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Sócrates: más que una leyenda del fútbol, un emblema de la utopía revolucionaria

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Como sucede con todos los ciclos, uno espera que se repitan. Que el símbolo, que otrora supo erigirse como faro de las gentes, se encarne en otro espejo.

Un año antes de que se celebrara la Copa Mundo, el 19 de septiembre de 1985, aconteció el evento natural más mortífero del que la historia de México tenga registro. Un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter sacudió los cimientos de Ciudad de México y sus alrededores: 8 mil millones de dólares calculados en daños materiales y casi un millón de personas abandonaron sus hogares. El reporte oficial de muertos fue de 3.192, mientras que, por otra parte, algunas organizaciones hablan de un número muchísimo mayor: veinte mil.

Casi un año después, el domingo 1 de junio de 1986, en un partido por la primera ronda del Grupo D, Brasil acabaría ganándole a España un gol por cero, tras una anotación del tipo que aparece en la fotografía, ese que lleva atada a la frente una pañoleta que dice México sigue en pie. La tierra volvió a temblar, esta vez por causa del éxtasis. Miles de aficionados estallaron en aplausos y corearon su nombre. El centrocampista le daba un espaldarazo a los mexicanos desde el césped, les hizo saber que era uno más dentro de los muchos que seguían recogiendo los escombros del pasado reciente. Ese día se contó como un desposeído.

Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, mejor y ampliamente conocido como Sócrates o «El doctor», por su también profesión de médico, fue el jugador brasilero más inteligente de la década de los ochentas. Su regate siempre oportuno, acompañado de su inmejorable visión de juego, lo convirtieron en el futbolista que mejor supo hacer de su deporte un ritual estético. «El fútbol, más que un juego, es un trabajo de artistas», sentenciaba constantemente.

Su prudencia en el manejo del balón contrastaba con la rebeldía de su cabeza. A mediados de la década del sesenta y hasta 1985, Brasil vivió bajo el régimen dictatorial. Sin embargo, desde inicios de la década de los 80, la dictadura empezó a dar señales de su periodo terminal. En 1982, forzados por el clamor popular, los representantes de la autarquía convocaron elecciones para designar al nuevo Gobernador del Estado de Sao Paulo. Fue entonces cuando Sport Club Corinthians, liderado por Sócrates, inició un movimiento contestatario que empezaría por revolucionar las practicas deportivas al interior del equipo, para luego trasladarse a todo el escenario social de aquel Brasil convulsionado. De ese gesto nació lo que se conoce como «La democracia corinthiana».

Así, los jugadores lo votaban todo. Se reunían y, democráticamente, por mayoría, elegían el método de trabajo, los sistemas de juego, los horarios de entrenamiento y la repartición del dinero. Durante esos años el Corinthians convocó las mayores multitudes en los estadios de Brasil, además de ganar consecutivamente el Campeonato Paulista durante dos años, ofreciendo el más hermoso y vistoso fútbol de todos.

De este modo, valiéndose de su popularidad, los jugadores decidieron proyectar el mensaje democrático hacia la sociedad brasileña. «Cuando pisábamos el césped —declaró en una ocasión Sócrates— sabíamos que estábamos participando de algo más que de un simple partido de fútbol. Luchábamos por recobrar la libertad en nuestro país».

Como muestra de ello está la final del campeonato paulista de 1983. Sócrates convenció a sus compañeros de imprimir camisetas con el lema «Democracia corinthiana. Vote el día 15», escudados por una pancarta que decía «Ganar o perder, pero siempre con democracia»

De todos estos procesos Sócrates fue líder y vocero: «Jugué los mundiales del 82 y 86 en una maravillosa selección. Conocí el Calcio en la Fiorentina. Fui técnico. Sigo siendo médico. Escribo crónicas para un diario deportivo y poemas que ponemos en canciones con amigos músicos. Pero esa fue la época más exultante de mi vida. Dos años y medio de lucha que valen por 40 de felicidad», Con estas palabras Sócrates, quien falleció en 2011 a los 57 años, evocaba la utopía futbolística y revolucionaria de la que había sido emblema.

Como sucede con todos los ciclos, uno espera que se repitan. Que el símbolo, que otrora supo erigirse como faro de las gentes, se encarne en otro espejo. Mientras esperamos en vano nos damos cuenta que Sócrates ha muerto en todos los sentidos. Murió el futbolista, se fue el genio, desapareció la voz. En este espectáculo que es el mundo, todos asistimos por igual a la infortunada paradoja de la vida que consiste en ver morir una especie al mismo tiempo que otra nace: mientras languidece moribundo, el ídolo, nace, violenta y cruda, la celebridad.

El ídolo es símbolo per se. La celebridad es una imagen, y las imágenes cambian sin el menor remordimiento conforme los tiempos se suceden uno tras otro. El símbolo encarna el espíritu de una época, la celebridad vive sin saber acaso qué es el espíritu. El símbolo es paradójico, la celebridad es plana, previsible. El símbolo no quiere que lo encuentren, la celebridad no se permite salir del reflector. Pero será la voz, ante cualquier otro rasgo, lo que mejor distinga al uno de la otra. El primero es un discurso, una voz indiferente al poder, un Juan el bautista que espeta verdades a merced de que le corten la cabeza. La segunda solo posa.

El símbolo es Puerto Rico. Residente, Capó, Daddy Yankee, Bad Bunny, Nicky Jam, Ricky Martin, Olga Tañón, entre otros, emplearon con sensatez su poder de convocatoria para darle fuerza al movimiento social en la isla. La indignación de los boricuas se ha hecho sentir en las calles, gente de todos los sectores estableciendo un precedente, actuando como se debe frente a las atrocidades del gobernador Ricardo Roselló, el hombre que, desde su casa, entre otras infamias, negaba la inminencia de la crisis mientras el país se hundía en el caos después de la tragedia causada por el huracán María.

La presión dio sus frutos, Roselló renunció al cargo y ganó el símbolo. Una victoria que debe ser celebrada como lo que es: la jugada de Sócrates. Los boricuas se ponen de pie y aplauden, el estadio se quiere caer. Desde Colombia solo vemos, nada más. Vemos mientras sufrimos. Aquí solo hay celebridades que promocionan marcas y producen videos chistosos. Nuestros artistas están de gira y los futbolistas en la playa. Para nosotros Sócrates no juega, para nosotros él ha muerto en todos los sentidos.

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