas organizaciones hablan de un número muchísimo mayor: veinte mil.

Casi un año después, el domingo 1 de junio de 1986, en un partido por la primera ronda del Grupo D, Brasil acabaría ganándole a España un gol por cero, tras una anotación del tipo que aparece en la fotografía, ese que lleva atada a la frente una pañoleta que dice México sigue en pie. La tierra volvió a temblar, esta vez por causa del éxtasis. Miles de aficionados estallaron en aplausos y corearon su nombre. El centrocampista le daba un espaldarazo a los mexicanos desde el césped, les hizo saber que era uno más dentro de los muchos que seguían recogiendo los escombros del pasado reciente. Ese día se contó como un desposeído.

Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, mejor y ampliamente conocido como Sócrates o «El doctor», por su también profesión de médico, fue el jugador brasilero más inteligente de la década de los ochentas. Su regate siempre oportuno, acompañado de su inmejorable visión de juego, lo convirtieron en el futbolista que mejor supo hacer de su deporte un ritual estético. «El fútbol, más que un juego, es un trabajo de artistas», sentenciaba constantemente.

Su prudencia en el manejo del balón contrastaba con la rebeldía de su cabeza. A mediados de la década del sesenta y hasta 1985, Brasil vivió bajo el régimen dictatorial. Sin embargo, desde inicios de la década de los 80, la dictadura empezó a dar señales de su periodo terminal. En 1982, forzados por el clamor popular, los representantes de la autarquía convocaron elecciones para designar al nuevo Gobernador del Estado de Sao Paulo. Fue entonces cuando Sport Club Corinthians, liderado por Sócrates, inició un movimiento contestatario que empezaría por revolucionar las practicas deportivas al interior del equipo, para luego trasladarse a todo el escenario social de aquel Brasil convulsionado. De ese gesto nació lo que se conoce como «La democracia corinthiana».

Así, los jugadores lo votaban todo. Se reunían y, democráticamente, por mayoría, elegían el método de trabajo, los sistemas de juego, los horarios de entrenamiento y la repartición del dinero. Durante esos años el Corinthians convocó las mayores multitudes en los estadios de Brasil, además de ganar consecutivamente el Campeonato Paulista durante dos años, ofreciendo el más hermoso y vistoso fútbol de todos.

De este modo, valiéndose de su popularidad, los jugadores decidieron proyectar el mensaje democrático hacia la sociedad brasileña. «Cuando pisábamos el césped —declaró en una ocasión Sócrates— sabíamos que estábamos participando de algo más que de un simple partido de fútbol. Luchábamos por recobrar la libertad en nuestro país».

Como muestra de ello está la final del campeonato paulista de 1983. Sócrates convenció a sus compañeros de imprimir camisetas con el lema «Democracia corinthiana. Vote el día 15», escudados por una pancarta que decía «Ganar o perder, pero siempre con democracia»

De todos estos procesos Sócrates fue líder y vocero: «Jugué los mundiales del 82 y 86 en una maravillosa selección. Conocí el Calcio en la Fiorentina. Fui técnico. Sigo siendo médico. Escribo crónicas para un diario deportivo y poemas que ponemos en canciones con amigos músicos. Pero esa fue la época más exultante de mi vida. Dos años y medio de lucha que valen por 40 de felicidad», Con estas palabras Sócrates, quien falleció en 2011 a los 57 años, evocaba la utopía futbolística y revolucionaria de la que había sido emblema.

Como sucede con todos los ciclos, uno espera que se repitan. Que el símbolo, que otrora supo erigirse como faro de las gentes, se encarne en otro espejo. Mientras esperamos en vano nos damos cuenta que Sócrates ha muerto en todos los sentidos. Murió el futbolista, se fue el genio, desapareció la voz. En este espectáculo que es el mundo, todos asistimos por igual a la infortunada paradoja de la vida que consiste en ver morir una especie al mismo tiempo que otra nace: mientras languidece moribundo, el ídolo, nace, violenta y cruda, la celebridad.

El ídolo es símbolo per se. La celebridad es una imagen, y las imágenes cambian sin el menor remordimiento conforme los tiempos se suceden uno tras otro. El símbolo encarna el espíritu de una época, la celebridad vive sin saber acaso qué es el espíritu. El símbolo es paradójico, la celebridad es plana, previsible. El símbolo no quiere que lo encuentren, la celebridad no se permite salir del reflector. Pero será la voz, ante cualquier otro rasgo, lo que mejor distinga al uno de la otra. El primero es un discurso, una voz indiferente al poder, un Juan el bautista que espeta verdades a merced de que le corten la cabeza. La segunda solo posa.

El símbolo es Puerto Rico. Residente, Capó, Daddy Yankee, Bad Bunny, Nicky Jam, Ricky Martin, Olga Tañón, entre otros, emplearon con sensatez su poder de convocatoria para darle fuerza al movimiento social en la isla. La indignación de los boricuas se ha hecho sentir en las calles, gente de todos los sectores estableciendo un precedente, actuando como se debe frente a las atrocidades del gobernador Ricardo Roselló, el hombre que, desde su casa, entre otras infamias, negaba la inminencia de la crisis mientras el país se hundía en el caos después de la tragedia causada por el huracán María.

La presión dio sus frutos, Roselló renunció al cargo y ganó el símbolo. Una victoria que debe ser celebrada como lo que es: la jugada de Sócrates. Los boricuas se ponen de pie y aplauden, el estadio se quiere caer. Desde Colombia solo vemos, nada más. Vemos mientras sufrimos. Aquí solo hay celebridades que promocionan marcas y producen videos chistosos. Nuestros artistas están de gira y los futbolistas en la playa. Para nosotros Sócrates no juega, para nosotros él ha muerto en todos los sentidos.

Camille Paglia: «Sin el hombre, la mujer nunca hubiera salido de la cueva»

En Formas Circulares, revimos esta entrevista que Camille Paglia le dio hace un año al periódico El Mundo de España: “No existe el heteropatriarcado. Es una estupidez que descalifica cualquier análisis. En Occidente, las mujeres no viven en ningún patriarcado”.

Algunos presentan a Camille Paglia (Nueva York, 1947) como la feminista a la que odian las feministas. Natural. La escritora y profesora de Humanidades de la Universidad de las Artes de Filadelfia huye de lo políticamente correcto. «Creo en las mujeres fuertes que se protegen solas, no en las que corren a refugiarse en un comité», afirma en esta entrevista exclusiva.

Atea, lesbiana y siempre libertaria, admiradora de Almodóvar y crítica con el ultrafeminismo de series como Girls -llamó a su creadora «neurótica»-, ahora publica Feminismo pasado y presente (Ed. Turner). A su juicio, el famoso patriarcado que, según el feminismo, es responsable de todos los males de este mundo, no existe. Y a partir de ahí…

Mucho se habla de la brecha salarial, de…

Mire, yo soy una feminista igualitaria. Eso es que exijo un trato equitativo para hombres y mujeres en todos los ámbitos. Y si una mujer hace el mismo trabajo que un hombre, le tienen que pagar lo mismo. Sin embargo, ahora las feministas se apoyan en no sé cuántas estadísticas para afirmar que las mujeres en general ganan menos que los hombres. Pero esos gráficos son fácilmente rebatibles. Las mujeres suelen elegir trabajos más flexibles (y, por lo tanto, peor pagados) para poder dedicarse a sus familias. También prefieren los trabajos que son limpios, ordenados, seguros. Los que son sucios y peligrosos se los suelen endosar a los hombres, que también suelen estar más presentes en áreas más comerciales. Tienen una vida mucho más desordenada pero eso, por supuesto, se remunera.

En España la brecha empieza con el nacimiento del primer hijo.

Lo que es evidente es que las mujeres tienen también derecho a elegir diferentes caminos. Y a lo mejor para muchas mujeres el trabajo no es tan importante.

Para otras mujeres sí que lo es.

Pero hay otras muchas que prefieren un trabajo más flexible para pasar más tiempo con sus hijos y no dejarlos al cuidado de extraños. El problema del feminismo es que no representa a un amplísimo sector de las mujeres. Por eso se ha centrado en la ideología y en la retórica antimasculina en lugar de hacerlo en el análisis objetivo de los datos, de la psicología humana y el significado de la vida. No creo que la carrera laboral deba ser lo más importante de la vida de una persona. Si permites que tu trabajo defina tu personalidad, es que eres un enfermo. La vida humana está dividida en la vida privada y en la pública. Y es muy importante desarrollar la vida familiar, afectiva… Centrarse sólo en la vida pública puede ser propio de personalidades distorsionadas. Por eso las nuevas generaciones en EEUU se atiborran de antidepresivos. Identifican la vida con el trabajo y eso sólo te puede hacer sentir miserable.

Las élites feministas…

En los años 60 el feminismo de izquierdas trataba de atraer a las mujeres trabajadoras y adoptaba las maneras y el lenguaje de la clase trabajadora. En los 70 se empezó a imponer una corriente que se centraba en las burguesas de profesiones liberales, principalmente profesores, periodistas… Ese tipo de feminista que cree saber qué es lo mejor para las mujeres. Pero lo cierto es que sólo están centradas en hacer carrera y no se dan cuenta de lo distintas que son sus vidas de las mujeres de clases trabajadoras que pretenden representar. Hay una actitud muy elitista en el feminismo. Y las periodistas y las que se llaman intelectuales tienen mucha culpa.

Usted defiende que el feminismo también debería incluir la visión de las conservadoras.

Sí. El debate sobre el aborto es un claro ejemplo. Yo estoy 100% a favor de la libre elección de las madres y de todo eso de que mi cuerpo es mío porque ni el Estado ni la Iglesia pueden decir a ninguna mujer lo que tiene que hacer. Sin embargo, respeto los movimientos antiabortistas y me parece atroz que el feminismo los excluya de sus manifestaciones y sus marchas. Es ridículo. Y además, fue nefasto que la segunda ola del feminismo tuviera una visión tan negativa de las mujeres que se quedaban en casa para cuidar a sus hijos. Se las miraba como a unas ciudadanas de segunda y ellas, claro, rechazaron el feminismo.

En uno de sus ensayos usted critica que el feminismo haya prescindido de Freud en favor de autores como Derrida y Foucault.

Tampoco se trata de mitificarlo, pero el desprecio a Freud es un desastre para el feminismo porque es incapaz de entender o analizar las relaciones sexuales. Sin Freud no se explica lo que pasa entre hombres, mujeres, hermanos… Y por eso el feminismo es incapaz de construir una teoría del sexo. La realidad es que la única aportación de este feminismo es un análisis desde el punto de vista político. ¡Una locura! El sexo no se puede explicar con política. Lo que pasa es que estas burguesas, las feministas, lo que buscan es una forma de religión. Quieren un dogma y eso es lo que han encontrado en las identidades. Y si la gente contempla la política como si fuera su salvación, su dogma, pues acabas de crear el infierno. ¡Otro!

Es evidente que las mujeres deben ser protegidas. ¿No?

En mi generación pedíamos a las autoridades que no se metieran en nuestras vidas privadas. Cuando llegué a la Universidad en 1964, los dormitorios de las chicas se cerraban a las 11 de la noche. Sin embargo, los hombres no tenían toque de queda y podían pasarse toda la noche por ahí. Pensábamos que era una vergüenza pero en la universidad nos respondían que eso no podía ser porque el mundo era peligroso. Y nos quejamos al rector: «Denos libertad aunque eso acarree el riesgo de que nos violen». Y lo logramos porque aceptamos los peligros. El problema es que a nosotros nos educaron personas que habían ido a la Segunda Guerra Mundial y vivido la Gran Depresión. Nuestros padres entendían lo que era la realidad y nos advertían de los riesgos. Por lo que, aunque estábamos muy protegidos, nos habían explicado los peligros del mundo y habíamos desarrollado una personalidad que nos permitía afrontar las contrapartidas de la libertad. Hoy, dos generaciones después, la gente joven, de clase media, es blanda e incapaz de sobrevivir. Viven en un entorno protegido, educados para no ser ofendidos. No se les enseña la sucesión de horrores que ha sido la Historia. Sólo se les habla de esta basura identitaria y victimista.

¿Infantiles?

La cosa es que las chicas creen que se pueden vestir como Madonna (en los 80) para ir por una calle oscura en mitad de la noche y que no les va a pasar nada. Y tienen perfecto derecho a creerlo, pero yo les advierto que si lo hacen tienen que estar preparadas para todos los peligros a los que puedan enfrentarse. Entre ellos, los que representan unos pocos hombres que no sólo son abusivos sino psicóticos. Pero a los chicos de hoy en día les han enseñado que todo el mundo es bueno y que la única forma en la que te conviertes en malo es mediante la injusticia social.

Habla de psicópatas pero el movimiento Me too…

La revolución sexual que liberó a mi generación y que fue fabulosa no está afectando de idéntica forma a las nuevas generaciones. Está forzando a las niñas a tener relaciones mucho antes de lo que ellas quieren y creo que eso también está alterando la relaciones entre sexos. De esta forma, las mujeres están perdiendo dignidad y estatus. Para los hombres es fantástico porque tienen un acceso al sexo inimaginable. ¡Y no quiero pensar en todas esas citas que se hacen ahora por teléfono! El sexo se ha hecho demasiado banal… Creo que hace falta una reasignación de la sociedad contemporánea para que hombres y mujeres vuelvan a valorar los códigos del cortejo. Los hombres y las mujeres ven el sexo de manera diferente. Y éste es otro error del feminismo. Ha abandonado la biología y dice que no hay diferencias entre sexos.

Es que…

Es de locos. Si se crean estudios de género, qué menos que incluir el estudio de la biología, esencial incluso cuando, como sostienen algunos, se trata de una mera construcción social. Por eso yo digo que los estudios de género son mera propaganda y no son una disciplina académica. No hay diferencia entre este discurso y la propaganda fascista durante la II Guerra Mundial. Es mentira que el género sea totalmente una construcción social porque, como expliqué en ‘Sexual Personae’, se trata más bien de una intersección entre la cultura y la naturaleza.

Usted sostiene que hay una crisis de masculinidad.

Ahora hay una crisis de roles de género y un debate centrado únicamente en las necesidades de las mujeres. Mientras, a los hombres se los retrata como violadores, criminales y todo lo masculino se desprestigia. Hasta llegan a decir que los hombres son mujeres incompletas. ¡El feminismo ha conseguido envenenar la atmósfera cultural con su aversión a lo masculino! Claro, los muchachos ven esto como algo terrible y yo lo siento mucho por ellos. Atravesamos un periodo de caos. Es cierto que tenemos muchos privilegios, lujos… pero la gente es miserable.

¿Por qué?

En realidad durante muchos milenios hombres y mujeres tuvieron poco contacto. Ellos se iban de caza (o lo que fuera) y ellas se quedaban en casa haciendo lo que tuvieran que hacer. Hoy, hombres y mujeres trabajan juntos, pero las mujeres dicen que los hombres las discriminan y las acosan. El feminismo debería abstenerse de seguir con esa retórica tan antihombre porque no está ayudando a que sus niños se conviertan en adultos. La culpa de los males de las feministas no la tienen los hombres, sino este sistema profesional en el que vivimos.

Despotrica pero usted es muy feliz enfocada en su carrera.

De pequeña me quería parecer a Amelia Earhart, a Katharine Hepburn… Pero el caso es que no me identifico únicamente con mi papel profesional o público. La vida real es también la familia, los amigos… Las carreras también se han convertido en una identidad para muchas. Sin embargo, las mujeres obreras no le dan tanta importancia al trabajo, es algo que hacen para ganar dinero. Y tienen su verdadera vida en casa, durante las vacaciones. Entonces se olvidan del trabajo. Las clases medias y altas, la burguesía, sin embargo, piensan constantemente en el trabajo y eso no es saludable.

El feminismo sostiene que se ha ocultado la historia de las mujeres.

En mi libro ‘Sexual personae’ escribí que si la civilización hubiera quedado en manos de las mujeres seguiríamos viviendo en la cueva. La gente no lo entendió bien. Lo que yo quería decir es que las grandes estructuras fueron producto de los hombres. Y luego hubo mujeres que crearon a partir de esas estructuras. Y las mejoraron.

Me refiero a las mujeres olvidadas del Arte, de la Literatura.

Y cuando investigas te das cuenta de que son artistas de segunda fila a las que se les prestó poca atención. Ahora se habla mucho de Artemisia Gentileschi pero, bueno, es una figura menor. Los hombres han sido los que han roto los estilos y los que han creado la Historia del Arte. No tengo duda. Los grandes proyectos de irrigación de Mesopotamia, las pirámides de Egipto fueron idea de los hombres. ¿Por qué? Porque los hombres son capaces de matarse a sí mismos y a otros para llevar a cabo sus proyectos. O sus experimentos. Siempre tratan de ir más allá del conformismo, de la cueva en la que estaban las mujeres. En parte, quizás, para escapar de las cuevas porque en las cuevas mandaban las mujeres.

¿Entonces?

Que es muy desagradable no reconocer los logros de los hombres porque las estructuras que han creado es lo que ha permitido a las mujeres escapar de la opresión de la propia naturaleza y tener sus propias carreras, identidades, logros… Así que ha llegado el momento de dejar de vilipendiar y minusvalorar a los hombres.

¿Y el heteropatriarcado?

No existe. Es una estupidez que descalifica cualquier análisis. En Occidente, las mujeres no viven en ningún patriarcado.

El hombre no es más que un fingidor

Porque nada cambia el hecho de que el hombre auténtico es el primero que delira, y a ciegas como va, busca la primera forma donde pueda hallar reposo.

La mano de la fotografía aprieta y ocasiona un dolor que en su naturaleza es tan extraño a quién lo padece porque, entre otras cosas, casi todas las formas del grito están más cercanas al padecimiento de la mujer que al del hombre. Como Aquiles, algo de lo que somos se quedó por fuera del bautismo. La inmersión de nuestra hombría parece haber estado marcada por una mano que, en lugar del talón, nos sostuvo por los genitales. El hombre es, en el fondo, un ser que exhibe su machismo con el mismo instrumento que desvela su fragilidad.

Entre hombres, las riñas se resuelven con golpes en la cara, nunca en las pelotas. Un hombre prefiere un rostro desfigurado antes que un miembro magullado. Parece haber un acuerdo tácito sobre el cual se infiere que, quien propine literal bajeza, será visto como un supremo cobarde, aunque deje al rival tendido e indefenso, revolcándose en el suelo. Entre hombres es prohibido pisarse las mangueras.

El pene siempre ha tenido dotes de actor consumado. Se yergue, impetuoso, con más dificultad de lo que se duerme. Su estado de indefensión permanente es usado para denotar un brío del cual solo es consciente cuando está erecto, el resto del tiempo es solo una nariz que pende, diminuta, a la espera de una nueva mentira que lo engrandezca.

Habría que replantear, si el asunto es de coherencia, nuestra forma alternativa de ser machos, porque el genital como estereotipo no puede con tanta carga. Toda una historia lo avala: al hombre lo postra el desuso. La guerra, por ejemplo, ha ofrecido cada vez que puede nuevos paradigmas de bravura, pero al ser tan efectiva ha acabado con los hombres. Y muerto el perro…

El fútbol (para no alejarnos de la imagen) tampoco ayuda mucho. Jornada tras jornada, las agitaciones de la cancha y de la grada terminan por convertirse en un cuadro de salvajismo testicular. Sea para provocar o para responder, nada es más elocuente que un apretón de bolas, o la soledad de un dedo que se ofrece. Es difícil encontrar en el funcionamiento mecánico de nuestro cuerpo una conexión más natural que la de las manos de un hombre con sus genitales.

Al final, parece que no queda más que resignarnos con lo único cierto: somos la cuota inicial de la procreación y los mayormente responsables del crecimiento demográfico. Porque nada cambia el hecho de que el hombre auténtico es el primero que delira, y a ciegas como va, busca la primera forma donde pueda hallar reposo. La mujer, queriendo que así sea, seguirá fingiendo que no lo necesita, solo para que la farsa dure más tiempo. Ellas, siempre más adelantadas, ya han descubierto que la nariz de pinocho crece solo con mentiras. Ellas ya saben que la vida empieza, paradójicamente, con la resurrección de un muerto.

El Día del Hombre o por qué no hay nada que celebrar hoy

Las cifras dan cuenta de que, ante el mayor derecho de la humanidad que es la vida, la relación entre hombres y mujeres es enormemente asimétrica.

Los datos

Hoy se celebra, en muchas partes del mundo, el Día del Hombre. Que esta fecha sirva para demostrar con datos reales que la diferencia entre hombres y mujeres no es tal cuando se revisan los principales problemas que aquejan a las sociedades modernas. Lo que hemos intentado es buscar los datos más relevantes y actuales sobre muertes violentas, accidentes de tránsito y muerte en el trabajo.

Las cifras dan cuenta de que, ante el mayor derecho de la humanidad que es la vida, la relación entre hombres y mujeres es enormemente asimétrica. Curiosamente, donde la brecha más se cierra es en el ámbito de ocupación. Así, por ejemplo, en Colombia, el 50,1 % de los hombres tiene trabajo, mientras que el 49,8 % de las mujeres tiene alguna ocupación. Cabe aclarar que en ambos casos estas ocupaciones están debidamente remuneradas. Sin más, veamos algunos datos:

Si nos centramos en las muertes violentas en Colombia, podemos ver que, durante el año 2018, murieron en Colombia más de 9000 personas. De ellas, 8.575 fueron hombres y 804 mujeres. Porcentualmente, podemos decir que el 91 % de los muertos eran hombres. La mayoría de estos tenía entre 14 y 26 años. La cifra es preocupante toda vez que en Colombia el último censo arrojó que la población colombiana estaba conformada mayormente por mujeres.

En cuanto a accidentes de tránsito, las estadísticas más recientes muestran que en Colombia por cada mujer que muere en un siniestro lo hacen 4,3 hombres. Esto quiere decir, porcentualmente, que el 81, 46 por ciento de los muertos en accidentes de tránsito corresponden a hombres y el 18, 54 % a mujeres. ¿Y entonces quiénes son los que no saben conducir?

Otro ámbito para tener en cuenta es el laboral. Las cifras últimas sobre accidentes laborales arrojan que el 92 % de estos son sufridos por hombres y el 8 % restante a mujeres. Y esto es evidente toda vez que, en Colombia, la mayoría de trabajos pesados son realizados por hombres.

La conclusión:

Si en Colombia están muriendo más hombres que mujeres y el último censo reveló que el 51,4 % de la población está conformada por mujeres… cuídense, caballeros, mientras conducen, trabajan y delinquen, que mujeres hay de sobra.

La narrativa intrascendente de Juan Gabriel Vásquez

El origen de todas mis decepciones está en que la narrativa de Juan Gabriel Vásquez la encuentro sosa e ingenuamente predecible.

Algunos medios nacionales, henchidos de orgullo, daban la noticia de que el escritor Bogotano, Juan Gabriel Vásquez, había sido nominado al premio británico The Man Booker Internacional. Si bien el veredicto final se conocerá el próximo 21 de mayo, la prensa se mostraba entusiasta. Emoción por sentirse representados en el ámbito literario, emoción porque un colombiano da pasos de gigante en el mundo de las letras, emoción –pero sólo esa emoción nacionalista– de sentir que el resto del mundo mira por un instante este país. Pero más que amor de patria, a mí la noticia sólo me ha causado decepción.

La primera decepción, como dije, fue con los medios; que más allá de dar la noticia, se apoderan de las emociones del pueblo. Que nunca han mostrado ningún interés por presentar con ojo crítico la labor del escritor, y sólo aparecen para festejar, con él, sus pequeños triunfos. Decepcionado también con los certámenes, concursos o premios literarios que, cada vez menos, entienden de literatura; pero que siempre se muestran (los medios ayudan a eso) como las ventanas para mostrar lo que se debe considerar como literatura de calidad. El vuelo de una obra no se debe medir por ninguna de estas estrategias de la industria editorial; la decisión de sentirse orgulloso o decepcionado, debe tenerla el buen lector en su soledad con el libro.

Precisamente, el origen de todas mis decepciones está en que la narrativa de Juan Vásquez la encuentro sosa e ingenuamente predecible. Es un literato de una extraña condición. Por lo general, el escritor sin talento no suele tener ideas claras, coherentes y mucho menos interesantes sobre las consideraciones de lo literario ni de su influencia en otros ámbitos como la Historia, la cultura o el arte en general. Un intelectual que maneje bien estas ideas, tiene una alta consciencia y una rigurosa valoración de las obras y, sobre todo, de su propia obra. Lo extraño en Vásquez es que, a pesar de manejar con claridad la concepción de lo literario, a pesar de mostrar erudición sobre el tema, no tiene idea de lo que es hacer prosa de calidad.

En su libro de ensayos, «Viajes con un mapa en blanco», Vásquez logra unas reflexiones interesantes a través de un lenguaje que no pierde en profundidad, a pesar de ser sencillo y entretenido. Las reflexiones giran en torno al arte de novelar. Y según entiende el escritor, la novela es la única capaz de concentrar, más que cualquier otro género, las veleidades del espíritu humano. Esta idea le da relevancia a la construcción de los personajes en las novelas. Los diferentes personajes que se han creado al través de la historia de la literatura en las novelas, han dado cuenta de la evolución espiritual de los hombres, de las condiciones ontológicas de la raza humana.

Esta maravillosa idea, repito, le da valor a la construcción de los personajes. Pero al echarle un vistazo a las novelas de Juan Gabriel Vásquez, resultan estar llenas de personajillos sin alma y sin carne. Unos fofos personajes de papel que sólo llegan a representar antiguas y aburridas moralidades. Su amor por el Realismo y la perspectiva crítica de este, en su obra se vuelve una nostalgia por los hechos violentos de la historia colombiana. Una nostalgia que nunca es el recuerdo sentido y furibundo de una generación, sino el lloriqueo de un personaje sin fuerza. La realidad en su obra es el recuerdo de un personaje intrascendente y condenado al olvido.

Sus novelas casi nunca tienen intensidad. Escribe con la nostalgia de uno de esos extintos poetas mártires, buscando reflejar con la soledad y el dolor, su sensibilidad por la violencia. Pero estos sentimientos nunca afloran. La temática de la soledad, en sus novelas, se confunde con el aburrido vacío. Con la carencia de un momento discordante en la trama o con la monótona tristeza. Y nunca logra hacerle contrapeso a esta sensación con técnica, con manejo del lenguaje. La sensación de aburrido sentimentalismo, combinado con la falta de ritmo, de intensidad narrativa, hace que sus novelas siempre pierdan fuerza e interés.

Mockus, el símbolo

Mockus ya no es el pedagogo obstinado que enseñaba con parábolas y analogía. Mockus es ahora un símbolo.

A Mockus, la enfermedad lo ha devastado desde aquel año 2010 en que, en plena campaña presidencial, confesó que tenía Parkinson. Anoche, no hay que negarlo, fue doloroso verlo en ese vaivén constante que produce una enfermedad tan cruel. Ya sabíamos de su dificultad para hilvanar un argumento, ya sabíamos que, como hombre de acción, estaba cada vez más limitado. Pero anoche lució indefenso detrás de Juanita Goebertus, quien defendía, con absoluta coherencia y entereza, al país que añora la paz de los amigos de la guerra. Porque sus palabras no solo buscaban defender a una institución en ciernes, llamada JEP, sino defender el futuro de millones de colombianos que no han visto cesar la horrible noche.  

Mockus ya no es el académico lúcido que un día quiso educarnos desde la política, al tiempo que pretendía educar también a una hostil y corrupta clase política. Mockus ya no es el pedagogo obstinado que enseñaba con parábolas y analogía. Mockus es ahora un símbolo.

La enfermedad no la ha matado, el Parkinson no lo ha aislado. Por el contrario, ahora su vida —a pesar del menoscabo de su cuerpo— persiste en seguir enseñándonos ya sin los ejemplos, ya sin las parábolas del pasado. Mockus ya no habla como antes. Tampoco es necesario que lo haga. Ahora su cuerpo es el ejemplo y la parábola materializados. Ayer Mockus no dijo una sola palabra, pero su cuerpo todo nos dejó una bella lección: Mockus está jugando sus últimos días de vida por defender la Paz de cuarenta y seis millones de colombianos.

Elogio de la mandarina

El autor comparte un texto de la serie, en construcción, Elogios y diatribas. En esta ocasión, habla sobre la mandarina, la fruta más ignorada de la familia de los cítricos. La mandarina es una fruta descastada, sin mitos en nuestra cultura occidental.

Permítaseme hablar de la mandarina. Para no confundir al lector, evitaré utilizar metáforas o símiles extraños. A lo sumo diré que la mandarina es una luna eclipsada y que su concha tiene la tersura de la lona. O diré también que su jugo tiene la pureza de la sangre de un dragón. Nada más.

La mandarina es un fruto secundario, marginado. A pesar de que nos recuerda la grandeza de las dinastías y la lengua chinas —de allá proviene—, la mandarina es insignificante, de las orillas. No hay, que yo sepa, un mito que hable de ella, como bien lo tiene la manzana de la discordia, el corazón de mango del Sinú, el maíz mítico de los indígenas o las uvas fabulescas. No, la mandarina ha estado allí siempre, aunque sin saberse estar.

Prima del limón, de la naranja y de la toronja, la mandarina no sufre de la acidez del primero, mucho menos nos impone la dificultad para encontrar el centro de la segunda ni esconde el veneno acerbo de la última. La mandarina es néctar puro y milenario. Cada capullo es una eternidad efímera de ácida dulzura que, expedita, se entrega a las yemas de los dedos que desechan su túnica naranja.

Que se escriba, pues, el mito de la mandarina. Que hable de dos amantes furtivos que encuentran en su jugo la coincidencia de la vida. Escribamos cada uno de nosotros, cuando nos entreguemos a la vertiginosidad de desnudarla, una historia particularmente mítica que hable de un fruto venido de oriente a amainar el paladar rugoso de los cuerpos.

Febrero es un amago

En esta segunda viñeta de los meses del año, el autor, en una tenue prosa poética, nos habla de las promesas incumplidas, de las cometas que se elevan y de las lluvias que se asoman. Febrero es eso precisamente: una advertencia del invierno y de la vida.

En febrero, las nubes reaparecen tímidamente y amenazan con desplomarse contra el suelo. Pero no lo hacen: le temen al polvo que, por este tiempo, ya ha penetrado hasta en el último resquicio de mi biblioteca. Febrero es un amago. En sus días, se anuncian las lluvias que no caen y se esfuman las ilusiones y las promesas de amores juramentados en el fragor de la fiesta. La vida transcurre evanescente como haciéndonos creer que el mundo está en marcha. Pero es mentira, porque, a pesar de que nos levantamos temprano, lo hacemos con la fuerza de las vísceras y no con la voluntad del corazón.

Enero es inclemente y febrero es esperanzador. Al brillo abrasador del primero, le sigue el sopor matinal del segundo. Hasta que llega la tarde. La calma hipnótica de todo el día sucumbe ante las brisas vespertinas. En febrero, como en ningún otro mes, llegan las brisas. Entonces, una artesanal cometa bailotea por los cielos como llevada por los dioses a cumplir una misión cósmica.

Crecer es perder, y febrero se empeña en hacérnoslo saber. Hace mucho perdimos la paciencia tierna que se necesita para armar una cometa con dos varitas y un trozo de seda. Por eso, este año, otra vez incumpliremos la promesa de armar una para mandarles telegramas a las nubes. En febrero, la calma profunda de la cometa que, sedosa, juega en el viento se parece al vuelo de la abeja que fecunda las flores veraneras. Ya brotarán los mangos y las guayabas y los mamoncillos. Mientras tanto, una madre y un padre enamorados ven crecer un vientre feliz.

Febrero es fugaz y delicado como las flores del cañaguate que alfombran la senda de los hombres del campo. Febrero es un amago, un asomo de lo posible. Ya pronto vienen las lluvias. Entonces, otra vez seremos felices en el verde de mil tonalidades, en el gris de un cielo encapotado.

Los ocho atributos de la gente culta, según Antón Chéjov

Verás, la vida tiene sus exigencias. Para sentirse cómodo entre gente educada, para estar como en casa y a gusto entre ellos, uno debe ser culto en cierta medida.

Antón Chéjov, 26 años, corrige a su hermano mayor Nikolay – quien ya empezaba a gozar de cierto prestigio debido a su talento como pintor – a causa de una aparente falta de cultura. Con un tacto y una estética excepcional, Chéjov invita a su hermano a ser lo que para él debe ser un hombre culto, enseñándole,  fraterno y radical, cómo sobreponerse a las contrariedades que complicaban su adaptación al ambiente cultural ruso de la época.

Una carta que muestra una vez más la versatilidad de la prosa de Chéjov y, claramente, al alto sentido humanista que se había formado como hombre y escritor.

Aquí la carta:

“Moscú, 1886.

¡A menudo te has quejado conmigo de que la gente “no te entiende”! Goethe y Newton no se quejaron de eso… Solo Cristo lo hizo, pero Él se refería a su doctrina y no a sí mismo… La gente te entiende perfectamente bien. Y si tú no te entiendes a ti mismo, no es culpa suya.

Te aseguro, como hermano y como amigo, que te entiendo y estimo con todo mi corazón. Conozco tus cualidades como a mis cinco dedos; las valoro y respeto profundamente. Si quieres, para comprobar que te entiendo, puedo enumerarlas. Creo que eres amable hasta el punto de la suavidad, magnánimo, desinteresado, dispuesto a compartir hasta tu último centavo; no sientes envidia ni odio; eres candoroso, sientes lástima por hombres y bestias; eres confiado, no eres malicioso ni taimado, y olvidas el mal que te han hecho…

Tienes un regalo de los cielos del que pocos gozan: talento. Esto te sitúa por encima de millones de hombres, pues en la tierra solo uno entre dos millones es un artista. Tu talento te distingue: si fueras un sapo o una tarántula, aun entonces las personas te respetarían, pues al talento todas las cosas le son perdonadas.

Solo tienes un defecto, y la falsedad de tu posición, tu infelicidad y la irritación de tus entrañas son todas debidas a él. Es tu pronunciada falta de cultura. Perdóname, por favor, pero veritas magis amicitiae… Verás, la vida tiene sus exigencias. Para sentirse cómodo entre gente educada, para estar como en casa y a gusto entre ellos, uno debe ser culto en cierta medida. El talento te ha llevado a ese entorno, ahí perteneces, pero… te apartan de él, y te meces vis-à-vis entre la gente culta y los meros inquilinos.

Las personas cultas, en mi opinión, satisfacen las siguientes condiciones:

1. Respetan la personalidad humana y, por lo tanto, son siempre benévolas, amables, corteses y dispuestas a entregarse a otros. No hacen un alboroto por un martillo o por un pedazo de caucho perdido; si viven con alguien no creen estar haciéndole un favor, y al marcharse no dicen: “Nadie podría vivir con usted”. Perdonan el ruido, la carne fría y seca, y la presencia de extraños en su casa.

2. Sienten compasión, no solo por gatos y mendigos. Su corazón sufre por lo que el ojo no ve… De noche, se desvelan para ayudar a P…, para pagar la universidad de sus hermanos, para comprarle ropa a su madre.

3. Respetan la propiedad ajena y, por lo tanto, pagan sus deudas.

4. Son sinceras y le temen a mentir tanto como al fuego. Ni siquiera dicen mentiras blancas; una mentira es un insulto para quien la oye, lo degrada frente a quien la dice. No posan, se comportan en la calle como lo hacen en casa, no hacen alardes ante sus camaradas más humildes. No son dadas a farfullar incoherencias ni a forzar a otros a escuchar confidencias indeseadas. Por respeto a los oídos de los demás, permanecen más tiempo en silencio que hablando.

5. No se menosprecian a sí mismas para despertar compasión. No tocan las cuerdas de los corazones ajenos para hacerlos suspirar y aprovecharse de ellos. No dicen “soy un incomprendido,” o “me han pasado a segunda fila”, porque esto es esforzarse por alcanzar efectos mezquinos, y es vulgar, rancio, falso…

6. No son vanidosas. No apetecen diamantes tan falsos como conocer celebridades, estrechar manos con el ebrio de P., escuchar los arrebatos de un espectador extraviado en una exposición de pintura, ser reconocidos en las tabernas… Si hacen un centavo no se pavonean como si hubieran ganado cien rublos, y no presumen por tener la entrada donde otros no son admitidos… Los verdaderamente talentosos permanecen ocultos entre la multitud, tan lejos como sea posible de la publicidad… Hasta Krylov dijo que un barril vacío retumba más fuerte que uno lleno.

7. Si tienen talento lo respetan. Por él sacrifican descanso, mujeres, vino, vanidades… Son personas orgullosas de su talento… Además, tienen escrúpulos.

8. Desarrollan la sensibilidad estética en sí mismas. No pueden dormir en traje, ver grietas llenas de insectos en las paredes, respirar aire viciado, caminar sobre un piso en el que alguien ha escupido, cocinar en una estufa de parafina. Buscan, tanto como sea posible, contener y ennoblecer sus instintos sexuales… Lo que quieren de una mujer no es una compañera de cama… No pretenden en ellas el ingenio que se manifiesta en la costumbre de mentir.

Buscan, sobre todo si son artistas, frescura, elegancia, humanidad, la capacidad para ser madre… No se atiborran de vodka día y noche, no se ponen a olisquear la despensa, pues no son cerdos y lo saben. Beben solo cuando están libres, en ocasiones… Pues quieren mens sana in corpore sano.

Y así sucesivamente. Así es la gente culta. Para ser culto y no ser inferior al nivel de tu entorno no basta con haber leído Los papeles póstumos del Club Pickwick y aprenderse un monólogo de Fausto.

Lo que se necesita es trabajo constante, día y noche, lectura constante, estudio, voluntad… Para ello, cada hora es preciosa. Ven a nosotros, rompe la botella de vodka, échate a leer… Turgueniev, si quieres, a quien no has leído.

Debes dejar tu vanidad, no eres un niño… pronto tendrás treinta años. ¡Es hora!

Te espero… Todos te esperamos.”

En enero, llegan los Reyes

En esta primera viñeta de los meses del año, el autor, entre murmullos y recuerdos, nos dice que en enero los hombres esperan a los Reyes, aunque ya sin el fervor de diciembre, y las cabañuelas nos permiten ilusionarnos con el futuro.

Enero es un pedazo de sol ardiente en lo alto del cielo o un bloque de hielo duro e infranqueable en medio de la avenida. Enero es también el pronóstico fallido del abuelo que mira, día tras día, las cabañuelas sin saber que enero se pronostica a sí mismo desde el primer día. En enero, los hombres caminan como zombis y las calles suelen estar arrasadas por la bomba que cayó, estruendosa, la noche anterior.

En enero, llegan los Santos Reyes y solo encuentran la pobreza de los que recuerdan la noche pasada. Lo mágico ya pasó. El nacimiento es ya un recuerdo entre los hombres que, pasada la fiesta, solo añoran con ver al Salvador entre clavos y maderos. Por eso, los Reyes son esperados sin fervor porque aquí sabemos que ningún regalo suyo es suficiente para alegrarle el corazón a un hombre que otra vez debe iniciar su vida, sus gastos y sus dolores.

Diciembre es un mes de trastornos felices y enero un mes de lúgubres trastornos. En enero, no se vive la vida, sino que se matan los días. Uno tras otro, pasan lentamente los días como si quisieran adherirse a nuestra piel y no soltarnos jamás. Enero es un mes duro como el sol que arropa los campos meridionales o como el bloque de hielo del norte. Enero, que es un mes de inicio, parece más propicio para la muerte que para la vida. Sin embargo, he allí su dulce misterio: enero nos obliga a vivir de nuevo, así no queramos. Así nos cueste.

Emmanuel Macron, el presidente de los más ricos

François Hollande, quien fue mentor político de Macron, se refiere a él en los siguientes términos, «Macron no es el presidente de los ricos, sino de los muy ricos».
Fotografía tomada de www.metro.pr/pr/bbc-mundo

El 7 de mayo de 2017 el mundo puso sus ojos sobre las elecciones presidenciales en Francia. Un joven, que se auto denominaba de centro, prometía a los votantes unir lo mejor de la derecha y de la izquierda, reducir las brechas de desigualdad, trabajar para el pueblo. El joven banquero tenía un atractivo que seducía a la clase media y media alta francesa: parecía libre de las ataduras de los partidos políticos tradicionales. Impulsado por un movimiento nuevo, el movimiento En Marcha, el joven banquero llamaba la atención del mundo. El 7 de mayo de 2017, Emmanuel Macron se erigió presidente de Francia.

El día posterior al triunfo de Macron los diarios más importantes del mundo titulaban: ganó el joven sin partido político. Macron era visto como un fenómeno político que solo la democracia puede dar. Sin embargo, el romance entre franceses y su nuevo mandatario dura muy poco. Rápidamente Emmanuel Macron se perfila como el presidente de los ricos, como quien, contrario a lo prometido en campaña, impulsará reformas que repercutan en el aumento de la desigualdad.

Según un sondeo realizado por el diario Le Monde, a propósito del primer año del gobierno Macron, un 48% de los franceses que ganan más de 6.000 euros al mes se declaran “apasionados” por Macron, mientras que el porcentaje en el conjunto de la población es sólo del 33%.

En esa misma línea, François Hollande, quien fue mentor político de Macron, se refiere a él en los siguientes términos, «Macron no es el presidente de los ricos, sino de los muy ricos». A los pocos meses de su llegada al poder impulsó una reforma laboral que se aprobó por decreto gubernamental en septiembre de 2017, por medio de la cual se redujo el coste de los despidos y flexibilizó de manera significativa el mercado laboral.

La reforma tuvo dos impactos directos sobre los asalariados: por un lado, facilita a las empresas despidos masivos con impactos económicos mínimos, cambiando también el tipo y la temporalidad de los contratos a favor del contratante.

Macron también fue generoso con las grandes rentas. En los primeros reportes de presupuesto del actual gobierno francés, las grandes rentas dejaron de aportar cinco mil millones de Euros a las arcas del estado, algo muy similar a la apuesta de Trump en los Estados Unidos.

Fotografía tomada de www.thestar.com

La reducción de impuestos a las grandes rentas se acompañó de la supresión de la exit-tax, el impuesto que tasaba el coste del traslado de las grandes fortunas a paraíso fiscales. La propuesta del gobierno Macron disminuye significativamente el impuesto a pagar por el traslado de grandes fortunas, mejorando el escenario para que se acojan a la figura de no residenciados, por lo que el país galo dejará de percibir una gruesa suma de dinero en impuestos.

La fuga consentida de capital impactó los recursos para programas sociales. Una de las grandes promesas de campaña de Macron iba dirigida a los desempleados. En plaza pública prometió que los independientes y quienes renunciaran a su empleo, tendrían derecho a las prestaciones de desempleo. Una vez en el poder el asunto pasó a un segundo plano. Un máximo de cincuenta mil franceses tendrá derechos a las prestaciones, mientras que independientes y quienes dimitan voluntariamente de su empleo quedaron por fuera del programa.

Macron, y su ahora partido político En Marcha, se alzaron con la mayoría en las elecciones parlamentarias, dándole amplio margen de gobernabilidad. Debido al triunfo de Macron, los partidos de izquierda y derecha quedaron maltrechos, con poca capacidad de convocatoria, por lo que su primer año de gobierno no tuvo oposición real, hasta la entrada en escena de los chalecos amarillos, entendidos como una reacción natural a un gobierno que trabaja para los más ricos.

Video tomado del canal de YouTube de La Vanguardia

Volver a la escuela, una historia circular

Volvemos a las escuelas y qué llevamos de nuevo. ¿Hay un interés real de los docentes de cambiar en algo esa relación con el estudiante que en este año empieza a renovarse?

Dos seres totalmente distintos vuelven a la escuela. Por un lado, el joven que —morral en la espalda— camina mientras cabecea una canción de Canserbero. Va un tanto tranquilo tal vez por el ritmo de la canción o por la ingenua fantasía sexual cumplida en la ducha. Es un jovencito más, feliz, ignorante, que vuelve a la escuela. Por otro lado, el profesor. Las deudas de dos bancos en su cabeza, el andar cansino, algún gesto de fastidio por el exceso de responsabilidades y la esperanza —siempre la esperanza— de aquella justicia divina que sabe darle buenos finales a los hombres, y que tanto vio en las telenovelas que formaron su intelecto.

El encuentro de estos dos seres resulta chocante, a pesar de que sus personalidades tienen un punto en común: la ignorancia. Entonces, lo que los confronta, más allá de la edad, es la forma en la que ven el mundo. De alguna u otra manera, los profesores se creen la idea de que enseñan y forman para la vida en sociedad. Que han descifrado la manera correcta de vivir. Los estudiantes, por su parte, sin detenerse a reflexionar, actúan conforme a lo que le presentan las modas juveniles del momento. Nunca estas modas son las adecuadas, según las consideraciones del maestro ni según cualquier manual de convivencia de ningún colegio del planeta.

Empiezan, entonces, los desacuerdos. El uniforme debe portarse de cierta manera, el peinado debe ser así, los labios no deben tener color, la falda no puede ser tan corta, los pantalones no pueden estar tan ajustados, etcétera y etcétera. Y estas son las simples formas en las que se empiezan a coartar a los niños. Pero más allá de estas órdenes tan explícitas para empezar a moldear al estudiante, están las clases —aburridas y reiterativas— que enseñan, sobre todo, a no permitir ningún atisbo de cambio en el alma de ninguna de estas personas.

Ese es el tema. Empieza el nuevo año, vuelven los niños y los jóvenes con sus sueños y con toda la posibilidad de imprimirle cambio a las sociedades. Y volvemos, también, los docentes. Que no hemos aprendido a mirar más allá del fin de mes donde, creemos, se solucionan todos los problemas. ¿Ya pagaron? ¿Llegó el aumento? ¿Vino la bonificación? Esas son nuestras prioridades, porque hemos aprendido a sobrellevar la vida pagando deudas y a comprenderla a través de un televisor.

Por eso, prefiero la ignorancia de los estudiantes. El joven mira por la ventana del salón a la chica que le gusta mientras el profesor de ética habla de abstinencia. El niño pregunta al profesor de lenguaje para qué sirve aprender eso de los movimientos literarios, y el profesor lo castiga. El estudiante celebra el timbre que anuncia el comienzo de la hora del recreo, y el profesor oculta esa pequeña felicidad. Es mucho más divertida la ignorancia de los niños. A ellos se las acepto, los disfruto, río y los comprendo. Pero esos profesores que no leen, que no se informan más allá de lo que les afecta el bolsillo, esos adultos cuyos sueños se reducen a sobrevivir hasta donde les alcanza el sueldo me resultan despreciables.

Volvemos a las escuelas y qué llevamos de nuevo. ¿Hay un interés real de los docentes de cambiar en algo esa relación con el estudiante que en este año empieza a renovarse? ¿O pasará lo de siempre y nos volveremos a dejar llevar por la monotonía alienante? El despertador, el desayuno, el fastidio, el cansancio, pagar, comprar, pagar, prestar y pagar. Y luego, hasta el niño más inquieto empieza a seguir ese modelo. Ninguno recuerda la clase de ayer. Para el niño y para el profesor, la escuela es un trámite que cumplen sin entender bien por qué.

¿Cabe la posibilidad de que la historia de estos dos personajes empiece a cambiar? De ser posible, el cambio está en manos del profesor. Pero he visto que, hasta el más sindicalista, transgresor y rebelde, busca domar al estudiante con ideas conservadoras. Y mientras se mantenga esta generación de docentes amainados mentalmente, será imposible que pueda funcionar cualquier metodología de enseñanza.

Sonará el timbre que indica el final de las clases. El joven saldrá caminando despacio y con el ceño fruncido por el sol que ahora agobia y por las reprimendas recibidas. El morral pesará un poco más y, a medida que pasen los días, empezará a acumular actividades que realizará casi mecánicamente con ayuda de un celular o un computador.

El profesor también habrá terminado la jornada, sentirá la garganta seca y adolorida, un leve alivio se le confundirá entre el deber cumplido y el anhelado descanso. Estos serán sus días todo el año hasta que la tensión llegue a tope. Sin embargo, al llegar al periodo final, al día definitivo de los resultados de todo el año, el profesor, menos emocionado que el alumno, mostrará la nota de aprobación. El estudiante sentirá felicidad, aunque eso haya significado ser menos joven y menos soñador.

Vuela alto, Chimuelo, siempre te recordaremos

La violación y el asesinato de niños son un asunto tan corriente en nuestro país que hace mucho dejó de importarnos. La reacción nuestra es la furia momentánea. Maldecimos la aberración y al aberrante. Luego, volvemos a otra tendencia, a otro hashtag.
https://www.youtube.com/watch?v=h4qfYPWAPCQ

En el video, un niño llamado Renato se dirige a todos con el protocolo y la solemnidad de un funeral religioso. En la tierra, cava la tumba del ave muerta, mientras entona, con toda reverencia, el Ave María. Posteriormente, el ave es puesta en tierra. Sorpresivamente, aparece una perra que se lo lleva a la boca para comérselo. De inmediato, Renato intenta abrir la boca del animal para sacar a Chimuelo (así se llama el ave), forcejean un momento y, finalmente, Chimuelo es rescatado. “Está con un poco de baba, pero está en paz”, dice aliviado el pequeño, para luego proceder a enterrar nuevamente el cuerpo de su mascota.

Lo de Renato es un gesto de humanidad, de verdadero altruismo. No solo porque se trata de un niño que quiere a su mascota —eso lo sabemos de casi todos los infantes­—, sino porque, sin quererlo, rompe con el cliché de amar lo perfecto. “Cuando decidimos comprarlo, me di cuenta que era especial, tenía una deformidad genética, las alitas no le crecieron nunca, por eso no podía volar”, explicó posteriormente Renato, quien vivió con el ave por más de año y medio.

La sensibilidad y el instinto animal tienen lugar en un brevísimo momento del video. Sin embargo, éste logró ser tendencia no solo por la emotiva despedida que el niño le hace a su ave, sino también por la intromisión de la perra. Este es un elemento determinante en la viralización, por ello podríamos decir que, además del adiós a Chimuelo, asistimos por igual a la inoportuna sevicia del canino.

En un animal, el instinto depredador es admisible, pues es su naturaleza. Un animal es incapaz de discernir qué significa la indefensión, la vulnerabilidad. Por el contrario, se vale de ellas para satisfacer su inmediata necesidad.

Mientras Chimuelo se hacía viral, en Colombia conocimos tres aberrantes noticias sobre asesinatos y abusos sexuales contra menores de edad: Pastor Gómez acaba de ser trasladado a la cárcel La Picota por ser responsable de la violación y el asesinato de la niña Angie Lorena Nieto, de 12 años, en el departamento del Meta.

«Que me cuiden a mis hijos» fue el pedido de Gómez a los padres de la niña asesinada.

En Santa Marta, un niño de 10 años, discapacitado, fue víctima de abuso sexual por parte de un hombre que, valiéndose de la limitación del menor, lo engañó y logró llevarlo debajo de un puente. Allí perpetuó la violación.
Los dos responsables del abuso y asesinato del niño de 7 años, Hans Tafur, ocurrido el mes pasado en el departamento de Caldas, fueron recientemente capturados y llevados ante la justicia.

La violación y el asesinato de niños son un asunto tan corriente en nuestro país que hace mucho dejó de importarnos. La indignación solo dura unos minutos, unos cuantos comentarios, unos cuantos likes. La reacción nuestra es la furia momentánea, nada más. Maldecimos la aberración y al aberrante, nada más. Luego, volvemos a otra tendencia, a otro hashtag.

Nosotros, los indignados, no hemos sido capaces de salir a la calle y exigir al gobierno de turno que haya una política de estado que verdaderamente proteja la vida de los niños, que endurezca el castigo a quienes cometen el delito y se ocupen mucho más por la prevención que por la terapia psicológica de acompañamiento.

Lo nuestro es reírnos del perro que se come al pájaro. Lo nuestro es hacer comedia de la tragedia del otro. Lo nuestro nunca ha sido aprender de la sensibilidad de Renato, porque este sistema en el que vivimos nos dice que debemos proteger solo aquello que nos otorga un beneficio inmediato y concreto. ¿Para qué preocuparse por un niño? ¿Por un discapacitado? ¿Por un funeral de mentiras?

Los demonios del infierno nos prefieren porque los colombianos estamos siempre dispuestos a perjudicar al más indefenso. Y somos tan imbéciles que no nos levantamos contra el que verdaderamente nos jode.

¿Y si todos somos inocentes?

El Día de los Inocentes debería servir para celebrar no las triquiñuelas y bromas, sino la inocencia. Celebremos la inocencia sin confundirla con la memez. No nos regodeemos jodiendo al otro, sino ayudándolo.

Marica el último es nuestra versión contemporánea de un dicho más conocido: «El vivo vive del bobo». Estas dos frases, entre una larga lista del refranero nacional, revelan nuestro lado más triste y grotesco: el ventajismo.

En otros lugares, he dicho que este es —literalmente— el país del rebusque. El rebusque no es solo una condición del desempleado ni del trabajador informal. En Colombia, desde el más alto funcionario hasta el profesor de escuela o el tombo se rebuscan. Porque —y cabe aquí otra frase común nuestra— «la situación está bien dura» y uno no sabe cuándo vaya a necesitar unos pesos adicionales. Rebuscarse es sacarle ventaja y provecho económico a una situación o persona. De ahí que «rebuscarnos la vida», en vez de revelar nuestra capacidad de supervivencia, lo que hace es mostrarnos como mercenarios. Puro ventajismo.

No importa en qué lugar de la escala social estés ubicado: siempre tienes que estar a la caza de una oportunidad para «conseguirte unos pesitos adicionales». Nada importan tu salario, las tierras, ni los ahorros: el rebusquito sirve para los gastos del día, para el colegio de los pelaos o para los tragos del fin de semana. Lo importante es rebuscarnos. Porque, como todo el mundo lo hace, «marica el último».

Detrás de nuestra constante capacidad de rebusque, repito, se revela nuestro ventajismo visceral. Ser ventajista es la regla para los colombianos. De allí viene, quizá, otra frase que en la infancia nos decían nuestros padres: «Si te pega, jódelo tú también». Pues, «cuantimás, tabla». Además, «roba fulanito, que no lo haga yo». Estas frases, hechas a nuestra medida e inocentemente utilizadas y adoptadas, revelan que, para nosotros, estar en la zaga es un pecado, una sentencia de muerte. Otra vez, «marica el último».

Nuestro lenguaje cotidiano termina asimilando nuestras acciones ilegales. El lenguaje es el cedazo a través del cual el ventajismo se regulariza y se vuelve norma. Una acción se reitera en la práctica, después se lleva al lenguaje cotidiano. Lo usamos de manera desprevenida hasta que la rareza, la excepción, se vuelve común.

Esa forma de estar siempre en ventaja no implica, sin embargo, estarlo por mérito y esfuerzo propio, sino a partir de sacarle provecho al prójimo. Rebuscarnos de él. En sociedades sanas, la competencia es natural. Luchar por imponerse es necesario, siempre y cuando se haga a partir del esfuerzo individual o colectivo, de la constancia y lucha interior.

Pero cuando se carece de capacidad individual, cuando no se tiene inteligencia, cuando se es incapaz de emprender empresas colectivas, nos queda aprovecharnos del caído, del que nos necesita. En otras palabras, del inocente.

Lo contrario del ventajista es el inocente. Por eso, ante tanto vivo viviendo de los inocentes, ante tanto ventajismo desmedido, la opción no es precisamente que todos seamos ventajistas, sino volver a la inocencia.

La inocencia es un estado puro, propio de la infancia. Esta rara vez prefiere la comodidad individual al bienestar colectivo. En esta lucha por sobrevivir, nos obligan a deshacernos de la inocencia. En el colegio, en el trabajo, en el barrio, ser inocente implica estar en los márgenes. Ser el marica, el último. Para medrar socialmente, se nos obliga a poner duro el cuero y arrasar con cuanto encontremos a nuestro paso.

El Día de los Inocentes, del que ya medio mundo anda prevenido, debería servir para celebrar no las triquiñuelas y bromas —después de todo, estas son «pan de todos los días»— sino la inocencia. Celebremos la inocencia sin confundirla con la memez. No nos regodeemos jodiendo al otro, sino ayudándolo. Solidaricémonos en silencio. Sin escándalos. De manera tal que el mundo perezca inocente como nosotros, cuando fuimos los niños.

¿Irse a Europa o quedarse en América?

Siempre es mejor irse a Europa que quedarse en este inmenso jardín del Edén que es América. En este huerto virginal, en esta selva tupida, en esta pila de monte es imposible alcanzar la inmortalidad.

No se habían reposado aún las mallas del arco de Boca Juniors, cuando ya la gente estaba poniendo a Juan Fernando Quintero en el fútbol europeo. En las redes sociales, muchos se preguntaban si aún el jugador tenía opciones de irse a España para jugar con el Real Madrid. Al día siguiente Marca, el diario deportivo español, titulaba así una nota sobre el volante colombiano: «Juan Fernando Quintero abre de nuevo la puerta a Europa en enero».

José Luis Armenteros y Pablo Herrero —compositores españoles— escribieron una canción sobre América. El tema, ampliamente conocido por la interpretación de Nino Bravo —de quien sospecho es más recordado aquí que en Europa—, se llama América, América. La canción retoma la visión europea colonial sobre América: «Todo un inmenso jardín, eso es América. Cuando Dios hizo el Edén pensó en América».

Ambas circunstancias —el evidente deseo de muchos de ver a Quintero en fútbol europeo y la visión que sobre América persiste en la canción de Nino Bravo— vienen a reforzar la idea que nosotros tenemos de nosotros, y que es la misma que los europeos nos han impuesto. Utilizo ambos casos para cuestionar nuestro deseo perpetuo de irnos a Europa a buscar la iluminación y la gloria que este inmenso jardín —eufemismo de monte— no nos puede brindar.

En cuanto a Quintero, el comentario en redes sociales de iletrados y doctos se olvidaba de que hace apenas dos años Quinterito era casi un exjugador. Había venido al Deportivo Independiente Medellín sepultado del mismo continente en que ahora añoran verlo. Quintero estuvo casi cuatro años entre Italia, Portugal y Francia. Y con él no pasó nada por allá. Fue desechado. Llegó al DIM repatriado y con más futuro en el reguetón que en el fútbol. Medellín lo acogió, le dio confianza y lo puso nuevamente en circulación. Por eso River decidió llevárselo.

Cuando Quintero hizo el gol, parecía que lo importante no era el triunfo logrado en América —el zapatazo le aseguraba a River Plate su cuarto título continental—, sino los que podría lograr en un futuro cercano en Europa. Porque tal parece que por mucha gloria que tengas aquí nunca será suficiente si no triunfas en el Viejo Continente. Porque nuestros triunfos son de quinta como nuestro fútbol.

Detrás de esta idea de salir al futbol europeo se esconde la tragedia de nuestros campeonatos nacionales. Aquí —no estoy diciendo nada nuevo— apenas un chico despunta, se lo llevan a Europa a buscar la gloria, la fama y la fortuna. Y el caso es que muchos de ellos regresan jóvenes aún, pero con el fracaso a cuestas. A un entrenador le escuché una vez decir que son miles los jugadores latinoamericanos de diversas disciplinas deportivas que salen todos los años a buscar la gloria a Estados Unidos o Europa. Y al ruido inicial de las cámaras y luces de la partida en los aeropuertos, le sigue el silencio del fracaso al regreso.

Con todo, siempre es mejor irse que quedarse en este inmenso jardín del Edén que es América. Porque en este huerto virginal, en esta selva tupida, en esta pila de monte es imposible alcanzar la inmortalidad. Esta tierra, a lo sumo, está hecha para unas vacaciones en verano, cuando Europa está cundida de nieve.

Y esto no pasa solo en el fútbol. Las ciencias, las artes, la moda, la literatura. En todos estos ámbitos persiste la idea colonial de hacernos grandes en Europa. Si quieres ser un escritor admirado ve a Barcelona. Si quieres triunfar en la moda debes ir a Milán. ¿La ciencia? Cambridge. ¿La pintura? París. De aquí partimos a «hacer la Europa».

Hasta comienzos del siglo XX, millones de europeos llegaron a nuestro continente a «hacer la América», que era como le llamaban a la idea de hacer fama y fortuna en el Nuevo Mundo. Muchos vinieron también a construir sus familias. Y a pesar de que esta tierra les dio riqueza y prestigio, aún añoraban su continente olvidado. Esa idea de volver persiste dos y tres generaciones después.

Inmigrantes europeos llegando a suelo americano

Hace poco, un viejo amigo de la escuela me contó que su hermano había decido dejar un trabajo bien remunerado en Bogotá para instalarse en una ciudad de Italia. Se fue con la intención de pedir la ciudadanía italiana porque su bisabuelo había nacido allá y emigrado muy joven a Colombia. La idea era, por tanto, recobrar su pasado europeo usurpado por la torpeza de un notario colombiano que había cambiado la e final de su apellido por una s.

Según me cuenta mi amigo, su hermano no solo iba en busca de un apellido, sino también de la gloria que Colombia había sido incapaz de darle. Se fue a pesar de la enorme carga tributaria europea y a pesar de que, por muy ciudadanía italiana que tuviera, siempre iba a ser un extranjero.

Hacer fama y fortuna en Europa siempre es más difícil cuando no tienes ningún talento especial. En Europa eres bienvenido si tienes algo excepcional que hacer o un talento que mostrar. De lo contrario, llegas a engrosar una larga lista de africanos, sirios y sudacas. Usurpadores de los privilegios de esa camada de gente del primer mundo.

Cuando escribo todo esto, pienso otra vez en el futbol. Y pienso en Lionel Messi. Messi «hizo la Europa» hace mucho tiempo y sin mayores contratiempos. Y, sin embargo, yo sospecho que él cambiaría toda la gloria alcanzada en Europa por un trofeo en ese inconmensurable jardín que son las pampas argentinas.

La mercantilización de los milagros y la fe

Para muchos de nosotros el milagro sigue teniendo mucho de extraordinario, aunque natural; de fantástico, aunque cotidiano; de sorpresivo, aunque rumoroso.

La primera vez que escuché hablar de —y presencié— un milagro fue en mi pueblo, Sahagún. Debía tener cinco o seis años. Se construía un tanque elevado tan necesario en estos pueblos del Caribe castigados sin ríos ni mar. Un obrero de 35 años sucumbió al vértigo que provoca estar colgado a 70 metros de altura. El cuerpo del hombre dio contra la calle.

El milagro no fue que el hombre haya quedado con vida porque, de hecho, el impacto fue tan fuerte que los sesos quedaron regados en la jardinera que divide en dos sentidos la vía. El milagro ocurrió luego.

Semanas después, alguien se dio cuenta de que en la misma jardinera el rostro de Jesucristo se veía perfectamente. Dios no le había salvado la vida a aquel obrero, pero en compensación se había revelado en el mismo lugar donde se derramó su sangre.

En ese instante empezó la peregrinación. Yo me recuerdo —pequeño, menudo— rompiendo el cerco de cuerpos que estaban apostados en la calle. Era de noche y en aquella ocasión, imbuido por la magnificencia con que el resto de personas se asomaba al pedazo de concreto, alcancé a presenciar el rostro de Jesucristo iluminado por un centenar de velas que los peregrinos habían prendido para adorar y agradecer.

Desde entonces, adquirí consciencia y empecé a notar que Dios se aparecía en cualquier lado: en las ancas de una rana, en la mancha de una pared, en el fondo negro de una olla, en el cascarón de una hicotea.

Para nosotros en el Caribe el milagro es cotidiano y excepcional al mismo tiempo. Aquellos lugares comunes están lejos de la pulcritud que la Tradición y la Iglesia —¿Acaso no son la misma vaina?— nos han legado. Y en eso radica la excepcionalidad. Se trata de sacar de su altar el rostro inmaculado de un santo y encuadrarlo en la miseria de nuestros barrios y caseríos.

Y actuamos bajo la fe: «la certeza de lo que se espera, la convicción de los que no se ve». Y creemos.

La noción de milagro se convirtió en algo habitual para mí. Desde muy niño estuve en contacto con lo fantástico. Mis primeras lecturas fueron las historias bíblicas que aceptaba como naturales. Mi padre componía las articulaciones de más de un torpe caminante con solo frotar cruces, y santiguaba niños con mal de ojo.

Aun así, para muchos de nosotros el milagro sigue teniendo mucho de extraordinario, aunque natural; de fantástico, aunque cotidiano; de sorpresivo, aunque rumoroso.

Este tiempo, sin embargo, ha trastornado las cosas. Católicos, evangélicos, testigos de Jehová, pentecostales, mormones, adventistas, curanderos, rezanderos y fanáticos de toda ralea van de puerta en puerta ofreciendo tardes y noches de sanación y milagros como si se tratara de un concierto vallenato o de un fandango de pueblo.

Foto Tomada de El Universal

Y entonces, congregan a una muchedumbre hambrienta de sanación y empiezan a maniobrar. Gritan amenes. Lanzan vivas y aleluyas. Se revuelcan. Cantan. Y claro, al final siempre sale al tablado un Lázaro: la mujer que ya no siente el tumor en el seno, el tullido que puede dar dos pasos, la lavandera que puede levantar las manos.

El milagro es hoy una mercancía más. Te la ofrecen empacada al vacío para que la conserves. Es un producto de supermercado, un servicio público. Hoy los mercaderes de lo sagrado tocan tu puerta para informarte que mañana habrá sanaciones y milagros, como si de promociones se tratase.

Entonces te preparas físicamente. Te pones las mejores vestiduras, te cepillas el pelo y los dientes y vas a recibir tu dosis de sanación como el niño recibe sus vacunas en el centro médico.

También se han dosificado, medido, cuantificado: dos milagros y eres beato, tres milagros y eres santo.

Como ocurría con Jesucristo, nadie se pregunta qué ocurre después del espectáculo. Nadie hace un seguimiento al sanado. Todos siguen al sanador.

Quizá lo mismo puede pasar con el obrero o el ama de casa que en una noche de promoción fueron favorecidos con un milagro. Cuatro mañanas después se levantarán y sentirán las piedras en los riñones o la supuración en la herida.

Pero nunca hay modo de saberlo. La promoción se ha acabado y toca esperar una próxima ocasión, porque como en todos los negocios, las promociones siempre vuelven. La fábrica empezará a empacar nuevos milagros o vendrán otros mercaderes a ofrecerlos a dos por el precio de uno.

Hace cinco años volví a ver el pedazo de concreto donde el rostro de Jesús se reveló. No había peregrinos ni velas. Ni siquiera Jesucristo estaba allí. Hoy sospecho que nunca estuvo.

La pureza vital de las groserías

De niño la llamaba plebedad, grosería, vulgaridad o, simplemente, mala palabra. Con el tiempo, he encontrado otras formas para definir lo abyecto y lo obsceno del lenguaje. Soez, procaz, palurda, sicalíptica, insolente, lenguaraz, descomedida. Llámenla como quieran llamarla, la palabra impúdica estará siempre allí para recordarnos que el hombre deambula entre lo moralmente aceptable y lo exquisitamente decible. Solo la vulgaridad alcanza dimensiones significativas que ninguna otra palabra puede tener.

Confinada en lo marginal, la palabra impúdica ha sabido enriquecerse en su contenido y renovarse en su forma. Después de la ciencia y la tecnología, donde mejor se ve la productividad de una lengua es en sus plebedades. Piénsese en las mil y una formas para decir verga y coño. Cada región, cada país, tiene las suyas.

Los güevos, las chácaras, las bolas: los testículos. El tolete, la verga, la picha: el pene. El coño, la chucha, la panocha: la vagina. Se haría un compendio de mil páginas con todas las formas para referirse a los genitales del hombre y la mujer, y todos estarían siempre en el terreno de lo abyecto.

Ni hablar de la palabra impúdica que sirve de escarnio. El insulto procaz —esa expresión que media entre la soberbia y la sensatez— define de un zarpazo cualquier disputa. Hay que ser, sin embargo, muy cuidadoso al usarla. Y si el interlocutor es inteligente sabe que, ante la sentencia descomedida, lo que sigue es el silencio reflexivo y vergonzante.

Yo no imagino a un Coronel puro, explícito e invencible respondiendo «Nada» o «No sé». Ni mucho menos imagino a su mujer respondiéndole «Mierda comerás tú». La mujer era insistente y él callaba. El Coronel no podía responder de otra forma; como su mujer tampoco podía continuar la conversación. Lo que tenía que seguir allí era el silencio inflexible que para nosotros es el final de la novela. «Mierda», respondió el Coronel y silencio guardó su mujer.

En la procacidad hallo más fuerza que en la oración sacramental. Más contundencia y exactitud tiene la palabra impúdica que todos los proverbios del mundo. Ninguna otra expresión resuelve mejor un conflicto que un madrazo bien lanzado, preciso, contundente.

I Modi, Marcantonio Raimondi

Víctor Yerena —amigo de universidad y quien tiene el don de ser el desorientado más genial del mundo— se enfrascó en una discusión estéril con otro de mis amigos. Eran las cinco y media de la madrugada y esa noche nos habíamos mantenido despiertos a punta de café y galletas. Hacíamos —recuerdo— uno de esos trabajos finales de pedagogía que resultan pedregosos para cuatro muchachos que solo tienen cabeza para la literatura y el cine. Lo que no recuerdo es el motivo de la discusión. Solo sé que aquel amigo, Camilo Corby, se cebaba de manera brutal contra mi tocayo y este no aguantó y explotó:

—Vaya y coma mucha mondá— le dijo y hasta allí llegó la discusión.

Lo extraordinario de la expresión estuvo no solo en el uso del término mondá, sino en el encuentro inesperado entre esta insolencia —ya cotidiana, ya malgastada, ya saboreada por nosotros hasta el hartazgo— y el adverbio de cantidad.

Otra situación similar ocurrió esta vez en la web. Hace un tiempo veía un documental en YouTube sobre un cantante vallenato. Como suelo hacerlo, me dirigí a leer los comentarios y el primero captó mi atención.

Una señora de recio talante cristiano decía en un largo párrafo que el artista en cuestión le había vendido su alma al diablo. Para la señora, «nadie tiene derecho a ser famoso y rico sin el beneplácito del que controla nuestro mundo». Incluso, llegó a afirmar que en una canción del artista había un mensaje cifrado en el que se menciona el sitio exacto donde se dio el pacto: «entre La Junta y Patillal, sobre lomas y sabanas».

Leí el comentario e inmediatamente viré la vista hacia una respuesta más corta, más escueta, más festiva:

—El pacto con el diablo lo hizo tu puta madre he dicho (sic).

La plebedad, en la medida que es expresión de la lengua y de la cultura de un pueblo, nada tiene que ver con la falta de esta ni con la moral. Mandar al carajo aquello que nos jode la vida no es síntoma de inmoralidad, sino el acto más puro que nos desnuda como humanos. Una grosería es siempre la forma más efectiva para restarle sacralidad a la vida. Pecar de palabra ya perdió vigencia y no por procaces somos iletrados o burdos.

Cuando me dicen que por soez soy inculto, pienso en los versos que escribió uno de los hombres más ilustrados del Renacimiento:

Mete un dedo en mi culo, papacito,
y clávame la pinga poco a poco;
alza bien esta pierna y haz buen juego,
menéate después sin cortesías.

Estos versos, recogidos bajo el título Sonetos Lujuriosos, fueron escritos por Pietro Aretino en el siglo XVI. Por la época, como era de esperarse, fue perseguido por los guardianes de la moral. Estos individuos han estado aquí eternamente dispuestos a enjuiciarnos y condenarnos en nombre del orden y las sanas costumbres. Y, sin embargo, terminan pisando siempre la mierda que ellos cagan. Los guardianes de la moral son siempre los mismos, repetidos en cada tiempo: viejitos entrecanos, de mirada intachable y hablar inmaculado; defensores de la norma, pero enemigos de las reales academias.

En el Caribe, la plebedad se canta conforme se cuenta. La palabra impúdica habita cada rincón de esta tierra y se manifiesta en cualquier calle o plaza de mercado. Solo aquí se reproduce con naturalidad y galopa tranquila, como canturreada por el viento. La mojigatería parece cosa de otras tierras o de otros tiempos. La exquisitez de la palabra impúdica se aprovecha en el Caribe para unir y crear relaciones. Un saludo entre compadres no es lo mismo si no se acompaña de una insolencia carismática.

Y como el Caribe es la mata de la plebedad, tiene sus grandes gestores y sus grandes obras. Yo pienso ahora en el difunto Cuchilla Geles —con su voz endiablada, su narración estrambótica, su aspecto de Mister Hyde africano y sus chistes largos y sobrecargados de imágenes grotescas—. Y lo veo como un bardo de otro tiempo, parado en una plaza de Cartagena: marginal, alcohólico, enfermizo y echándonos en cara todo su repertorio de vergas. He allí un hombre del Caribe.

Pero pienso también en artistas anónimos de la palabra impúdica, en aquellos que no necesitan de un rostro para volverse inmortales. La fuerza de sus palabras —como ocurre con los grandes poetas— termina haciéndonos olvidar el rostro. Famosa es, en redes sociales, la expresión «Kelly, pero qué mondá». Los veinte segundos más ilustres del último tiempo. La nota de voz más memorable de WhatsApp. Un ejemplo conspicuo del uso preciso de esas otras palabras:

¡Kelly, pero qué mondá! ¿Cuándo me vas a pagar esa verga, marica? Yo necesito la hijueputa plaza (sic) y a las tres y media paso por esa mondá. ¿Cómo vas a conseguir esa verga?, no sé. No sé, pero a mí ahora no me vas a salir con el cuento de que mañana ni una mierda. Paso por esa hijueputa mierda en media hora.

¿Han pensado alguna vez en el lugar que ocupa cada grosería en ese mensaje? Nunca son para ofender a la persona. Nunca para vilipendiar a Kelly. Siempre para hacer énfasis en que lo importante en la conversación, así valga verga, es la plata. ¿Hay acaso un acto de consciencia en esa voz anónima que trata a la plata de hijueputa o de hijueputa mierda o al denominarla verga o mondá? Cada grosería está en su punto. No es Kelly la hijueputa, no es Kelly quien vale mondá: es la plata o su ausencia y desesperada necesidad. Vaya acto de lucidez: esa voz anónima reconoce que, aunque la plata vale verga, la necesita.

La plebedad pura. La que se acompaña de la palabra ilustrada. La que demuestra la desfachatez y la ignorancia humana. La lujuriosa. La que invita al amor y a la carne. Todas son bienvenidas a mi mesa. Yo las seguiré utilizando como el desvergonzado que soy, mientras los otros —los guardianes de la moral y la palabra decente— siguen defendiendo una pureza que en la lengua nunca ha existido. Todos valen verga.

*@victorabaeterno