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Elogio de la mandarina

El autor comparte un texto de la serie, en construcción, Elogios y diatribas. En esta ocasión, habla sobre la mandarina, la fruta más ignorada de la familia de los cítricos. La mandarina es una fruta descastada, sin mitos en nuestra cultura occidental.

Permítaseme hablar de la mandarina. Para no confundir al lector, evitaré utilizar metáforas o símiles extraños. A lo sumo diré que la mandarina es una luna eclipsada y que su concha tiene la tersura de la lona. O diré también que su jugo tiene la pureza de la sangre de un dragón. Nada más.

La mandarina es un fruto secundario, marginado. A pesar de que nos recuerda la grandeza de las dinastías y la lengua chinas —de allá proviene—, la mandarina es insignificante, de las orillas. No hay, que yo sepa, un mito que hable de ella, como bien lo tiene la manzana de la discordia, el corazón de mango del Sinú, el maíz mítico de los indígenas o las uvas fabulescas. No, la mandarina ha estado allí siempre, aunque sin saberse estar.

Prima del limón, de la naranja y de la toronja, la mandarina no sufre de la acidez del primero, mucho menos nos impone la dificultad para encontrar el centro de la segunda ni esconde el veneno acerbo de la última. La mandarina es néctar puro y milenario. Cada capullo es una eternidad efímera de ácida dulzura que, expedita, se entrega a las yemas de los dedos que desechan su túnica naranja.

Que se escriba, pues, el mito de la mandarina. Que hable de dos amantes furtivos que encuentran en su jugo la coincidencia de la vida. Escribamos cada uno de nosotros, cuando nos entreguemos a la vertiginosidad de desnudarla, una historia particularmente mítica que hable de un fruto venido de oriente a amainar el paladar rugoso de los cuerpos.

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