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En enero, llegan los Reyes

En esta primera viñeta de los meses del año, el autor, entre murmullos y recuerdos, nos dice que en enero los hombres esperan a los Reyes, aunque ya sin el fervor de diciembre, y las cabañuelas nos permiten ilusionarnos con el futuro.

Enero es un pedazo de sol ardiente en lo alto del cielo o un bloque de hielo duro e infranqueable en medio de la avenida. Enero es también el pronóstico fallido del abuelo que mira, día tras día, las cabañuelas sin saber que enero se pronostica a sí mismo desde el primer día. En enero, los hombres caminan como zombis y las calles suelen estar arrasadas por la bomba que cayó, estruendosa, la noche anterior.

En enero, llegan los Santos Reyes y solo encuentran la pobreza de los que recuerdan la noche pasada. Lo mágico ya pasó. El nacimiento es ya un recuerdo entre los hombres que, pasada la fiesta, solo añoran con ver al Salvador entre clavos y maderos. Por eso, los Reyes son esperados sin fervor porque aquí sabemos que ningún regalo suyo es suficiente para alegrarle el corazón a un hombre que otra vez debe iniciar su vida, sus gastos y sus dolores.

Diciembre es un mes de trastornos felices y enero un mes de lúgubres trastornos. En enero, no se vive la vida, sino que se matan los días. Uno tras otro, pasan lentamente los días como si quisieran adherirse a nuestra piel y no soltarnos jamás. Enero es un mes duro como el sol que arropa los campos meridionales o como el bloque de hielo del norte. Enero, que es un mes de inicio, parece más propicio para la muerte que para la vida. Sin embargo, he allí su dulce misterio: enero nos obliga a vivir de nuevo, así no queramos. Así nos cueste.

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