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La narrativa intrascendente de Juan Gabriel Vásquez

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El origen de todas mis decepciones está en que la narrativa de Juan Gabriel Vásquez la encuentro sosa e ingenuamente predecible.

Algunos medios nacionales, henchidos de orgullo, daban la noticia de que el escritor Bogotano, Juan Gabriel Vásquez, había sido nominado al premio británico The Man Booker Internacional. Si bien el veredicto final se conocerá el próximo 21 de mayo, la prensa se mostraba entusiasta. Emoción por sentirse representados en el ámbito literario, emoción porque un colombiano da pasos de gigante en el mundo de las letras, emoción –pero sólo esa emoción nacionalista– de sentir que el resto del mundo mira por un instante este país. Pero más que amor de patria, a mí la noticia sólo me ha causado decepción.

La primera decepción, como dije, fue con los medios; que más allá de dar la noticia, se apoderan de las emociones del pueblo. Que nunca han mostrado ningún interés por presentar con ojo crítico la labor del escritor, y sólo aparecen para festejar, con él, sus pequeños triunfos. Decepcionado también con los certámenes, concursos o premios literarios que, cada vez menos, entienden de literatura; pero que siempre se muestran (los medios ayudan a eso) como las ventanas para mostrar lo que se debe considerar como literatura de calidad. El vuelo de una obra no se debe medir por ninguna de estas estrategias de la industria editorial; la decisión de sentirse orgulloso o decepcionado, debe tenerla el buen lector en su soledad con el libro.

Precisamente, el origen de todas mis decepciones está en que la narrativa de Juan Vásquez la encuentro sosa e ingenuamente predecible. Es un literato de una extraña condición. Por lo general, el escritor sin talento no suele tener ideas claras, coherentes y mucho menos interesantes sobre las consideraciones de lo literario ni de su influencia en otros ámbitos como la Historia, la cultura o el arte en general. Un intelectual que maneje bien estas ideas, tiene una alta consciencia y una rigurosa valoración de las obras y, sobre todo, de su propia obra. Lo extraño en Vásquez es que, a pesar de manejar con claridad la concepción de lo literario, a pesar de mostrar erudición sobre el tema, no tiene idea de lo que es hacer prosa de calidad.

En su libro de ensayos, «Viajes con un mapa en blanco», Vásquez logra unas reflexiones interesantes a través de un lenguaje que no pierde en profundidad, a pesar de ser sencillo y entretenido. Las reflexiones giran en torno al arte de novelar. Y según entiende el escritor, la novela es la única capaz de concentrar, más que cualquier otro género, las veleidades del espíritu humano. Esta idea le da relevancia a la construcción de los personajes en las novelas. Los diferentes personajes que se han creado al través de la historia de la literatura en las novelas, han dado cuenta de la evolución espiritual de los hombres, de las condiciones ontológicas de la raza humana.

Esta maravillosa idea, repito, le da valor a la construcción de los personajes. Pero al echarle un vistazo a las novelas de Juan Gabriel Vásquez, resultan estar llenas de personajillos sin alma y sin carne. Unos fofos personajes de papel que sólo llegan a representar antiguas y aburridas moralidades. Su amor por el Realismo y la perspectiva crítica de este, en su obra se vuelve una nostalgia por los hechos violentos de la historia colombiana. Una nostalgia que nunca es el recuerdo sentido y furibundo de una generación, sino el lloriqueo de un personaje sin fuerza. La realidad en su obra es el recuerdo de un personaje intrascendente y condenado al olvido.

Sus novelas casi nunca tienen intensidad. Escribe con la nostalgia de uno de esos extintos poetas mártires, buscando reflejar con la soledad y el dolor, su sensibilidad por la violencia. Pero estos sentimientos nunca afloran. La temática de la soledad, en sus novelas, se confunde con el aburrido vacío. Con la carencia de un momento discordante en la trama o con la monótona tristeza. Y nunca logra hacerle contrapeso a esta sensación con técnica, con manejo del lenguaje. La sensación de aburrido sentimentalismo, combinado con la falta de ritmo, de intensidad narrativa, hace que sus novelas siempre pierdan fuerza e interés.

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