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La pureza vital de las groserías

De niño la llamaba plebedad, grosería, vulgaridad o, simplemente, mala palabra. Con el tiempo, he encontrado otras formas para definir lo abyecto y lo obsceno del lenguaje. Soez, procaz, palurda, sicalíptica, insolente, lenguaraz, descomedida. Llámenla como quieran llamarla, la palabra impúdica estará siempre allí para recordarnos que el hombre deambula entre lo moralmente aceptable y lo exquisitamente decible. Solo la vulgaridad alcanza dimensiones significativas que ninguna otra palabra puede tener.

Confinada en lo marginal, la palabra impúdica ha sabido enriquecerse en su contenido y renovarse en su forma. Después de la ciencia y la tecnología, donde mejor se ve la productividad de una lengua es en sus plebedades. Piénsese en las mil y una formas para decir verga y coño. Cada región, cada país, tiene las suyas.

Los güevos, las chácaras, las bolas: los testículos. El tolete, la verga, la picha: el pene. El coño, la chucha, la panocha: la vagina. Se haría un compendio de mil páginas con todas las formas para referirse a los genitales del hombre y la mujer, y todos estarían siempre en el terreno de lo abyecto.

Ni hablar de la palabra impúdica que sirve de escarnio. El insulto procaz —esa expresión que media entre la soberbia y la sensatez— define de un zarpazo cualquier disputa. Hay que ser, sin embargo, muy cuidadoso al usarla. Y si el interlocutor es inteligente sabe que, ante la sentencia descomedida, lo que sigue es el silencio reflexivo y vergonzante.

Yo no imagino a un Coronel puro, explícito e invencible respondiendo «Nada» o «No sé». Ni mucho menos imagino a su mujer respondiéndole «Mierda comerás tú». La mujer era insistente y él callaba. El Coronel no podía responder de otra forma; como su mujer tampoco podía continuar la conversación. Lo que tenía que seguir allí era el silencio inflexible que para nosotros es el final de la novela. «Mierda», respondió el Coronel y silencio guardó su mujer.

En la procacidad hallo más fuerza que en la oración sacramental. Más contundencia y exactitud tiene la palabra impúdica que todos los proverbios del mundo. Ninguna otra expresión resuelve mejor un conflicto que un madrazo bien lanzado, preciso, contundente.

I Modi, Marcantonio Raimondi

Víctor Yerena —amigo de universidad y quien tiene el don de ser el desorientado más genial del mundo— se enfrascó en una discusión estéril con otro de mis amigos. Eran las cinco y media de la madrugada y esa noche nos habíamos mantenido despiertos a punta de café y galletas. Hacíamos —recuerdo— uno de esos trabajos finales de pedagogía que resultan pedregosos para cuatro muchachos que solo tienen cabeza para la literatura y el cine. Lo que no recuerdo es el motivo de la discusión. Solo sé que aquel amigo, Camilo Corby, se cebaba de manera brutal contra mi tocayo y este no aguantó y explotó:

—Vaya y coma mucha mondá— le dijo y hasta allí llegó la discusión.

Lo extraordinario de la expresión estuvo no solo en el uso del término mondá, sino en el encuentro inesperado entre esta insolencia —ya cotidiana, ya malgastada, ya saboreada por nosotros hasta el hartazgo— y el adverbio de cantidad.

Otra situación similar ocurrió esta vez en la web. Hace un tiempo veía un documental en YouTube sobre un cantante vallenato. Como suelo hacerlo, me dirigí a leer los comentarios y el primero captó mi atención.

Una señora de recio talante cristiano decía en un largo párrafo que el artista en cuestión le había vendido su alma al diablo. Para la señora, «nadie tiene derecho a ser famoso y rico sin el beneplácito del que controla nuestro mundo». Incluso, llegó a afirmar que en una canción del artista había un mensaje cifrado en el que se menciona el sitio exacto donde se dio el pacto: «entre La Junta y Patillal, sobre lomas y sabanas».

Leí el comentario e inmediatamente viré la vista hacia una respuesta más corta, más escueta, más festiva:

—El pacto con el diablo lo hizo tu puta madre he dicho (sic).

La plebedad, en la medida que es expresión de la lengua y de la cultura de un pueblo, nada tiene que ver con la falta de esta ni con la moral. Mandar al carajo aquello que nos jode la vida no es síntoma de inmoralidad, sino el acto más puro que nos desnuda como humanos. Una grosería es siempre la forma más efectiva para restarle sacralidad a la vida. Pecar de palabra ya perdió vigencia y no por procaces somos iletrados o burdos.

Cuando me dicen que por soez soy inculto, pienso en los versos que escribió uno de los hombres más ilustrados del Renacimiento:

Mete un dedo en mi culo, papacito,
y clávame la pinga poco a poco;
alza bien esta pierna y haz buen juego,
menéate después sin cortesías.

Estos versos, recogidos bajo el título Sonetos Lujuriosos, fueron escritos por Pietro Aretino en el siglo XVI. Por la época, como era de esperarse, fue perseguido por los guardianes de la moral. Estos individuos han estado aquí eternamente dispuestos a enjuiciarnos y condenarnos en nombre del orden y las sanas costumbres. Y, sin embargo, terminan pisando siempre la mierda que ellos cagan. Los guardianes de la moral son siempre los mismos, repetidos en cada tiempo: viejitos entrecanos, de mirada intachable y hablar inmaculado; defensores de la norma, pero enemigos de las reales academias.

En el Caribe, la plebedad se canta conforme se cuenta. La palabra impúdica habita cada rincón de esta tierra y se manifiesta en cualquier calle o plaza de mercado. Solo aquí se reproduce con naturalidad y galopa tranquila, como canturreada por el viento. La mojigatería parece cosa de otras tierras o de otros tiempos. La exquisitez de la palabra impúdica se aprovecha en el Caribe para unir y crear relaciones. Un saludo entre compadres no es lo mismo si no se acompaña de una insolencia carismática.

Y como el Caribe es la mata de la plebedad, tiene sus grandes gestores y sus grandes obras. Yo pienso ahora en el difunto Cuchilla Geles —con su voz endiablada, su narración estrambótica, su aspecto de Mister Hyde africano y sus chistes largos y sobrecargados de imágenes grotescas—. Y lo veo como un bardo de otro tiempo, parado en una plaza de Cartagena: marginal, alcohólico, enfermizo y echándonos en cara todo su repertorio de vergas. He allí un hombre del Caribe.

Pero pienso también en artistas anónimos de la palabra impúdica, en aquellos que no necesitan de un rostro para volverse inmortales. La fuerza de sus palabras —como ocurre con los grandes poetas— termina haciéndonos olvidar el rostro. Famosa es, en redes sociales, la expresión «Kelly, pero qué mondá». Los veinte segundos más ilustres del último tiempo. La nota de voz más memorable de WhatsApp. Un ejemplo conspicuo del uso preciso de esas otras palabras:

¡Kelly, pero qué mondá! ¿Cuándo me vas a pagar esa verga, marica? Yo necesito la hijueputa plaza (sic) y a las tres y media paso por esa mondá. ¿Cómo vas a conseguir esa verga?, no sé. No sé, pero a mí ahora no me vas a salir con el cuento de que mañana ni una mierda. Paso por esa hijueputa mierda en media hora.

¿Han pensado alguna vez en el lugar que ocupa cada grosería en ese mensaje? Nunca son para ofender a la persona. Nunca para vilipendiar a Kelly. Siempre para hacer énfasis en que lo importante en la conversación, así valga verga, es la plata. ¿Hay acaso un acto de consciencia en esa voz anónima que trata a la plata de hijueputa o de hijueputa mierda o al denominarla verga o mondá? Cada grosería está en su punto. No es Kelly la hijueputa, no es Kelly quien vale mondá: es la plata o su ausencia y desesperada necesidad. Vaya acto de lucidez: esa voz anónima reconoce que, aunque la plata vale verga, la necesita.

La plebedad pura. La que se acompaña de la palabra ilustrada. La que demuestra la desfachatez y la ignorancia humana. La lujuriosa. La que invita al amor y a la carne. Todas son bienvenidas a mi mesa. Yo las seguiré utilizando como el desvergonzado que soy, mientras los otros —los guardianes de la moral y la palabra decente— siguen defendiendo una pureza que en la lengua nunca ha existido. Todos valen verga.

*@victorabaeterno

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