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Volver a la escuela, una historia circular

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Volvemos a las escuelas y qué llevamos de nuevo. ¿Hay un interés real de los docentes de cambiar en algo esa relación con el estudiante que en este año empieza a renovarse?

Dos seres totalmente distintos vuelven a la escuela. Por un lado, el joven que —morral en la espalda— camina mientras cabecea una canción de Canserbero. Va un tanto tranquilo tal vez por el ritmo de la canción o por la ingenua fantasía sexual cumplida en la ducha. Es un jovencito más, feliz, ignorante, que vuelve a la escuela. Por otro lado, el profesor. Las deudas de dos bancos en su cabeza, el andar cansino, algún gesto de fastidio por el exceso de responsabilidades y la esperanza —siempre la esperanza— de aquella justicia divina que sabe darle buenos finales a los hombres, y que tanto vio en las telenovelas que formaron su intelecto.

El encuentro de estos dos seres resulta chocante, a pesar de que sus personalidades tienen un punto en común: la ignorancia. Entonces, lo que los confronta, más allá de la edad, es la forma en la que ven el mundo. De alguna u otra manera, los profesores se creen la idea de que enseñan y forman para la vida en sociedad. Que han descifrado la manera correcta de vivir. Los estudiantes, por su parte, sin detenerse a reflexionar, actúan conforme a lo que le presentan las modas juveniles del momento. Nunca estas modas son las adecuadas, según las consideraciones del maestro ni según cualquier manual de convivencia de ningún colegio del planeta.

Empiezan, entonces, los desacuerdos. El uniforme debe portarse de cierta manera, el peinado debe ser así, los labios no deben tener color, la falda no puede ser tan corta, los pantalones no pueden estar tan ajustados, etcétera y etcétera. Y estas son las simples formas en las que se empiezan a coartar a los niños. Pero más allá de estas órdenes tan explícitas para empezar a moldear al estudiante, están las clases —aburridas y reiterativas— que enseñan, sobre todo, a no permitir ningún atisbo de cambio en el alma de ninguna de estas personas.

Ese es el tema. Empieza el nuevo año, vuelven los niños y los jóvenes con sus sueños y con toda la posibilidad de imprimirle cambio a las sociedades. Y volvemos, también, los docentes. Que no hemos aprendido a mirar más allá del fin de mes donde, creemos, se solucionan todos los problemas. ¿Ya pagaron? ¿Llegó el aumento? ¿Vino la bonificación? Esas son nuestras prioridades, porque hemos aprendido a sobrellevar la vida pagando deudas y a comprenderla a través de un televisor.

Por eso, prefiero la ignorancia de los estudiantes. El joven mira por la ventana del salón a la chica que le gusta mientras el profesor de ética habla de abstinencia. El niño pregunta al profesor de lenguaje para qué sirve aprender eso de los movimientos literarios, y el profesor lo castiga. El estudiante celebra el timbre que anuncia el comienzo de la hora del recreo, y el profesor oculta esa pequeña felicidad. Es mucho más divertida la ignorancia de los niños. A ellos se las acepto, los disfruto, río y los comprendo. Pero esos profesores que no leen, que no se informan más allá de lo que les afecta el bolsillo, esos adultos cuyos sueños se reducen a sobrevivir hasta donde les alcanza el sueldo me resultan despreciables.

Volvemos a las escuelas y qué llevamos de nuevo. ¿Hay un interés real de los docentes de cambiar en algo esa relación con el estudiante que en este año empieza a renovarse? ¿O pasará lo de siempre y nos volveremos a dejar llevar por la monotonía alienante? El despertador, el desayuno, el fastidio, el cansancio, pagar, comprar, pagar, prestar y pagar. Y luego, hasta el niño más inquieto empieza a seguir ese modelo. Ninguno recuerda la clase de ayer. Para el niño y para el profesor, la escuela es un trámite que cumplen sin entender bien por qué.

¿Cabe la posibilidad de que la historia de estos dos personajes empiece a cambiar? De ser posible, el cambio está en manos del profesor. Pero he visto que, hasta el más sindicalista, transgresor y rebelde, busca domar al estudiante con ideas conservadoras. Y mientras se mantenga esta generación de docentes amainados mentalmente, será imposible que pueda funcionar cualquier metodología de enseñanza.

Sonará el timbre que indica el final de las clases. El joven saldrá caminando despacio y con el ceño fruncido por el sol que ahora agobia y por las reprimendas recibidas. El morral pesará un poco más y, a medida que pasen los días, empezará a acumular actividades que realizará casi mecánicamente con ayuda de un celular o un computador.

El profesor también habrá terminado la jornada, sentirá la garganta seca y adolorida, un leve alivio se le confundirá entre el deber cumplido y el anhelado descanso. Estos serán sus días todo el año hasta que la tensión llegue a tope. Sin embargo, al llegar al periodo final, al día definitivo de los resultados de todo el año, el profesor, menos emocionado que el alumno, mostrará la nota de aprobación. El estudiante sentirá felicidad, aunque eso haya significado ser menos joven y menos soñador.

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