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El último adalid de la literatura universal

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Baudelaire tenía conciencia plena de la revolución que suponía su poética en la historia de la literatura. Hablaba de su trabajo,no sin cierta prepotencia y con afán de provocar a los círculos literarios de su tiempo, como una obra absolutamente moderna. Y mientras todos se escandalizaban y censuraban su obra, él sabía que escribía casi como un profeta, como un visionario. Tenía una mente capaz de comprender el momento histórico-cultural en el que vivía y, además, proponer una estética revolucionaria que empezaría a tomar fuerza después de su muerte.

En el siglo XXI vive un hombre de una magnitud intelectual igual o mayor a la de Baudelaire, con la misma capacidad de conciencia sobre su propia obra, lo que lo ha llevado a ser no sólo un creador prolífico y versátil sino, también, el único con potestad para criticar sus libros. Paulo Coelho es creador y crítico de sí mismo. No es estudiado en los grandes recintos académicos porque todos temen realizar análisis que no den cuenta del vasto simbolismo y el intríngulis filosófico que atraviesan sus obras.  Él y sólo él nos puede dar claridad acerca de su trabajo y del lugar que ocupa en la historia de las letras.

Alguna vez en una entrevista que le hicieran a Coelho en el diario Folha de Sao Paulo, nos dio una lección del significado que tiene como escritor en estos tiempos: mi popularidad se debe a que soy un escritor moderno. Hago fácil lo difícil y, así, me comunico con el mundo entero. La modernidad de Coelho debe entenderse como algo más poderoso que las simples renovaciones técnicas y mucho más allá de las teorías que buscan explicar lo posmoderno. Quizás no hay rótulo en el que podamos encasillarlo, pero lo seguro es que la posmodernidad es muy poco para él. Su escritura no se detiene en el ejercicio vanidoso de crear estructuras narrativas complejas, él sabe que eso sería ir en contra de su mensaje moralizante que es tan útil para esta sociedad perdida: la búsqueda de la simpleza y la verdad que purifica el alma, es el mensaje que transmite de modo directo y simple, como un soplo de brisa fresca en todas sus páginas.

Paulo Coelho, pudiendo hacer mucho mejor los monólogos extensos de James Joyce, prefiere sacrificar todo su repertorio técnico para favorecer la comunicación. El único con la capacidad intelectual de criticar a los autores clásicos sin que le tiemble la voz. En aquella misma entrevista sorprendió al mundo con otra de sus observaciones agudísimas,diciendo que  los novelistas actuales solo quieren impresionar a los otros escritores, uno de los libros que hicieron ese mal a la humanidad fue Ulises, que es solo estilo. No hay nada allí. Si diseccionas Ulises, apenas da para un twit.

 Aunque esta parezca una afirmación exagerada para cualquier mortal, no lo es en absoluto para una mente maestra como la suya. Su capacidad de reflexión es igual de potente que su capacidad creativa. Capaz de sintetizar toda la esencia contenida en las mil páginas del Ulises de James Joyce en 280  caracteres de Twitter. Y si Joyce hubiese conocido El alquimista, la obra más grande de la literatura universal, de seguro sintiera vergüenza de haberse atrevido a publicar.

Paulo Coelho supone el fin de la literatura. En el desemboca toda la experimentación técnica de la novelística del siglo XX. La dulce sensibilidad de los románticos ingleses. La capacidad crítica de Paz, Borges y Retamar. Sin embargo, el iluminado escribe a media máquina. Es un alma bondadosa que educa a las juventudes mientras da cátedra de literatura. Los ignorantes y envidiosos que pretenden tachar su prosa de facilista, no comprenden la estética de lo simple. No saben lo que es hacer del arte de las letras un sutil proceso de comunicación, que sea comprensible hasta para el lector más incompetente

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