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El día que no murió nadie

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La muerte, ya humanizada, es usada por Saramago para revindicar a los hombres, porque los defectos de los humanos no son más fuertes que sus virtudes: la muerte se ha enamorado.
José Saramago, Premio Nobel, 1998

Al día siguiente no murió nadie. Con este uppercut a la mandíbula, José Saramago hace que besemos la lona de la intriga. Y a juzgar por el título de su obra, también comenzamos a sospechar de qué se trata esta historia: la muerte ha dejado de actuar y, en consecuencia, nadie puede morir.

Esta es la premisa de Las intermitencias de la muerte, una de las novelas más apasionantes del Nobel portugués.

Esta premisa es bastante conocida. Ya en 1897 el escritor colombiano Tomás Carrasquilla, en su relato En la diestra de Dios padre, había contado el caos que supondría que la muerte dejara de trabajar, cuando el personaje de Peralta, haciendo uso del don otorgado por el mismo Cristo, pudo engañar a la muerte y ponerla en cautiverio sobre la rama de un árbol.

Recordamos también aquel cuento del escritor ruso, Aleksandr Nikoalevich, El soldado y la muerte, donde también se cuenta cómo un soldado logra atrapar a la muerte en un saco mágico por mucho tiempo, hasta que ésta es liberada y se lleva de un tajo a los dos protagonistas de estas historias que continúan sus aventuras entre el cielo y el infierno.

Pero en este relato de José Saramago, publicado en 2005, la historia es a otro precio. Es la muerte la que ha decido no trabajar más en un país entero, y, por mucho tiempo, nadie se entera de lo que está pasando. La ausencia de la muerte se convierte en un problema político y de salud pública. Bendita sea la inmortalidad si se adquiere durante una juventud saludable, pero maldita sea si te alcanza viejo y enfermo. Para la mente razonable, es mejor morir sin dolor que vivir agonizante, sobre todo si es para siempre.

Con su pluma mordaz, Saramago nos lleva de la mano a explorar el caos en este país sin nombre habitado por inmortales. Morir se convierte en un negocio acaparado por las mafias que acorralan a un Estado incompetente y pusilánime.

Cruzando la frontera, la muerte del otro país puede quitarte la vida, entonces a los países vecinos les toca enfrentar un éxodo de inmigrantes y hasta de emigrantes, porque para muchos, con vida eterna ya no importan las privaciones.

La incansable narración de Saramago, con su lenguaje inconfundible y de difícil lectura para el lector desatento, se va yendo por las ramas de la reflexión pensando, más que en la muerte, en la vida misma. Saramago lleva al límite la condición humana para exprimirla y mostrarnos lo peor de los hombres.

Ahí radica la genialidad del autor: nos revela que el único responsable de su destrucción es el hombre mismo. Sólo habría que ponerlo en una situación extrema, tal como lo hizo en Ensayo sobre la ceguera, donde en una ciudad también sin nombre la humanidad debía sobrevivir a una plaga de ceguera blanca.

Hasta que por fin la muerte aparece. La misma muerte, sí, esa que todos conocemos, esa a la que Peralta se le reveló en la historia de Carrasquilla: un esqueleto cubierto con un capuchón negro que blande la guillotina que puede hender una hebra de cabello.

Para Saramago está demás reinventarse a la muerte cuando ésta ha sido siempre la misma. Haciendo uso de la sátira, el autor describe esa apariencia de la muerte y su guillotina parlante con la que discute su propia manera de actuar frente a los habitantes de aquel lugar.

Sí, la muerte ha vuelto, pero ha cambiado la forma de morir en el país: todos sabrán de antemano, por medio de una carta, el día y la hora de expirar su último aliento.

A alguien no le llega la carta, a un músico depresivo que toca el violín en una orquesta, y es cuando el autor quiere humanizar a la muerte, ésta se convierte en una hermosa mujer que decide saber quién es ese que la desafía.

La muerte, ya humanizada, es usada por Saramago para revindicar a los hombres, porque los defectos de los humanos no son más fuertes que sus virtudes: la muerte se ha enamorado. Un sentimiento netamente humano que acaba por terminar en una pasión desbordadamente carnal hacia el hombre que antes era sólo una curiosidad.

Al final, con estas últimas palabras, Saramago nos vuelve a dar un derechazo que nos lanza, esta vez a la lona de la reflexión para descubrir que la muerte, al ser humana, también es caprichosa: al día siguiente no murió nadie.

@vyerena

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