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El hombre no es más que un fingidor

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Porque nada cambia el hecho de que el hombre auténtico es el primero que delira, y a ciegas como va, busca la primera forma donde pueda hallar reposo.

La mano de la fotografía aprieta y ocasiona un dolor que en su naturaleza es tan extraño a quién lo padece porque, entre otras cosas, casi todas las formas del grito están más cercanas al padecimiento de la mujer que al del hombre. Como Aquiles, algo de lo que somos se quedó por fuera del bautismo. La inmersión de nuestra hombría parece haber estado marcada por una mano que, en lugar del talón, nos sostuvo por los genitales. El hombre es, en el fondo, un ser que exhibe su machismo con el mismo instrumento que desvela su fragilidad.

Entre hombres, las riñas se resuelven con golpes en la cara, nunca en las pelotas. Un hombre prefiere un rostro desfigurado antes que un miembro magullado. Parece haber un acuerdo tácito sobre el cual se infiere que, quien propine literal bajeza, será visto como un supremo cobarde, aunque deje al rival tendido e indefenso, revolcándose en el suelo. Entre hombres es prohibido pisarse las mangueras.

El pene siempre ha tenido dotes de actor consumado. Se yergue, impetuoso, con más dificultad de lo que se duerme. Su estado de indefensión permanente es usado para denotar un brío del cual solo es consciente cuando está erecto, el resto del tiempo es solo una nariz que pende, diminuta, a la espera de una nueva mentira que lo engrandezca.

Habría que replantear, si el asunto es de coherencia, nuestra forma alternativa de ser machos, porque el genital como estereotipo no puede con tanta carga. Toda una historia lo avala: al hombre lo postra el desuso. La guerra, por ejemplo, ha ofrecido cada vez que puede nuevos paradigmas de bravura, pero al ser tan efectiva ha acabado con los hombres. Y muerto el perro…

El fútbol (para no alejarnos de la imagen) tampoco ayuda mucho. Jornada tras jornada, las agitaciones de la cancha y de la grada terminan por convertirse en un cuadro de salvajismo testicular. Sea para provocar o para responder, nada es más elocuente que un apretón de bolas, o la soledad de un dedo que se ofrece. Es difícil encontrar en el funcionamiento mecánico de nuestro cuerpo una conexión más natural que la de las manos de un hombre con sus genitales.

Al final, parece que no queda más que resignarnos con lo único cierto: somos la cuota inicial de la procreación y los mayormente responsables del crecimiento demográfico. Porque nada cambia el hecho de que el hombre auténtico es el primero que delira, y a ciegas como va, busca la primera forma donde pueda hallar reposo. La mujer, queriendo que así sea, seguirá fingiendo que no lo necesita, solo para que la farsa dure más tiempo. Ellas, siempre más adelantadas, ya han descubierto que la nariz de pinocho crece solo con mentiras. Ellas ya saben que la vida empieza, paradójicamente, con la resurrección de un muerto.

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