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Mi padre y Atlético Nacional

Este texto lo empecé a escribir la noche misma en que Nacional obtuvo su segundo título de la Copa Libertadores. No es un texto para Atlético Nacional, sino para mi padre, quien en vida fue hincha del equipo antioqueño. Mi padre me enseñó a ver fútbol, béisbol y boxeo. También me enseñó a jugar dominó. Revivo este texto, en su momento publicado en Las2Orillas, para decirle en la distancia ¡Feliz día, viejo Carlos!

Mi padre fue hincha de Nacional. Nunca entendí su pasión por el Verde de la montaña, porque jamás salió del Caribe. En sus años de madurez recorrió todo el norte del país: Barranquilla, Santa Marta, La Guajira. Incluso fue varias veces a trabajar a Maracaibo cuando el hermano país recibía —algunas veces con aprecio y otras más con hostilidad— a los colombianos.

Pero nunca fue a Medellín. Nunca a Antioquia.

Mi viejo sufría con crispación al frente del televisor cuando jugaba Nacional o la Selección. El Tano Pasman del Caribe. Con cierta exquisitez le reputeaba la madre por igual al árbitro que pitaba una falta inexistente, al portero que hacía mal un saque o al delantero que erraba una oportunidad de gol.

De él aprendí, entre muchas cosas, la procacidad al frente de una pantalla. Mis amigos dicen que las groserías se me oyen bonitas, naturales. “Tendrían que haber escuchado las del viejo Carlos”, les digo jactancioso.

En sus últimos años de vida, mi viejo no distinguía en la pantalla al jugador que erraba el gol ni al que ponía el pase. Y entonces, cuando veíamos un partido de la selección, para él Zúñiga era un hijo de puta que se comía la pelota de gol que realmente Jackson Martínez había pateado.

Crítico implacable y conversador festivo. Ese era mi padre durante un partido de fútbol. De él también aprendí que los partidos se ven mejor solo porque siempre se está expuesto al júbilo o al escarnio.

Como todo buen hijo, nadé contracorriente y salí hincha del Junior de Barranquilla. Pesó en mí adquirir consciencia durante los años en que el Pibe, Valenciano, Pachequito, Mendoza y Pazo le daban al equipo de la Costa las estrellas tres y cuatro del fútbol colombiano.

Junior contra Nacional eran nuestros clásicos. Y nos burlábamos cuando un equipo le ganaba al otro. Yo gocé la mítica remontada de Junior en la final de 2004, y él los cinco títulos que Nacional obtuvo después de ese año.

Pero como el fútbol es un rato, al final del partido nos separábamos y nos encerrábamos en nuestros mundos distantes. Él, los cigarrillos y el cultivo de arroz; yo, los libros y la universidad. Volvíamos a coincidir otra vez alrededor de un partido de fútbol, de la Serie Mundial de béisbol, de una pelea de título mundial o de la taza de café en las mañanas.

Siempre he dicho que soy una versión físicamente inferior de mi padre, pero espiritualmente más fuerte. Mi viejo —campesino iletrado— era una roca para el trabajo físico, pero también un hombre de sentimientos gigantes. Una lágrima indócil brotaba de sus ojos con la misma agilidad con que cortaba un puño de arroz.

En cambio, mi corazón siempre ha sido frío como enclenques son mis manos. Quizá por eso — y porque el fútbol es un deporte de pasiones y sentimientos— año tras año lo miro con mayor desdén.

Soy un hincha paria. Nunca he asistido a un estadio a hinchar por Junior y hace más de diez años no compro su camiseta. Puedo sobrevivir perfectamente un fin de semana sin saber si perdió o ganó, o sin saber si está dentro o fuera de los ocho.

Nunca supe de dónde provino el fanatismo de mi viejo por Atlético Nacional. Sospecho que, como muchos, inició en 1989. Es entendible, nadie quiere vivir su vida montado en el bus de los perdedores.

El seis de noviembre de 2013, Nacional jugó contra Sao Paulo en el Atanasio Girardot. Era miércoles. Esa noche los dos equipos se jugaban el paso a las semifinales de la Copa Suramericana. Ocho días antes, Sao Paulo había ganado como local el partido de ida.

Yo estaba con mi viejo en la sala de tierra y bahareque en la que aún vivo. Recuerdo que al final de un primer tiempo sin goles, me levanté de la silla: “Allí te dejó con tu Nacional”, le dije. Esas fueron las últimas palabras que le dirigí.

Al final, Nacional quedó eliminado de la copa. Y a la mañana siguiente mi viejo amaneció muerto en su cama.

Miento si digo que aquella noche de julio de 2016 festejé el segundo título de Nacional en la Copa Libertadores. Pero ese miércoles, mientras veía la celebración en la pantalla, me acordé de mi viejo y por él sentí regocijo.

Al día siguiente—lejano a aquel otro jueves ominoso— lo imaginé levantándose temprano de su cama a hacernos el café y a restregarnos en la cara el nuevo título continental de su Verde del alma.

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