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La literatura y los premios

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Los premios literarios son como los reinados o los realitys. Al año siguiente, ya nadie recuerda a los ganadores. Por el contrario, los grandes libros de literatura perduran en la mente de las personas.
Elvira Sastre, ganadora del premio Biblioteca Breve

Hace varias semanas, la escritora, poeta, instagramer y twitera española, Elvira Sastre —la meliflua, simplona y efectista, Elvira Sastre— recibió el premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral. Este mismo premio lo han obtenido grandes escritores como Vargas Llosa, Carlos Fuentes o Guillermo Cabrera Infante. También, hace unos días Juan Gabriel Vásquez fue nominado al premio británico The Man Booker Internacional. Estas dos circunstancias, permiten la siguiente breve reflexión sobre los premios literarios y la literatura.

Los premios literarios poco tienen que ver con la literatura. Mientras los premios literarios son anuales o bienales, una buena novela, una gran novela, surge cada diez o veinte años. Y me reconozco optimista porque a veces pueden pasar décadas para que surja una nueva gran novela. Los premios, por tanto, premian por necesidad o por mantenerse vigentes, pero pocas veces lo hacen siguiendo el criterio de calidad literaria.

Los premios literarios son como los reinados o los realitys. Al año siguiente, ya nadie recuerda a los ganadores. Pero los grandes libros de literatura perduran en la mente de las personas. Y más que eso, definen una época o sociedad. Premiar un libro es ignorar otros, muchos otros, que quizá son mejores que el que mereció las loas.

Ningún premio literario es grande per se, sino porque un libro ha logrado inmortalizarlo. Si el Rómulo Gallegos —que por cierto era el premio literario más prestigioso de América Latina y cierto dictador lo mandó para la mierda— tiene el reconocimiento de la comunidad de escritores de Hispanoamérica es porque libros como Los detectives salvajes, Cien años de soledad, El desbarrancadero o La casa verde lograron volverlo un referente de la literatura que se escribe en español. Eso y no al revés. Cuando Cien años de soledad ganó este premio, ya sus ventas se contaban por cienmiles. Cuando Bolaño ganó con Los detectives, ya toda la España literaria conocía su obra.

Para hablar de este tema siempre se recurre al mayor premio literario que se le puede dar a un escritor vivo, el Nobel de Literatura. Hoy el Nobel es un cementerio de nombres de gente que nadie lee, que nadie cita, que nadie recuerda.

Para lo único que sirven los premios literarios es para aliviar las penurias y el hambre de un solitario escritor que, con hambre, teclea en un apartado estudio con la idea ilusa de que eso que escribe sirve para algo. Por lo menos para llevar el pan a la casa. Y de eso sí que sabía Bolaño, quien en su cuento Sensini contó —desde su relación con Antonio di Benedetto— las penurias del escritor cazaconcursos.

Con todo, es mejor ganarse un premio que nunca hacerlo. Porque, como dijo Pambelé, siempre es mejor ser rico que pobre. Y porque a todos nos viene bien un poquito de reconocimiento.

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