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Marzo es un rey de dos caras

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En marzo, la humedad parece dominarlo todo, como si ella gobernase sobre el mes y no al revés. Pero está claro que el rey es marzo.
La muerte del Cesar de Vincenzo Camuccini

Febrero es esperanzador y marzo, traidor. Los ariscos amagos del segundo mes del año se han disipado; y ahora, antes que el abrazo de la fría lluvia, están aparcados en la atmósfera unos días agobiantes saturados de una humedad inquebrantable. En marzo, la humedad parece dominarlo todo, como si ella gobernase sobre el mes y no al revés. Pero está claro que el rey es marzo.

Marzo es un rey. Uno de dos caras enemigas: una que se presume inmortal porque bebe en el pasado y otra que conjura silenciosa esperando los idus. En marzo, el capullo es flor y la flor es fruta. Los mangos inmortales, como cristales veraneros, dejan caer sus flores en la tierra. Con las lunas, de sus ramas surgirán, ubérrimos, los racimos preñados de verde. Los mamoncillos tiñen el patio con una lluvia florida para darle vida a millones de hijuelos. Y así avanza marzo: sintiéndose dios cuando apenas es un mortal rey de dos caras.

Con cada flor que cae al piso, con cada fruta que nace del ramaje de los mangos y los mamoncillos, la cara conjuradora del rey espera una señal. Una faz reina y la otra conspira. Una, confiada, se sienta en el trono; y la otra, recelosa, espera los idus. Entonces, como premonición divina, un viento rasga en dos el calendario y los idus de marzo quedan aparcados en los ventanales de los palacios y casuchas. Las dos caras, confiadas, sonríen. Una presume su fútil inmortalidad y la otra celebra su venidero triunfo.

Es el día quince y las dos caras se encuentran: «Los idus de marzo aparecieron», dice una. «Cierto es», dice la otra, «pero no pasaron». Y, entonces, la felicidad de la cara reinante se transforma en una mancha roja en el piso. Los idus llegaron y la felonía ha dado frutos. La cara pérfida será ahora quien reine.

Cinco días después, cuando el día y la noche sean espejos paralelos del tiempo, será el equinoccio. Y el rey conspirador —confiado, triunfante— se sentará en el trono. Ignorará que dentro de sí se gesta una cara tan joven y fresca como la suya que, con los soles, esperará su oportunidad. «¡De los idus de marzo desconfía!», dirá.

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