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Este no es un análisis sobre «El santo cachón» de Silvestre

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Cagarse en el pasado es muy duro. Pero a Silvestre Dangond le salió facilito. Y esto ocurrió porque cuando no se tiene la inteligencia para reconocer la magnanimidad y perfección de lo bello, la cagada fluye como el río de Heráclito.

Arruinar el presente es más fácil, porque de hecho todos lo hacemos diariamente con nuestras acciones y palabras. Arruinar el presente implica también arruinar el futuro. Las cagadas de ahora se terminan disgregando en el futuro y afectando a cuanto cristiano se atreviese en nuestra senda. De esto habla la teoría del caos: la cagada de una mariposa en el presente puede ocasionar un aguacero de mierda —como alguna vez pensó Roberto Bolaño llamar a su novela Nocturno de Chile— en el futuro. Presente y futuro, en conclusión, son fácilmente arruinables.

Pero para cagarse en el pasado se necesita hacer un esfuerzo descomunal. Lo que alguna vez fue bello y perfecto lo será por siempre. Entiéndase ese «por siempre» en el sentido de que por lo menos lo será para el grupo social que alguna vez le dio el estatus de bello y perfecto. Así que la afirmación no debe entenderse como dogma, porque ni siquiera el tiempo es para siempre.

Cuando de manifestaciones artísticas se trata, un grupo social mira hacia el pasado y acepta que El Pensador de Rodin es bello, que Crimen y castigo de Dostoievski es perfecto y por ello ambas obras siguen siendo importantísimas —por bellas y perfectas— e insuperables. Intentar hacer copias de ellas es arruinarlas. En pintura, donde hay todo un mercado de la imitación y la falsificación, una vez descubierto el timo, las telas falsificadas valdrán poco menos que un trapo de cocina.

¿Y qué con esto? Pues ocurre que como colombianos teníamos algo claro: «El santo sachón» —la canción y el video— era lo mejor que se había hecho en la historia de la música nacional. No había narrativa mejor construida que la del video de «El santo cachón». No había simbiosis más perfecta entre una canción y su video —desde los tiempos de Michael Jackson— que lo hecho por Los embajadores del vallenato en la década del noventa.

En los años noventa, los mejores videos musicales de Colombia eran los playbacks de «El Chou de las Estrellas» o los cabezotes de De pies a cabeza y Tentaciones. En aquel entonces, mientras veíamos vídeos musicales, el sonido de la canción solía ir por Quibdó y el gesto del cantante por Cúcuta. Cuando veíamos cantar a Diomedes Díaz en la TV, no había terminado de cantar «26 de mayo» cuando ya estaba sonando «El condor herido».

Pero aparecieron unos creadores desconocidos — tipos jóvenes, frescos, inspirados, supongo yo— y crearon un universo con dos espejos, una cámara y una montonera de gente curiosísima y carnavalesca. Todo era bello, dotado de hermosura… Hasta que a Silvestre Dangond se le ocurrió, dos décadas después, que era buena idea hacer un remake de la perfección.

Y entonces, se recagó, con facilidad pasmosa, mil veces en el pasado.

Lo primero que hizo con este excrementicio y sacrílego acto fue sacar de las cavernas del olvido en que teníamos enterrado a Robinson Damián —otrora cantante de Los embajadores—. Ahora Robinson está obeso, torpe y parece más de hule que de carne. Con los años, perdió el donaire y aquella canturreada ebria que solía poner en algunos momentos de su interpretación: «Yo sé que estoy borracho, borracho. Borracha está mi alma, borracha está mi vida» o «Seguiré bebiendo ron porque así me cuida el diablo. Porque así me cuida el diablo, mi vida, seguiré bebiendo ron».

Lo segundo, fue copiar la misma escenografía: los mismos dos espejos, los mismos personajes, las mismas situaciones. Pero todo en interiores. Nada de playita, nada de sol natural. Todo es una farsa apenas comparable con los maderos y sillas de icopor con que golpeaban al Chapulín Colorado.

El video original tiene su encanto, su flow, porque todo es artesanal. La gente es fea, el perro es chandoso, el agua del lago que está al fondo es amarillenta, el acordeonero es ridículo, el cantante también. Todo, todo sin excepción es de una podredumbre preciosa. Y cuando uno reúne tanta miseria en un solo sitio, surge una obra de arte. En cambio, el nuevo video es tan estilizado, tan falso, tan Star War Episodio II que uno lo ve y siente pena por Robinson y por aquellos gloriosos años noventa. Desde el muñequito del comienzo —que ni es santo ni diablo— hasta el pasecito de Silvestre, que dicho sea de paso se lo robó a Franklin Moya, todo es de una torpeza simpar.

En fin, ahí está Silvestre cagándose en nuestro pasado, creyéndose salvador cuando lo que hace es ganarse treinta piezas de plata. Cagarse en el pasado es muy duro. Sí, señor. Pero a Silvestre Dangond le salió facilito. Y esto ocurrió porque cuando no se tiene la inteligencia para reconocer la magnanimidad y perfección de lo bello, la cagada fluye como el río de Heráclito.

Les dejo el video de «El santo cachón», el bello, el perfecto.

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