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El cuaderno, el lápiz y el tablero

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La imagen arcádica que nos mostraba a un niño rumbo al colegio con un cuadernito de hojas magulladas y un lápiz de palo ya no es suficiente cuando se pretende hablar de educación de calidad. Sí, de esa forma se educaron muchos de nuestros padres que venían de la más cruel de las pobrezas, y de esa forma, quizá, también nos educamos nosotros. Pero es que la idea de la lección del maestro, del cuadernito al día, del tablero lleno hace ya un buen tiempo fue revalidada.

La educación, como se concibió durante todo el siglo XX, buscaba la ilustración del hombre. Esto traducido a las clases de Español se entiende como alfabetizar; a las de matemáticas, como adiestrar; y a las de Ciencias Sociales y Naturales, como grabar. En todas estas áreas era significativamente importante la memoria.

Sin embargo, algo cambió para bien o para mal en las sociedades del siglo XXI con respecto a la del siglo XX. Y muchos de los saberes con que nos educamos se volvieron inútiles. Dejaron de ser un fin en sí mismos para convertirse en medios para adquirir otras cosas. ¿De qué vale memorizar una regla ortográfica si somos incapaces de escribir un párrafo con sentido? ¿Para qué me sirven los mapas, que son una abstracción, si el Google maps me muestra la calle de la esquina de mi barrio, tal como se ve en la imagen que acompaña esta nota? Hoy puedo saber cómo son las costas de fiordos o cómo es la Península de Kamchatka con solo escribir sus nombres en un buscador. Y saber eso, que antes era importante y te permitía sacar una E, hoy apenas es anecdótico.

Recientemente, leí una afirmación de Ignacio Mantilla —exrector de la Universidad Nacional y conspicuo profesor de matemáticas— en la que advertía que, en las matemáticas, «más que saber cómo se define un objeto o concepto, es más útil saber cómo opera». Y esta afirmación, aplica para todos los campos del saber humano.

Esta breve reflexión la hago porque estamos en la recta final del año escolar, y veo que mis estudiantes, en algún momento de la clase, deciden no prestar atención y se enfrascan en transcribir parrafadas de cosas que no entienden. Lo hacen porque la nota de nivelación— como hoy le llaman a la recuperación— es presentar el cuaderno al día.

Durante este semestre, he estado enseñando en doce grupos distintos el curso de Cátedra de la Paz. Y como el curso, de una hora semanal, no tiene el prestigio social que puede tener el resto de cursos del currículo, mis estudiantes dejan de escucharme a mí para ponerse al día en tal o cual asignatura.

Y yo me pregunto: ¿Para qué un cuaderno al día? Retomo la imagen inicial del estudiante yendo al colegio con un lapicito y un cuaderno. En ese prístino momento de nuestra historia educativa, el conocimiento iba del docente al cuaderno, y de allí a la mente del estudiante. Se grababa como se graba el Padre nuestro o cualquier otra plegaria. Pero ya eso no puede ser así porque el conocimiento —la información— está en todos lados. Y como está en todos lados, ya no es importante per se.

Lápiz y cuadernos son herramientas cada vez más en desuso como lo es el tablero. El tablero es un apoyo para escribir una frase o para hacer un gráfico. No para saturarlo. Cuando se satura un tablero de letras, se sacrifica el aprendizaje de problemas y realidades. Cuando se le pide al estudiante que transcriba lo que yo como profesor —con toda delicadeza y lentitud— he escrito en el tablero, termino matando la creatividad y reviviendo el adiestramiento.

La información no es trascendental, sino su utilidad cognitiva o práctica. El dato no es importante si no tiene contexto. Lo ilustro con dos casos: de nada sirve saber qué pasó en 1810 si no se cuestiona el centralismo encarnizado que hoy demuele a nuestro país. De nada sirve saber los hechos que rodearon a la Revolución Francesa si no se les enseña a nuestros estudiantes el valor profundo de los valores democráticos. Sobre todo, en estos tiempos de posverdad.

¡Qué me importan los cuadernos llenos! Así como prefiero a un estudiante desordenado con chispazos de brillantez, antes que a un convidado de piedra, del mismo modo prefiero a un estudiante con un cuaderno de combate —yo, particularmente, estudié todo mi pregrado con solo dos libretas y mi maestría sin ninguna—, pero con la mente inquieta e inquisitiva.

En la universidad, los estudiantes justificaban los grafitis revolucionarios en las paredes con una frase: «Paredes en blanco, mentes en blanco». Y yo pienso acá: ¿Cuadernos llenos, mentes en blanco?

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