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Lucien Laurent y el primer eureka

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La hora cero de lo que sería un fenómeno global. Un estadio que ya no existe. Un goleador olvidado. Todas estas cosas se conjugan para recordar la fundación mítica de la Copa Mundo.

En Uruguay, 1930, se jugaron los primeros partidos por el orgullo de ser la mejor selección de fútbol del planeta. Franceses y mexicanos se enfrentarían en el partido inaugural. En Montevideo había una sensación que era a su vez euforia e indiferencia. Un campeonato del mundo era una idea arriesgada, mucho más si se jugaba en la geografía desconocida de un continente decorativo.

El arte de ser pioneros es también una forma de estar más cerca del olvido que del reconocimiento. De no resultar atractiva, la Copa Mundo debía reemplazarse por algún otro tipo de entretención futbolera. En una época donde la información en masa era solo un embrión gestante, la gente disponía de muy pocos argumentos para aficionarse por un equipo o un jugador. La figura del entrenador era lo más parecido a un general que recluta su ejército. El fútbol era el limbo.

Lucien Laurent

El partido de la fundación se disputó en Pocitos, el estadio del Peñarol. El Estadio Centenario, construido especialmente para el acontecimiento, aún no estaba completamente terminado. En aquel juego los europeos se impusieron 4-1 sobre los centroamericanos. Lucien Laurent, mediocampista francés, anotó el primer gol del partido, el primer gol de un Mundial de fútbol.

Laurent pertenecía a uno de los cuatro equipos europeos (Yugoslavia, Rumania, Bélgica y Francia) que decidieron embarcarse en un viaje de tres semanas hasta Uruguay para ser parte del proyecto del entonces presidente de la FIFA, Jules Rimet. Vivir del fútbol era tan quimérico como ahora vivir sin él. Lucien había jugado durante casi una década con el Cercle Athlétique de París y alternaba los partidos con su rutina laboral en las empresas Peugeot. Gracias a ello, llegó al Sochaux, club con el que la empresa mantenía un fuerte vínculo comercial.

El primer Mundial no detuvo a nadie de cumplir con sus labores y Lucien debió negociar su ausencia, aunque sin goce de sueldo, a cambio de ser parte de la primera convocatoria, una lista que tenía solo a los jugadores necesarios y viajó con un corto presupuesto asignado por la federación francesa.

En 1998, cuando Francia conquistó su título mundial y él era el único sobreviviente de la primera delegación mundialista, Laurent fue entrevistado por The Independent y describió con más o menos exactitud la jugada del primer gol: «Nuestro portero sacó hacia el defensa central, quien habilitó a nuestro extremo derecho (Liberati), este recortó al defensa lateral y envió un centro cruzado que rematé de volea al ángulo desde unas 12 yardas».

Entrar en la historia no representó para los franceses un júbilo demasiado especial: «Todos estaban contentos, pero no dimos una vuelta alrededor del campo. Un apretón de manos y volvimos al juego» , sentenció el exjugador francés, quien murió el 11 de abril de 2005.

Francia ganó solo el primer partido, perdió con Argentina y después con Chile; Laurente se lesionó en el encuentro contra la Albiceleste y fue suficiente motivo para no volver a ser alineado en la Copa del Mundo.

Fueron un total de diez participaciones con la selección las que acumuló en toda su vida. Fue parte de la victoria 5-2 sobre Inglaterra en 1931 y, nuevamente una lesión, lo marginó de la experiencia de Italia en 1934. Marcó otro tanto en compromisos internacionales y no hubo más para Lucien con la selección de su país.

Así luce hoy el monumento a la portería de Pocitos, en una esquina de Montevideo.

En 1939, le hizo frente a la Segunda Guerra Mundial, donde fue apresado por militares alemanes. Fue hasta 1943 cuando, al regresar, descubrió que su casa en Estrasburgo había sido saqueada. Entre las pérdidas estuvo la camiseta de la única Copa del Mundo que pudo jugar. Lucien Laurent jugó de nuevo con el Besançon FC y puso punto final a su carrera tres años más tarde: «Todos mis recuerdos siguen ahí, bien guardados en una esquina de mi vieja cabeza. Nadie puede robármelos», dijo en cierta ocasión Laurent.

Los recuerdos siempre mueren en las esquinas. Nadie pudo robarle a Laurent lo que hubo en una de las suyas, y nadie podrá robarle a Pocitos el honor de ser hoy la esquina cualquiera de una calle de Montevideo donde una Copa del Mundo gritó su primer eureka.

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