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El hombre ignorado por la historia o qué es el valeverguismo

En el extremo inferior derecho de esta fotografía, aparece un hombre que ni asiente ni desafía. Que no mira al frente para arrodillarse ni para retar. Este personajillo prefiere darle la espalda a lo que ocurre.

La historia de August Landmesser todo el mundo la conoce. Landmesser fue un obrero alemán que trabajaba para el astillero Blohm + Voss, en Hamburgo. Su historia tiene todos los ingredientes para otro capítulo de la épica de la humanidad.

August Landmesser fue expulsado del partido Nazi por casarse con una mujer judía. Después, cuando ya tenía una hija con Irma Eckler, su esposa, fue confinado a una cárcel acusado de deshonrar la raza alemana. Era 1937, y el nazismo hacía ebullición en el corazón de todo el pueblo alemán. Cuando fue apresado, August Landmesser intentaba huir hacia Dinamarca con su mujer y con Ingrid, su primera hija.

Al año siguiente, fue obligado por el régimen a romper su lazo matrimonial con Irma. Ante su negativa, fue llevado preso a un campo de concentración por tres años. Su esposa, entonces en embarazo, también fue llevada a uno. Allí dio a luz a su segunda hija, Irene. August Landmesser jamás la conocería.

En 1941, el obrero fue puesto en libertad y obligado a ir al frente de batalla. De él no se volvió a saber nunca más hasta1991, cuando Irene reconoció a su padre en un periódico de la época. Irma Eckler también había muerto mucho antes en un campo de exterminio. Sus dos hijas, Ingrid e Irene, fueron entregadas a su abuela y a un orfanato, respectivamente.

Pero no es por su vida que es reconocido August Landmesser. Historias como estas fueron pan diario durante la Alemania Nazi y la Segunda Guerra Mundial. A Landmesser, la historia lo recuerda por la foto del periódico donde lo vio Irma. Esta imagen es uno de los mayores símbolos de rebeldía surgidos en el corazón de la Alemania de Hitler.

Mientras trabajaba en el astillero Blohm + Voss, en 1936, el Partido Nacional Socialista organizó la inauguración de una nueva nave. Centenares de obreros se apostaron al frente de esta y al unísono hicieron el saludo fascista.

La foto —a blanco y negro— muestra a todos los obreros con su mano derecha extendida en ángulo de cuarenta grados. A todos, salvo a Landmesser, quien, en medio del cuadro, luce desafiante con sus brazos cruzados. El hombre cruzado de brazos en medio del saludo nazi —título de la foto— es una de las imágenes memorables del siglo XX y es símbolo de resistencia ante el oprobio.

Al hombre siempre lo han puesto en medio de dos aguas, de dos opciones: la aquiescencia o la resistencia. Los aplausos o los chiflidos. Barrabas o Jesús. Sin embargo, la vida no siempre se mide en términos dialécticos. Y hay a quienes no nos interesa entenderlo en tales términos. A veces surge una tercera vía. En cuanto al cumplimiento de las órdenes o la desobediencia se trata, esa tercera vía es el valeverguismo.

En la foto de Landmesser, parece que la historia es dialéctica pura: los que asienten, la mayoría; y Landmesser, el que resiste. Los vasallos versus el iconoclasta. Los que aceptan la realidad y los que mueren intentando cambiarla.

Pero hay que observar al dedillo cada uno de los obreros de la foto para caer en cuenta que en ella no predomina la dialéctica, sino que surge, tan silenciosa como siempre, la tercera vía.

En el extremo inferior derecho de la fotografía, aparece otro hombre que ni asiente ni desafía. Que no mira al frente para arrodillarse ni para retar. Este personajillo —ignorado por la historia— prefiere darle la espalda a lo que ocurre. Su actitud, sin embargo, no debe confundirse con el fofo escapismo de nuestro siglo XXI. Porque una cosa es el escapismo y otra, el valeverguismo.

August Landmasser

El escapismo es medroso y tibio, el valeverguismo es envalentonado y cruel. Toda actitud escapista es producto de una inseguridad interior: como no puedo reafirmarme a mí mismo como individuo, difícilmente puedo opinar sobre lo que ocurre a mi alrededor. El valeverguismo, por el contrario, parte de un pleno reconocimiento de que nuestro exterior vale verga. Y que, por mucho que nos esforcemos por cambiar la historia, esta no depende de nosotros. Por tanto, antes que los otros, yo.

Todo valeverguista tiene una personalidad definida y fuerte. Y por ello, se reafirma en sí misma, en su individualidad, para mandar a la verga todo cuanto ocurre.

Mientras Landmesser está en el centro de la foto, nuestro ignorado personaje está en un extremo. Porque el valeverguista, en tanto automarginado, se acepta como tal. Su vida no recorre el glorioso camino de vivas multitudinarias o acciones épicas. La vida para el valeverguista es un breve instante. Por eso, no vale la pena sacrificarse en campañas que siempre terminan en fracaso. Toda pelea con el mundo —piensa el valeverguista— es ya una derrota personal.

Su lugar no está en los libros de historia, sino en los de ficción. Prefiere ser Meursault que Napoleón.

No sabemos qué final concreto tuvo Landmesser, pero sabemos que con el tiempo la gloria terminó arropándolo. Toda fotografía capta un momento justo. Quizá Landmesser y nuestro bonachón personajillo se vieron obligados a levantar la mano y a gritar «Sieg Heil». Quizá la fotografía nos ha vendido siempre una mentira.

¿Qué sabemos de nuestro personajillo anónimo?: ¿Cayó en el frente de batalla a manos del Ejército Rojo?, ¿Murió siendo un abuelo bonachón rodeado de una veintena de nietos? No lo sabemos. Pero si él era un perfecto valeverguista, tampoco ha de importarle.

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