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¿Irse a Europa o quedarse en América?

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Siempre es mejor irse a Europa que quedarse en este inmenso jardín del Edén que es América. En este huerto virginal, en esta selva tupida, en esta pila de monte es imposible alcanzar la inmortalidad.

No se habían reposado aún las mallas del arco de Boca Juniors, cuando ya la gente estaba poniendo a Juan Fernando Quintero en el fútbol europeo. En las redes sociales, muchos se preguntaban si aún el jugador tenía opciones de irse a España para jugar con el Real Madrid. Al día siguiente Marca, el diario deportivo español, titulaba así una nota sobre el volante colombiano: «Juan Fernando Quintero abre de nuevo la puerta a Europa en enero».

José Luis Armenteros y Pablo Herrero —compositores españoles— escribieron una canción sobre América. El tema, ampliamente conocido por la interpretación de Nino Bravo —de quien sospecho es más recordado aquí que en Europa—, se llama América, América. La canción retoma la visión europea colonial sobre América: «Todo un inmenso jardín, eso es América. Cuando Dios hizo el Edén pensó en América».

Ambas circunstancias —el evidente deseo de muchos de ver a Quintero en fútbol europeo y la visión que sobre América persiste en la canción de Nino Bravo— vienen a reforzar la idea que nosotros tenemos de nosotros, y que es la misma que los europeos nos han impuesto. Utilizo ambos casos para cuestionar nuestro deseo perpetuo de irnos a Europa a buscar la iluminación y la gloria que este inmenso jardín —eufemismo de monte— no nos puede brindar.

En cuanto a Quintero, el comentario en redes sociales de iletrados y doctos se olvidaba de que hace apenas dos años Quinterito era casi un exjugador. Había venido al Deportivo Independiente Medellín sepultado del mismo continente en que ahora añoran verlo. Quintero estuvo casi cuatro años entre Italia, Portugal y Francia. Y con él no pasó nada por allá. Fue desechado. Llegó al DIM repatriado y con más futuro en el reguetón que en el fútbol. Medellín lo acogió, le dio confianza y lo puso nuevamente en circulación. Por eso River decidió llevárselo.

Cuando Quintero hizo el gol, parecía que lo importante no era el triunfo logrado en América —el zapatazo le aseguraba a River Plate su cuarto título continental—, sino los que podría lograr en un futuro cercano en Europa. Porque tal parece que por mucha gloria que tengas aquí nunca será suficiente si no triunfas en el Viejo Continente. Porque nuestros triunfos son de quinta como nuestro fútbol.

Detrás de esta idea de salir al futbol europeo se esconde la tragedia de nuestros campeonatos nacionales. Aquí —no estoy diciendo nada nuevo— apenas un chico despunta, se lo llevan a Europa a buscar la gloria, la fama y la fortuna. Y el caso es que muchos de ellos regresan jóvenes aún, pero con el fracaso a cuestas. A un entrenador le escuché una vez decir que son miles los jugadores latinoamericanos de diversas disciplinas deportivas que salen todos los años a buscar la gloria a Estados Unidos o Europa. Y al ruido inicial de las cámaras y luces de la partida en los aeropuertos, le sigue el silencio del fracaso al regreso.

Con todo, siempre es mejor irse que quedarse en este inmenso jardín del Edén que es América. Porque en este huerto virginal, en esta selva tupida, en esta pila de monte es imposible alcanzar la inmortalidad. Esta tierra, a lo sumo, está hecha para unas vacaciones en verano, cuando Europa está cundida de nieve.

Y esto no pasa solo en el fútbol. Las ciencias, las artes, la moda, la literatura. En todos estos ámbitos persiste la idea colonial de hacernos grandes en Europa. Si quieres ser un escritor admirado ve a Barcelona. Si quieres triunfar en la moda debes ir a Milán. ¿La ciencia? Cambridge. ¿La pintura? París. De aquí partimos a «hacer la Europa».

Hasta comienzos del siglo XX, millones de europeos llegaron a nuestro continente a «hacer la América», que era como le llamaban a la idea de hacer fama y fortuna en el Nuevo Mundo. Muchos vinieron también a construir sus familias. Y a pesar de que esta tierra les dio riqueza y prestigio, aún añoraban su continente olvidado. Esa idea de volver persiste dos y tres generaciones después.

Inmigrantes europeos llegando a suelo americano

Hace poco, un viejo amigo de la escuela me contó que su hermano había decido dejar un trabajo bien remunerado en Bogotá para instalarse en una ciudad de Italia. Se fue con la intención de pedir la ciudadanía italiana porque su bisabuelo había nacido allá y emigrado muy joven a Colombia. La idea era, por tanto, recobrar su pasado europeo usurpado por la torpeza de un notario colombiano que había cambiado la e final de su apellido por una s.

Según me cuenta mi amigo, su hermano no solo iba en busca de un apellido, sino también de la gloria que Colombia había sido incapaz de darle. Se fue a pesar de la enorme carga tributaria europea y a pesar de que, por muy ciudadanía italiana que tuviera, siempre iba a ser un extranjero.

Hacer fama y fortuna en Europa siempre es más difícil cuando no tienes ningún talento especial. En Europa eres bienvenido si tienes algo excepcional que hacer o un talento que mostrar. De lo contrario, llegas a engrosar una larga lista de africanos, sirios y sudacas. Usurpadores de los privilegios de esa camada de gente del primer mundo.

Cuando escribo todo esto, pienso otra vez en el futbol. Y pienso en Lionel Messi. Messi «hizo la Europa» hace mucho tiempo y sin mayores contratiempos. Y, sin embargo, yo sospecho que él cambiaría toda la gloria alcanzada en Europa por un trofeo en ese inconmensurable jardín que son las pampas argentinas.

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