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Junior de Barranquilla, un equipo magicorrealista

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En el fútbol, Junior es lo más parecido a Macondo. Sobre él se cierne la fortuna y la desgracia, el más deslumbrante prodigio y la más vergonzosa desventura.
 Foto de Vanexa Romero /ETCE


García Márquez y el Junior

Junio de 1950. Gabriel García Márquez entra al estadio Romelio Martínez dispuesto a convertirse de una vez y para siempre en hincha del Junior de Barranquilla. Faltan diecisiete años para que aparezca Cien años de soledad, pero él, siempre intuitivo, ha empezado a sospechar que esa novela la está escribiendo su sangre, que la lleva a todas partes y que todo lo escrito hasta ahora —y lo que ha de escribir después— es el esbozo de una trama frenética y embrujada llamada Macondo, el lugar de todas las cosas.

El Millonarios de Di Stéfano visitaba la cancha del municipal, en uno de esos partidos donde tendrían que haber existido los teléfonos celulares para grabar una clase magistral de fútbol. En cancha, estaban el brasilero Heleno «el príncipe maldito», a quien Gabo compararía con un escritor de novelas policíacas: «Su sentido del cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía».

Haroldo, también carioca, sería del mismo modo un maestro destacado en el arte de la laboriosidad. García Márquez lo comparó con otro escritor curtido en el oficio de escribir lo que sea: «Habría sido una especie de Marcelino Menéndez y Pelayo, con esa facilidad que tiene el brasileño para estar en todas partes a la vez y en todas ellas trabajando, atendiendo simultáneamente a once señores, como si de lo que se tratara no fuera de colocar un gol sino de escribir todos los mamotretos que don Marcelino escribiera».

De aquel día nació El juramento. Un texto breve con dejos de decreto ligero donde el Nobel narra cómo llegó a pertenecer a la santa hermandad de los hinchas. Surgió entonces una simpatía por el fútbol de la que no hay rastro salvo en esporádicas anécdotas y notas de prensa. Su literatura está plagada de cultura popular, de maestría narrativa, de ironía, de mentiras y realidades. Pero no de fútbol. El fútbol quedó intrincado y suspendido en una maraña de especulaciones sobre el motus animi continuos que es, según Cicerón, de lo que se vale un artista para crear.

Tan lejos quedó el futbol de su literatura que hoy ni la más ilustre academia universal ni los estudiosos más puntillosos pueden dar cuenta absoluta y definitiva sobre lo que Macondo ha legado al fútbol. Esa respuesta la tiene Tu papá, el Club Atlético Junior.

El fútbol de lo absurdo

En el fútbol, Junior es lo más parecido a Macondo. Sobre él se cierne la fortuna y la desgracia, el más deslumbrante prodigio y la más vergonzosa desventura. Junior, al igual que Remedios, asciende con incuestionable naturalidad a lo más alto de la tabla de posiciones y no sale de ahí durante todo un semestre, para luego, en el juego por un cupo a la semifinal de la Liga Águila II (2017), quedar eliminados en casa a manos de un escuálido América de Cali.

En la retina y el recuerdo de los hinchas junioristas quedaron las incontables paredes que se tejieron entre Chará y Teófilo Gutiérrez en esa temporada para destrozar defensas y golearlas en cualquier cancha del país. Un equipo que era lo suficientemente temible en su ataque como para compensar su elemental funcionamiento defensivo. Al lado de lo que debería ser lógico en Junior, se agazapa siempre una mueca pasmosa.

Con Junior asistimos a un taller de escritura creativa que no tiene precedentes cuando de escribir absurdos se trata. Lo increíble, que bien supo amalgamar García Márquez con la superstición del Caribe, halla en Junior a su más acérrimo representante. Si no que lo diga el piojo Acuña quien, en 2008, se desplomó, ligeramente empujado por las alas del viento, a cuatro metros del defensa rival más cercano, simulando una infracción. El árbitro sonó el silbato y fue penal para la escuadra tiburona. El portentoso narrador Édgar Perea lo catalogó, muy a su pesar, como el penal más insólito del fútbol colombiano.

Los hinchas salieron a celebrar en la madrugada el supuesto título.

En el año 2014, el conjunto tiburón fue carne de carroña para los creadores de memes en internet. Junior disputaba el título del campeonato con su más antagónico rival: Atlético Nacional. El partido de ida había terminado un gol por cero a favor de los barranquilleros. Pero en Medellín, en el partido definitivo, Nacional se coronó campeón por la vía de los penales, tras haberle ganado a Junior dos por uno.

Al día siguiente, muy temprano, circuló por las redes sociales un tuit que afirmaba que la Dimayor, por oficio, decretaba a Junior campeón de la liga, puesto que Nacional había alineado a 12 jugadores en determinado tramo del partido y había realizado cuatro cambios. Nada menos creíble. Sin embargo, los hinchas del Atlético Junior recibieron la noticia como veraz y salieron por las calles a celebrar el supuesto título.

Caravanas de motos y carros, banderas rojiblancas por doquier, una madrugada soñada para cualquier hincha del Junior. Pero pronto saldría el sol y la Dimayor despejaría el falso rumor. Se trataba, como debió saberse desde el principio, de una fake news. Las calles quedaron despejadas, como en un primer día de enero. Y vinieron los memes. ¡Celébralo Curramba!

La peste del olvido

Nunca un técnico de fútbol ha sido más olvidadizo que Alexis Mendoza. Naturalmente, no tiene la culpa. Una extraña enfermedad, producida por el insomnio prolongado al planear de forma tan meticulosa tantos partidos al año, se apoderó del entonces técnico de Junior. Mendoza, que en otro tiempo fuera un gran y precavido defensor, dirigía el partido de ida de la semifinal del torneo entre Junior e Independiente Medellín, con empate momentáneo a dos.

El estratega, visiblemente contagiado por la peste macondiana del olvido, no advirtió que el reglamento de la Dimayor solo admite tres jugadores extranjeros en cancha, no cuatro, como terminó ocurriendo.

Alexis Mendoza, furioso al darse cuenta del error.

Los asistentes del equipo rival esperaban que se sustituyera a uno de los extranjeros que jugaban hasta ese momento el partido. ¿Será Ovelar? ¿Será Bareiro? Viera no puede ser porque es el portero. Ninguno de los tres. Sale de la cancha el colombiano Gustavo Cuéllar para darle paso al delantero Argentino Luis «el animal» López. De inmediato, Leonel Álvarez, técnico del “poderoso” señaló el número cuatro a sus jugadores y les advirtió de lo sucedido.

Pasados los días, el tribunal deportivo falló a favor del Deportivo Independiente Medellín, declarando a Junior perdedor por tres goles a cero. El onceno barranquillero quedó en la obligación de ganarle a su rival en Medellín por goleada y con la necesidad de conservar el arco propio en cero. Una final regalada: «Héctor Fabio Báez (delegado y gerente deportivo de Junior) siempre me lo decía y hoy se nos pasó a todos. La responsabilidad es mía», manifestó el entrenador en rueda de prensa posterior.

Melquíades y Comesaña

Todo equipo histórico tiene sus leyendas: jugadores o entrenadores que tuvieron la gloria en las manos. Junior no es la excepción. Carlos Valderrama encabeza la lista, la continúan Iván René Valenciano, Víctor Danilo Pacheco, José María Pazo, etc. Sin embargo, ninguno de ellos ha demostrado tanto amor al Club Atlético Junior como el uruguayo Julio Avelino Comesaña.

Comesaña, tal como lo hiciera Melquíades, es el hombre que vuelve de la muerte al mundo de los vivos. Cuando se cree que ya su ciclo ha terminado con Junior, Comesaña vuelve a ponerse al frente del equipo. Luego, tras una mala racha, y una que otra pelea con don Fuad Char, es despedido.

A Úrsula no le gustaba mucho la amistad de José Arcadio Buendía con Melquiades, de modo que se quitaba un peso de encima cuando éste se iba. Pero Melquíades siempre vuelve, Úrsula, no lo olvides. Comesaña regresará de nuevo cuando Mendoza se equivoque otra vez y el barco, a la deriva, necesite otro timonel. No es casual que haya sido Melquiades quien preparara la bebida con la que Macondo se curó de la peste del olvido. Profecía literaria de altísimo acierto, porque es Comesaña quien reemplazó a Mendoza después de la desmemoria.

En Macondo, Melquiades termina viviendo en casa de los Buendía. Tal como se espera que termine pasando con Comesaña, pero en el banquillo tiburón. Comesaña sabe, como aquel desarrapado gitano, los secretos de la alquimia futbolera del Caribe. Sabe cómo gestionar un equipo plagado de estrellas o sin ninguna y, aún mas categórico, conoce los secretos de la familia que manda en el pueblo.

Lo maravilloso

Junior suele provocar éxtasis cuando quiere. En un partido reciente, por ejemplo, perdía tres goles a cero en Barranquilla y frente al vigente campeón, Deportes Tolima. ¿Quién puede creer en una remontada? Solo un hincha de Junior. Porque el hincha de Junior está entrenado en lo inverosímil. No importa si ha leído o no media página de Cien años de Soledad, los junioristas saben que el equipo habita en los linderos de lo real y lo maravilloso. 

La realidad marcaba una contundente derrota que tenía todos los pronósticos de ser peor en la segunda mitad. Sin embargo, Junior se acuerda que es Junior y con un fútbol demoledor termina ganando el partido cuatro goles a tres.

En las próximas semanas, Junior puede instalarse para siempre en la gloria mágica del futbol si gana los dos títulos que disputará. El primero, y más importante, el de la Copa Sudamericana. Sería su primer trofeo continental. El otro, el de la Liga colombiana frente a Medellín. Duelo de eternos subcampeones.

De lograr los dos títulos, podríamos gritar de verdad: ¡Celébralo Curramba!

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