Ad Clicks : Ad Views :

Residente, viaje a la semilla

/
4066 Visitas

Una tarde me fui hacia extraña nación (…), pero mi corazón se quedó frente al mar en mi viejo San Juan.

Noel Estrada

La noticia

Foto de Playboy.co

René Pérez Joglar terminó hace un par de años el proyecto que empezó con sus hermanos, Eduardo e Ileana Cabra —Visitante y la PG 13—,  con los que produjo cinco álbumes de estudio y ganó 25 Grammys. Después de Multi viral, inició su carrera en solitario. Se hizo una prueba de ADN y los resultados lo llevaron a recorrer el mundo: estuvo en Siberia y en China, en Georgia y en Osetia del sur, en Burkina Faso y en Ghana. Finalmente terminó —regresó— a Puerto Rico. Catorce naciones,un álbum en el que participaron artistas de cada país, un documental y una página web (residente.com). El resultado final del viaje.

Residente—nombre del álbum— es producto del mapa genético de René Pérez. La conexión entre sus genes y las tierras originarias. El viaje a los países no fue la travesía del turista: la foto en el monumento, el hotel cinco estrellas, la comida especial; fue la convivencia con las gentes, la compenetración con el dolor de cada una de estas tierras. René Pérez transformó el dolor en sonidos o, mejor,entendió que el sonido —la música— es la mejor forma de sobreponerse al dolor.Después de todo, el hombre es también universal en el dolor y la música.    

René ha hablado siempre de que Residente es un álbum conceptual y de que el concepto viene dado por la relación entre sus genes y los lugares de donde provienen. El álbum está compuesto por un intro —interpretado por Lin Manuel Miranda, escritor, director y actor de Hamilton, el musical más exitoso en la historia de Broadway—, dos interludios —grabados, el primero, por el grupo Chirgilchin en Siberia, y el segundo, por músicos de la tribu de los dagombas en Tamale, asentamiento al norte de Ghana— y diez temas escritos por René Pérez.

El concepto

Toda huella genética es un punto en el espacio y el tiempo. El espacio nunca es uno solo ni unidimensional, sino múltiple y difuminado. Vayamos al tiempo: en la historia del ADN humano, no somos comienzo o fin. Somos un punto medio en una red interminable: el eslabón de una cadena octopoide y sempiterna que nos disuelve en el tiempo. O como dice Silvio Rodríguez: «somos prehistoria que tendrá el futuro, somos los anales remotos del hombre». Y en tanto tiempo y espacio son indisolubles —tal como lo entendió Einstein, y lo retomó para la literatura Bajtín—, el ADN humano está impregnado —relacionado— con el ADN del ser más minúsculo que haya habitado o habitará cualquier lugar del planeta. Después de todo, los humanos compartimos genes paralelos hasta con las cucarachas o los elefantes. Si nuestro ADN se pierde en los vericuetos de la vida en el planeta, ¿cómo admitir la superioridad del hombre ante otras formas de vida? O, recordando a Martí, ¿cómo aceptar la superioridad de una raza sobre la otra?

Pensemos ahora en el cuento de Alejo Carpentier, El viaje a la semilla: una casona colonial que nos recuerda una época feliz y vital del Caribe está siendo demolida por unos hombres. La jornada de trabajo termina y las escaleras de mano, antes ocupadas por los obreros, quedan «esperando el asalto del día siguiente», que será el último en pie de la casona. De repente, un negro milenario que ha estado todo el día por-ahí, empieza a hacer gestos y a mover su cayado sobre los escombros. El tiempo, entonces, empieza a retornar: las baldosas retoman su lugar original, las viejas tejas vuelven a su sitio. Una Ceres andrajosa en medio de una fuente se torna menos gris. Así empieza el viaje a la semilla. Don Marcial se convierte en Marcial apenas y después en un niño. La casa se vuelve joven; y Marcial, un bebé. Al día siguiente los obreros llegan a terminar la demolición, pero encuentran que «el barro volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la casa». El reloj ha movido las agujas a su derecha.

¿Qué tiene que ver el cuento de Carpentier con el álbum de René Pérez? Creo que la narración del primero nos ayuda a comprender el concepto del álbum del segundo. Residente es, como El viaje a la semilla, una narración sobre la vida, un transcurrir en el tiempo, un viaje al pasado para escudriñar y comprender el futuro. Entre canción y canción hay un hilo narrativo en el que se relata la historia de la humanidad. El álbum es vital en tanto prevalece en él, como en una saga mítica, la confianza en la vida y en el Hombre.

El concepto de Residente, como el ADN de los seres vivos, solo se hace evidente cuando se mira el fondo, cuando se aparta la maraña y nos tropezamos con el viaje. Como dije, analizar el ADN humano es analizar la vida en el planeta. Detrás de toda huella genética hay una historia sin fin —una narración— organizada en inicio, nudo y desenlace. La historia de René Pérez es la de un viaje, que es la forma más clásica de narración —recordemos a Moisés y sus cuarenta años en busca de la Tierra Prometida, a Odiseo y su retorno a Ítaca, a Eneas y su peregrinaje hasta el Lacio, al Quijote en su campaña por La Mancha desfaciendo agravios y enderezando entuertos—. ¿En qué consiste el viaje de Residente en el que canta desde la creación hasta el día después del apocalipsis?

El génesis

En el principio ya estaban los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y, por tanto, llena de vida. Porque la vida es eso: desorden y caos. Anormalidad. Esta podría ser, en línea gruesas, la creación del mundo según René Pérez. El génesis de Residente está conformado por los tres primeros temas: Somos anormales, Una leyenda china y Dagombas en Tamale. Los tres tienen particularidades entre sí que permiten organizarlos en este primer momento: el del origen. No son el pentateuco judeo-cristiano-musulmán, sino un triteuco universal. El de la vida contada desde una perspectiva-otra: la de hombres vitales.

Este génesis personal no tiene un único punto de partida. Sucede, por el contrario, en tres puntos distintos del planeta: la Siberia esteparia, la China milenaria y el África prehistórica. Los tres son vistos como lugares de origen de algo. En África, ha dicho la ciencia, tuvo origen el homo sapiens hace más de ciento cincuenta mil años. De Siberia, salieron los primeros hombres que poblaron América. Y el pensamiento filosófico chino es, en palabras de René Pérez, el hijo no reconocido de la filosofía.

Estas tres canciones asumen al hombre desde una visión contraria a la razón homogeneizadora occidental. Y por ello, el primer tema del álbum es Somos anormales. La narrativa de esta canción, si tomamos en cuenta la letra y el video, aborda el origen polimorfo del hombre en particular, y de la vida en general: una gran Madre Negra, el África de los dagombas, es la paridora de vida y de hombres imperfectos, anormales. Esto supone una perspectiva distinta al estereotipo de belleza occidental, tan válido para la industria de la moda, pero tan baladí en la cotidianidad.

El hombre hace parte de la naturaleza. La naturaleza tiende al policultivo y a la variedad. Por tanto, pretender que el hombre sea producto de un único molde —y pienso en el dios judío moldeando el polvo de la tierra para crear a Adán— es ir contra la naturaleza misma. Si la tierra no se labra para el cultivo, aparecen, entonces, diversidad de especies animales y vegetales; si al cuerpo humano no se le somete a la disciplina física —concepto social antes que natural—, entonces surgen la celulitis y la barriga. Así funciona la naturaleza, y ello no debe ser motivo de escándalo: «lo que no es igual, sobresale».

Similar idea la encontramos en Una leyenda china: «La mitología quería que fuéramos perfectos hasta que la realidad nos convirtió en insectos». La idea de la anormalidad —que en esencia es la natural heterogeneidad de la vida— reaparece aquí, y en Dagombas en Tamale, revestido de algo mucho más poderoso: el cuestionamiento a la idea de progreso —también occidental—. Belleza y progreso son caras de la misma moneda: la de la modernidad. Ambos conceptos entroncan con lo artificioso y lo material. La dialéctica naturalidad versus artificiosidad se inclina, para René Pérez, a favor de la primera. Ante la pomposidad se impone «la grandeza de las cosas pequeñas»; y ante la escasez material del África, emerge la pregunta: «¿Pa qué queremos radio si aquí hay tambores?».

El locus de enunciación

He utilizado peligrosamente —lo acepto— el término natural en oposición a artificial. Digo de manera peligrosa, porque ya antes esta palabra se ha utilizado en forma despectiva para asociarla con lo primitivo y opuesto a la razón. Hegel, por ejemplo, en sus Lecciones sobre la Filosofía de Historia Universal se refirió a los africanos en estos términos: «Así pues, en África encontramos eso que se ha llamado estado de inocencia, de unidad del hombre con Dios y la naturaleza. Es este el estado de la inconsciencia de sí. Pero el espíritu no debe permanecer en tal punto, en este estado primero. Este estado natural primero es el estado animal».

Hegel, en sus palabras, asume un único modo de razón: la razón ilustrada europea, que desdeña cualquier otra visión que esté fuera de sus límites. La tradición occidental construyó un locus de enunciación que anuló las otras formas de pensamiento racional y las entendió como primitivas y animalescas. Lo natural desde la lógica europea se convierte en no-razón. El locus europeo moderno se sostuvo allende las fronteras a través del colonialismo que, según Fanon, «por una especie de lógica perversa, se apodera del pasado de los oprimidos y lo distorsiona, lo desfigura y lo destruye».

¿Qué tendría que ver lo anterior con René Pérez? Para comprender mejor el concepto de Residente es preciso entender que los países donde se hizo el álbum, además de estar relacionados con el ADN del cantautor, están marcados por un profundo pasado colonial. La modernidad, vista desde los estudios decoloniales, no es un producto del desarrollo racional de la humanidad, sino una de las dos caras de la moneda. La otra es el colonialismo. La modernidad europea fue posible gracias a la relación —desigual— entre el centro europeo y sus colonias en América, África y Asia.

A la razón moderna/colonial, se opone —simultáneamente— la razón decolonial a la que están circunscritas las canciones de René Pérez. Desde esta perspectiva, se entiende que hay diversos loci de enunciación de las realidades políticas, culturales y económicas. El locus de enunciación del tercer mundo —entendidas las nociones de primer, segundo y tercer mundo como mera división geopolítica— no es mejor o peor que el del primer mundo, tampoco opuesto; es diferencial en la medida que interviene y explica el fenómeno de la modernidad desde una nueva perspectiva.

Como ya dije, la propuesta de René Pérez se entiende mejor desde la perspectiva decolonial que, aunque no niega el mercado, busca formas más armónicas de relacionar al hombre con las leyes de la oferta y la demanda. La perspectiva decolonial tampoco se alinea con posturas afines al humanismo o al marxismo porque ambos son producto de la lógica moderna europea. El humanismo, por ejemplo, toleró la esclavitud de los mismos negros que Hegel consideró animales. ¿Es coherente o no la estética de René Pérez? ¿Es su lucha independentista una impostura? Cito al semiólogo argentino, Walter Mignolo: «Las prácticas teóricas postcoloniales se asocian con individuos que provienen de sociedades con fuertes herencias coloniales, que han estudiado o están en algún lugar del corazón del imperio».

Apocalipsis ahora

Desencuentro, Guerra, Apocalíptico y La sombra. El nudo de este viaje. La sola lectura de los títulos da la sensación de conflicto. Mientras las tres canciones iniciales remiten a nacimiento u origen, las de este segundo grupo hablan de caos, transformación y muerte. Para la humanidad, el nacimiento siempre estará asociado con la luz —dar a luz— y la muerte con la oscuridad —guardar luto—. En Residente, ambas instancias están presentes, pero no dialécticamente, sino como estadios previos a un final: el final del viaje, que ya lo han cantado, entre muchos, Dante y Silvio Rodríguez.

El nudo del viaje a la semilla inicia con Desencuentro que, aunque es una canción intimista, entra en diálogo con los otros temas para crear la Gran Historia del Caos. Recuerdo haber leído en la prensa que se referían a Desencuentro como una balada. Y no está mal verla así. Claro, aislada del resto de canciones, Desencuentro es una canción romántica en la que René Pérez utiliza similares figuras retóricas —antítesis— a las ya escuchadas en Ojos color sol. Pero dentro del concepto del álbum, Desencuentro es el punto de quiebre entre la luz de la primera parte y la oscuridad patente en Guerra, Apocalíptico y La sombra. El tema también anuncia el final del viaje: «Tout ce qui naît, meurt tôt ou tard. Si caminamos al revés, peut-être nous nous rencontrerons».

Entre los hombres, la forma más elemental de resolver los desencuentros —ocurridos por tierras, por poder, por dignidad—es siempre la guerra. En el mundo, la guerra es más común que la paz. La paz es la Utopía y la guerra, la Realidad. «La guerra de noche y la guerra de día», rapea René. En el mundo siempre habrá mil motivos para la guerra y uno solo para la paz: la Vida. En palabras de René Pérez: «La guerra es más débil que fuerte. No aguanta la vida por eso se esconde en la muerte». Los hombres hacen la guerra y la guerra hace a la Humanidad. Mera dialéctica.

No importa cuánto dure —Mil Días, Siete Años, Cien Años—, no importa lo cruel o lo clemente, la guerra es nuestro apocalipsis perenne. ¿Y qué vendrá después del Apocalipsis? Otra vez la vida, siempre la vida: «Cuando no queden rastros ni huellas (…) y se rompa lo que ya estaba roto aquí estaremos nosotros». Silvio Rodríguez ha expresado similar idea con otras palabras: «Al final de este viaje en la vida quedarán nuestros cuerpos tendidos al sol como sábanas blancas después del amor».

Así se entiende la Gran Historia del Caos, el nudo del viaje a la semilla. En este grupo de canciones, está la idea central subyacente de Residente: así como la música no es únicamente sonidos, sino también silencios —la perfecta armonía entre sonidos y silencios—, la vida no es solo la luz, sino también la sombra. La luz es ausencia de oscuridad y la oscuridad, ausencia de luz. Sin la sombra no existiría la luz y el mundo sería visualmente plano. La pintura más básica, incluso, se sustenta en esta armonía. La sombra es muerte, pero ¿Qué es de la vida sin la muerte? René Pérez tanto más le canta a la vida cuanto más habla de sus miserias y crueldades. Sus letras, por tanto, no son, ni por asomo, pesimistas u optimistas, sino reales.

Hemos relacionado las canciones del inicio con los lugares donde fueron gestadas. Este grupo de canciones tampoco es la excepción. La conexión es directa. Apocalíptico es un tema que se escribió en China —como reacción al ambiente espantoso de las megaciudades del gigante asiático— y se produjo finalmente en Nueva York y Londres. Beijing, Londres y Nueva York son los tres centros mundiales del comercio y el desarrollo: los causantes del apocalipsis. En Guerra participan músicos de Osetia del Sur y del Norte, Georgia, Rusia, Chechenia y Armenia. Sus gobiernos han hecho la guerra, y ellos —hombres de carne y hueso— se han unido para cantarle a la guerra, que es otra forma de hacer paz. Siempre será más inofensivo cantarle a la guerra que hacerla. Y La sombra es una canción grabada en Níger, en el corazón del continente negro: África, sombra —y vergüenza— del mundo desarrollado.

Antes del fin: música y literatura

Recientemente, el escritor colombiano, Héctor Abad Faciolince, publicó una columna en la que cuestionaba la entrega del nobel de literatura a Bob Dylan al tiempo que retomaba la discusión sobre si la música es literatura. En opinión del autor de El olvido que seremos, muchas de las letras de las canciones contemporáneas resultan banales y llenas de ripios cuando se les separa de la melodía. Para Faciolince, el aspecto estrictamente literario de Dylan —el de la palabra sin el acompañamiento musical— es «muy inferior a lo que consigue un gran poeta». Los que practicamos la escritura regularmente sabemos cuánto cuesta construir un párrafo. Sabemos que nuestro gran problema muchas veces no es el qué sino el cómo. Y nos enfrentamos férreamente con eso aparatoso monstruo elástico al que llamamos lengua. Peleamos con las comas, las preposiciones, los gerundios y las frases manidas.

La idea la tomo del mismo Dylan: los grandes cantautores tienen este tipo de luchas, aunque sin pensar jamás si lo que escriben es o no literatura. El cantautor busca que la letra sea lo mejor posible —lingüística y estéticamente hablando—, y también lidia, tal como lo hace el escritor con las comas y los gerundios, con esos otros «aspectos mundanos», pero igualmente importantes de los músicos: la tonalidad de la canción, la forma de difundir el álbum, los lanzamientos, el video clic, el sencillo promocional.

¿Es la música literatura? En últimas, es un asunto de consideración. Muchas veces he hallado más fuerza en un verso de Joan Manuel Serrat o de Leonard Cohen, que en cientos de poemas que han pasado por mis ojos. La discusión de los géneros y las clasificaciones es tan vieja como infecunda. Para lo que intento decir, poco importa si las canciones son o no literatura —concepto bastante etéreo—. En mi caso, prefiero pensar que el valor estético per se de una canción se logra emparentando el elemento literario con los elementos melódicos, armónicos y rítmicos de la música.

Lo que ha hecho René Pérez con Residente es conjugar ambos aspectos sin que uno prime sobre el otro. Sus canciones hoy se pueden leer sin música porque han alcanzado un grado de coherencia lingüística que no se lee en un poema contemporáneo, y una contundencia en el decir que tampoco se escucha en un manifiesto. Y esto en los cantautores de nuestra lengua es cada vez más exiguo. Para hablar de cantautores pulcros en su escritura toca escarbar en los casos emblemáticos: Silvio Rodríguez y sus imágenes intensas, Rubén Blades y su narración fluida, Joan Manuel Serrat y el candor rebelde de sus versos. La lista no es muy extensa.

En el álbum está igualmente la riqueza eminentemente musical que René logra a partir de los sonidos —y los artistas— del álbum. En Residente, las colaboraciones se hacen sin desnaturalizar al artista. Cada uno toca lo que sabe tocar y canta lo que sabe cantar. El álbum es un collage de sonidos de todo el mundo que no busca crear el próximo éxito mundial, sino mostrar al mundo a pesar de sus fracasos. Colaboraron con René Pérez artistas que quizá nunca han llenado un estadio, pero sus músicas inspiran la vida de las calles de sus países, antes que la rumba en las discotecas de Miami.

La utopía conquistada

Recapitulemos el recorrido. El primer momento del álbum es el pasado de la creación —que es luz—, el segundo es el presente del caos —que es oscuridad—, y el tercero es el futuro de la esperanza —donde resurge la luz—. Y este futuro está expresado en el hijo —Milo— que es siempre la prolongación de la existencia de los hombres, en la utopía alcanzada de El futuro es nuestro, y en el telurismo de Hijos del cañaveral. En el desenlace de esta historia, en el final del viaje, la tierra vuelve a nacer. Después del apocalipsis surge la vida hasta en las condiciones más crueles. La vida está en la fría Siberia, en la calurosa África y en la beligerante región del Cáucaso.

Milo es el nombre del primogénito de René Pérez. Fue él quien motivó la canción, su ausencia o su presencia incorpórea, como quieran verlo. Parecería, por tanto, otro tema personal del álbum, y lo es. Pero en la narrativa de la historia, la canción nos devuelve la luz. La única certeza del hombre es su fugacidad física. Y a falta de árbol y de libro, está el hijo. Cuando morimos, aunque parezca paradójico, no nos llevamos nada salvo lo que dejamos. Por eso, para los hombres sin historia el hijo es la forma más elemental de asegurar el futuro, de hacer nuestro el futuro.

El futuro es nuestro no trata de un tiempo distópico, sino de la conquista de la utopía. La distopía es el presente: la posverdad, el gran hermano que vigila nuestros pasos, el pueril escapismo de la juventud, el culto a los ídolos o las redes sociales. Cuando contrastamos las ficciones distópicas de Huxley, Orwell o Bradbury con el presente arrebolado, nos topamos con las crueles similitudes. Las taras históricas de la humanidad —el machismo, el racismo, la religión y el puritanismo—aparecen en la canción si no superadas, por lo menos sí ninguneadas, desacralizadas.

El lugar que ocupa Hijos del cañaveral en el álbum se explica porque Puerto Rico es el punto de partida y de llegada. El viaje inició con el rap del primo de René Pérez, Lin Manuel Miranda, rapeando sobre los antepasados comunes y deseándole fortuna en el viaje. Nótese las coincidencias entre el Intro del álbum y el relato bíblico del bautismo de Jesús. En la narración bíblica, Juan el Bautista sumerge a Jesús en las aguas de río Jordán para que reciba la bendición del Espíritu Santo antes de internarse cuarenta días con sus noches en el desierto. En el Intro, es René quién recibe la bendición de su primo antes del viaje. Hijos del cañaveral significa la vuelta a casa. René Pérez en esa canción nos dice que los hombres nacen y mueren, no en el pecho de una mujer como dijo Jules Michelet, sino en su tierra. Con Hijos del cañaveral, el viaje ha terminado. Ulises ha regresado a Ítaca.

A su regreso, René Pérez ha encontrado la feliz precariedad de los pueblos del Caribe. La mirada, sin embargo, es distinta al Puerto Rico de La crema o La perla. En esos temas se hablaba del presente personal de René; en Hijos del cañaveral está, a partir de una descripción esplendorosa, la vida de la gente común de la isla. La letra versa sobre el pasado primero —los jíbaros con el machete, la pañoleta en el cuello y la pava inquebrantable ante la borrasca—y sobre el futuro independiente al final: «Al colono lo bajaremos del trono para que nuestra bandera cante en un solo tono». Y en tanto afincada en el pasado común, la canción se impregna de los sonidos raizales de la música jíbara: los bongós y el cuatro, en los instrumentos; y el verso octosílabo, en los coros.

Quiso René escribir una canción sobre Puerto Rico sin saber que Hijos del cañaveral es un himno del Caribe entero. Dos cosas lo confirman: la plantación donde nos esclavizaron y el machete con que nos libertamos. La canción no habla de los prohombres de Puerto Rico porque para eso están los manuales de historia. Por el contrario, sigue René al pie de la letra, porque lo conoce, aquel viejo consejo de Rubén Blades: «No memorices lecciones de dictaduras o encierros. La patria no la define el que suprime a su pueblo”. Y sabe también que, como dijo Martí, “No hay hombre sin patria ni patria sin libertad».

  • Facebook
  • Twitter
  • Google+
This div height required for enabling the sticky sidebar
Esta web utiliza cookies puedes ver aquí la Política de Cookies. Si continuas navegando estás aceptándola.