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La filmación de La langosta azul y el papel de García Márquez en el cortometraje de Álvaro Cepeda Samudio

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Cuando García Márquez afirma que «algo puse yo que hoy no recuerdo», permite entrever que su participación fue poco significativa para la consecución final del corto.

Sobre la fecha exacta en que fue filmada La langosta azul no hay certeza. Daniel Samper Pizano recoge las palabras de Tita de Cepeda —viuda de Álvaro Cepeda Samudio— y afirma que pudo haber sido a finales de 1954 o comienzos de 1955. En ese mismo sentido, habla Jacques Gilard en su trabajo compilatorio sobre las notas periodísticas de Gabo en Bogotá. La misma Tita, sin embargo, en un artículo publicado el año anterior en El Heraldo afirma que era el año de 1954 «cuando Álvaro se plantó frente a la cámara Bolex de 16 mm».

Sobre la participación directa de Gabriel García Márquez en la filmación de la película todo parece más claro. Por la fecha en que los amigos del Grupo de Barranquilla estaban en La Playa filmando La langosta azul, Gabo estaba en la edición de El Espectador escribiendo de manera anónima la sección Día a día y las notas sobre El cine en Bogotá. Que haya aparecido en los créditos de la película lo considera Gilard como un «efecto de esa amistad que fue el cemento más sólido en la cohesión del Grupo de Barranquilla» y que meses atrás había tenido una manifestación precedente.

Cepeda había publicado el libro de cuentos Todos estábamos a la espera, y García Márquez lo catalogó en una columna dominical de El Espectador como «el mejor libro de cuentos que se ha publicado en Colombia». El mismo Gabo reconoció que no participó en la grabación de La langosta azul porque «me encontraba en medio de alguno de aquellos reportajes prolijos que no me dejaban tiempo para respirar».

Con las cosas no tan claras sobre la fecha puntual de la filmación, es lícito pensar que, en un diciembre de 1954, Álvaro Cepeda Samudio, Luis Vicens, Enrique Grau, Cecilia Porras, Nereo López y Guillo Salvat caminaban por las enlodadas calles de La Playa pensando cada toma, cada plano, cada entrada, para no malgastar las pocas herramientas tecnológicas con que contaban.

Los que no conocen mucho sobre el tema, le dan un papel importante a García Márquez en la creación del cortometraje. Los que han investigado al respecto saben que La langosta azul es producto de la mente festiva, caótica y prestidigitadora de Cepeda. Cuando García Márquez dijo que «el papá por derecho propio fue Luis Vicens», lo hizo quizá pensando en la paternidad asumida por el sabio catalán dentro del Grupo de Barranquilla y en su leve experiencia sobre la técnica cinematográfica.

Luis Vicens era el único que por la época había tenido contacto con la creación cinematográfica. En París, había colaborado con L’écran francais, publicación dirigida por Georges Sadoul. Y en Colombia había sido el creador del Cine Club Colombia en Bogotá y posteriormente había replicado esta misma idea en Medellín y Barranquilla.

Así también, cuando García Márquez afirma que «algo puse yo que hoy no recuerdo», permite entrever que su participación fue poco significativa para la consecución final del corto. Si en algo ayudaron los demás miembros del grupo, fue quizá en la parte técnica. Pero lo que dice el corto —si es que intenta decir algo—, la trama, los parajes y los personajes estuvieron siempre en la mente de Álvaro Cepeda. Constituyeron siempre la base de su estética literaria y cinematográfica.

Solo cuando uno se hace una idea de quién era Álvaro Cepeda puede entender el sentido de La langosta azul. El Cepeda de 1954 era un muchacho de 28 años que meses atrás había publicado, casi obligado por Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor, la colección de nueve cuentos titulada Todos estábamos a la espera. García Márquez lo describió por la época como un hombre con «cierto aire de chofer de camión y al mismo tiempo de contrabandista de sueños».

La imagen que nos legaría Cepeda sería la misma siempre: la explosión de la voz, el cuerpo cincelado, el cabello profuso, el tabaco en la boca, las sandalias a donde fuere, el estilo desestilizado. El periodista Ramiro de la Espriella lo definió como un «ser irreal que quería engañar su propio pavor, y que a veces a fuerza de tanto gritar parecía totalmente callado». Con esta imagen, no es raro que, en algún momento, un teniente recién llegado al Caribe le confundiese con el Che Guevara.

Periódicos, libros, y películas. Muchas películas. El cine recorrió la vida, los pensamientos y la obra escrita de Álvaro Cepeda. El pueblo de La langosta azul ya lo había pintado antes en algunas crónicas y notas periodísticas, y lo continuó pintando después en Los cuentos de Juana y La casa grande. El salitre mezclado con el fango, los niños jugando en la playa, las casas de madera: todo estuvo siempre en la mente de Álvaro desde sus primeros años en Ciénaga. El cine, decía, «era el arte moderno por excelencia, el arte más importante y adecuado de este tiempo».

Antes de La langosta azul, la incipiente industria cinematográfica nacional había filmado, durante la década del veinte, algunas películas con argumentos de corte romántico y costumbrista. En los cuarenta y cincuenta, con una industria en ruinas, predominaron los documentales con tintes históricos, políticos y profundamente nacionalistas. Álvaro y sus amigos se superpusieron a todo ello y propusieron una estética cinematográfica que trascendía cualquier deseo de evidenciar un nacionalismo insuflado o un costumbrismo inane.

La langosta azul tiene menos que ver con el surrealismo de Buñuel y más con el espíritu del hombre Caribe —cualquier cosa que ello sea—. Si el cortometraje utiliza los planos abiertos de las playas y calles del pueblo, lo hace para privilegiar la estética visual del Caribe antes que para mostrar el ambiente provinciano de la época. La Langosta azul se abstrajo de abordar la política nacional y denunciar la dictadura de Rojas Pinilla, y abordó la preocupación mundial por la guerra atómica. Pero esa preocupación por la geopolítica no es tal si vemos cómo La langosta azul está aderezada con tintes de ironía y mamagallismo tan propios de la humanidad de Cepeda.

El cortometraje de Cepeda y sus amigos sigue suspendido por siempre sobre nuestro cielo. Va y viene como la cola del papagayo en que fue elevada aquella langosta atómica. Seguirá ocupándonos por siempre y recordándonos que hace mucho tiempo un grupo de intelectuales atípicos lograron escribir, pintar y filmar un pedazo inconmensurable de nuestro Caribe.

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