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Quién era Ferdinand de Saussure, autor del Curso de Lingüística General

La historia de la lingüística del siglo XX es la historia del estructuralismo de Saussure y del generativismo de Chomsky. El primero murió sin terminar su obra y el segundo la abandonó en vida.

En busca de unos datos elementales

Tiene treinta años. Su vida ha transcurrido entre Ginebra, su ciudad natal; Leipzig, donde conoció de primera mano y se adhirió el movimiento neogramático; y París, donde estuvo el último año. Regresó a Suiza hace poco para trabajar en la Universidad de Ginebra. Es un hombre maduro y con unos pergaminos envidiables para un académico de cualquier época.

Su obra, sin embargo, no es muy amplia. Hace varios años se desencantó del programa comparativista, muy en boga a finales del siglo XIX. Sus preocupaciones hoy por hoy son otras. Por ello, entre problemas familiares y su desazonada vida académica, abandonó París y está ahora en Ginebra. Es el año 1886. Él es un lingüista que columbra por encima de los otros. Su presente yermo no opaca lo hecho durante los años que estudió Sánscrito en el entonces Imperio Alemán.

En 1878 publicó Memoria sobre el sistema primitivo de las vocales en las lenguas indoeuropeas. En aquel momento contaba con veintiún años. Su trabajo Sobre el empleo del genitivo absoluto en sánscrito lo defendió al año siguiente y por él le fue otorgada la calificación summa cum laude y el título de doctor en Sánscrito.

Aunque ambos trabajos se ciñeron al programa comparativista, en el Memoria, particularmente, aparecía una primera preocupación por la senda que habían tomado los estudios lingüísticos durante el siglo XIX. El Memoria intentaba estudiar las distintas formas de a en el indoeuropeo. Sin embargo, tal como se lee en el prefacio, lo suyo no solo intentaba describir el funcionamiento fonético y morfológico de una unidad lingüística, sino introducirse en «la búsqueda de datos elementales sin los que todo queda en el aire, todo es arbitrariedad e incertidumbre».

Esos datos elementales van a estar siempre en el centro de sus intereses, pero difícilmente llegará a consolidar una investigación. Las diferencias con sus colegas de Berlín y Leipzig lo obligan a partir. Con cierto sinsabor, abandonó Alemania en 1880 y se instaló en París. Allí empezó a trabajar como profesor en la École Pratique des Hautes Études. Además de dictar clases, continuó su formación lingüística asistiendo a los cursos que Michel Bréal —padre de la semántica— impartía en la École. Con Bréal, el aún joven lingüista compartió sus preocupaciones académicas.

Vivió en París de manera intermitente hasta 1886. En ese tiempo escribió, más por obligación que por encanto, uno que otro artículo sobre gramática comparada. Esta corriente le resultaba ya infecunda para dar cuenta del fenómeno lingüístico. El desencanto de sus años en Alemania volvió a aparecer con mayor fuerza en la Ècole. Por eso decidió partir hacia Suiza buscando no solo un mejor lugar para vivir, sino sus datos elementales. Esto se evidencia en las cartas enviadas a Antoine Meillet, discípulo suyo con quien sostuvo una asidua correspondencia. En una de esas cartas, describió su insustancialidad por la terminología de la lingüística decimonónica y su «necesidad de reformarla, y de mostrar para ello qué clase de objeto es la lengua en general».

En la Universidad de Ginebra, donde está ahora, enseña Sanscrito y Lenguas Modernas. En estos cursos permanecerá hasta ya entrado el nuevo siglo. La imagen que tendremos entonces será la de un hombre de mirada recia, bigote húngaro, cabello hendido y un impecable traje ajustado.

Asumirá el curso de Lingüística General en 1906 tras pensionarse el maestro Joseph Wertheimer. Al frente de él estará hasta 1911 cuando una enfermedad pulmonar le impida seguir trabajando. Los primeros tres años los dedicará a afianzarse en el programa, los últimos tres serán de una productividad intelectual infinita. Con el curso de Lingüística General bajo su dirección, empezará a resolver las dudas que lo perturban desde sus años en Alemania. Sus clases se llenarán de vitalidad e ingenio. Sus salones se abarrotarán de gente. Vendrán del resto de Europa y de Asia. El hombre explicará la lingüística desde un nuevo marco epistemológico.

Al curso lo llamará Filosofía Lingüística, no obstante, su precaria formación filosófica. Su trabajo consistirá, stricto sensu, en plantear las bases epistemológicas de la nueva ciencia. Estás las hallará en el positivismo, que desde mediados del siglo XIX domina las ciencias europeas.

Charles Bally y Albert Sechehaye —los editores del Curso de Lingüística General— afirmarán en el prefacio que «las necesidades del programa le obligaron a consagrar la mitad de cada curso a exponer cuestiones relativas a la historia y descripción de las lenguas indoeuropeas». El resto del tiempo lo utilizará para explorar, cuestionar y proponer. Empezará a construir los datos elementales, los fundamentos de la lingüística, en medio del salón de clases y en la soledad de su estudio.

La honestidad intelectual y la prudencia serán su principal distintivo. Su vida personal y académica estarán rodeadas siempre de sensatez y confidencialidad. Por eso, quizá, de sus preocupaciones intelectuales sabremos por medio de cartas, antes que por investigaciones publicadas.

La muerte lo sorprenderá en 1913. Tendrá entonces cincuenta y cinco años. La enfermedad le restó fuerzas y lo obligó a alejarse de sus clases un par de años atrás. Sus ideas han quedado consignadas en los cuadernos de los asistentes al curso y en sus manuscritos. El más importante de ellos será descubierto en 1996 oculto en un invernadero del hotel familiar. Ya para qué. Ochenta años antes Bally y Sechehaye construyeron, a partir de una copia de la idea, el Curso de Lingüística General que fue publicado en 1916 teniendo como autor a Ferdinand de Saussure.

Un curso que se convirtió en libro

La historia dice que el Curso de Lingüística General es el resultado de la compilación y edición de las conferencias que, entre 1909 y 1911, dictó Ferdinand de Saussure en la Universidad de Ginebra.

El complejo trabajo de edición del Curso quedó explicado en el prólogo de la primera edición. Bally y Sechehaye reunieron los cuadernos de los asistentes a los cursos y algunas notas sueltas suministradas por la esposa de Saussure. A partir de allí, organizaron los apuntes y los interpretaron a la luz del pensamiento del autor. Para no desvirtuar el trabajo de Saussure se requería hacer un sesudo ejercicio hermenéutico: compilar, leer entre líneas y depurar. De aquel trabajo de cotejamiento surgió el libro que fue presentado a la comunidad académica europea un mes cualquiera de 1916.

La línea argumentativa del Curso la fundamentaron a partir de los apuntes del último año. Para 1911, Saussure había aclarado algunos puntos de los problemas que esbozó los primeros años. Replanteó primeramente varios de los postulados neogramáticos; después tomó nociones de lingüistas anteriores a su tiempo que le sirvieron para, finalmente, avanzar en la construcción de la nueva ciencia. Las bases epistemológicas de la lingüística las encontró en el positivismo, tal como Augusto Comte lo había hecho con la sociología a mediados del siglo XIX. En el prólogo a la edición española, Amado Alonso —traductor de la obra e ínclito lingüista español— afirmó que «el Curso de lingüística general es el mejor cuerpo organizado de doctrinas lingüísticas que ha producido el positivismo; el más profundo y a la vez el más clarificador».

La preocupación primera de los editores era que sus ideas no se entreveraran con las del autor. «¿Sabrá la crítica distinguir entre el maestro y sus intérpretes?», se preguntaron en el prólogo. La innumerable cantidad de exégetas que trajeron las décadas posteriores a la publicación del Curso, no pudo establecer tajantemente los linderos entre Saussure y los editores. Con la publicación, en 2002, del libro Escritos de Lingüística General —editado a partir de los manuscritos de Saussure que hallaron en 1996— la cuestión ha dado un nuevo paso: el Saussure construido por Bally y Sechehaye difiere al de los Escritos en algunas aproximaciones sobre el carácter espiritual del lenguaje.
A Saussure se le ha llamado el gran deslindador de las antinomias. La razón está en que todo el Curso asume el fenómeno lingüístico a partir de una doble concepción. Bajo este precepto aparece formulada la ya conocida serie de antinomias: lengua-habla —que coincide en algunos puntos con la forma interior de Humboldt—, diacronía-sincronía, sonido-sentido, sintagma-paradigma, norma-uso, social-individual.

Las antinomias, en la medida que desechaban lo incidental y recuperaban lo importante, le permitieron a Saussure introducir la lingüística dentro del programa positivista y encontrarle asidero a una esquiva concepción del lenguaje. Saussure afirma en el Curso que el lenguaje es multiforme y heteróclito; y, sin importar desde qué punto de vista se mire, este «presenta perpetuamente dos caras que se corresponden, sin que la una valga más que la otra». Una de esas caras es la lengua, en tanto sistema adquirido; y la otra, el habla, en tanto materialización individual del sistema. La lengua será el objeto de estudio de la lingüística.

Amado Alonso sostendrá también que Saussure soslayó la vitalidad espiritual del lenguaje al privilegiar la lengua por encima de las otras manifestaciones. En defensa del Curso se puede decir que el hombre actúa acorde con su tiempo y lo hecho por Saussure fue necesario para darle valor científico a la lingüística. El mismo Saussure lo afirma en el Curso de esta forma: «La lengua parece ser lo único susceptible de definición autónoma y es la que da un punto de apoyo satisfactorio para el espíritu».

Cualquier crítica que se haga del Curso es bienvenida, lo mismo que cualquier elogio. La obra de Saussure no fue concluyente, sino fundacional. El Curso de Lingüística General aborda, con mayor o menor rigor, todos los problemas de la lingüística de su tiempo. Es normal, entonces, que con los años muchos de los puntos fueran reformulados o ampliados. Cien años después de publicado no hay lingüista que no le deba algo al Curso ni teoría general que no mencione a su autor.

La lingüística científica dio sus primeros pasos con la escuela neogramática que Saussure conoció por dentro. Pero fue él, un neogramático disidente, quién le dio el rigor necesario. La historia de la lingüística del siglo XX es la historia del estructuralismo de Saussure —que dicho sea de paso jamás utilizó este término— y del generativismo de Chomsky. El primero murió sin terminar su obra y el segundo la abandonó en vida.

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