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¿Y si todos somos inocentes?

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El Día de los Inocentes debería servir para celebrar no las triquiñuelas y bromas, sino la inocencia. Celebremos la inocencia sin confundirla con la memez. No nos regodeemos jodiendo al otro, sino ayudándolo.

Marica el último es nuestra versión contemporánea de un dicho más conocido: «El vivo vive del bobo». Estas dos frases, entre una larga lista del refranero nacional, revelan nuestro lado más triste y grotesco: el ventajismo.

En otros lugares, he dicho que este es —literalmente— el país del rebusque. El rebusque no es solo una condición del desempleado ni del trabajador informal. En Colombia, desde el más alto funcionario hasta el profesor de escuela o el tombo se rebuscan. Porque —y cabe aquí otra frase común nuestra— «la situación está bien dura» y uno no sabe cuándo vaya a necesitar unos pesos adicionales. Rebuscarse es sacarle ventaja y provecho económico a una situación o persona. De ahí que «rebuscarnos la vida», en vez de revelar nuestra capacidad de supervivencia, lo que hace es mostrarnos como mercenarios. Puro ventajismo.

No importa en qué lugar de la escala social estés ubicado: siempre tienes que estar a la caza de una oportunidad para «conseguirte unos pesitos adicionales». Nada importan tu salario, las tierras, ni los ahorros: el rebusquito sirve para los gastos del día, para el colegio de los pelaos o para los tragos del fin de semana. Lo importante es rebuscarnos. Porque, como todo el mundo lo hace, «marica el último».

Detrás de nuestra constante capacidad de rebusque, repito, se revela nuestro ventajismo visceral. Ser ventajista es la regla para los colombianos. De allí viene, quizá, otra frase que en la infancia nos decían nuestros padres: «Si te pega, jódelo tú también». Pues, «cuantimás, tabla». Además, «roba fulanito, que no lo haga yo». Estas frases, hechas a nuestra medida e inocentemente utilizadas y adoptadas, revelan que, para nosotros, estar en la zaga es un pecado, una sentencia de muerte. Otra vez, «marica el último».

Nuestro lenguaje cotidiano termina asimilando nuestras acciones ilegales. El lenguaje es el cedazo a través del cual el ventajismo se regulariza y se vuelve norma. Una acción se reitera en la práctica, después se lleva al lenguaje cotidiano. Lo usamos de manera desprevenida hasta que la rareza, la excepción, se vuelve común.

Esa forma de estar siempre en ventaja no implica, sin embargo, estarlo por mérito y esfuerzo propio, sino a partir de sacarle provecho al prójimo. Rebuscarnos de él. En sociedades sanas, la competencia es natural. Luchar por imponerse es necesario, siempre y cuando se haga a partir del esfuerzo individual o colectivo, de la constancia y lucha interior.

Pero cuando se carece de capacidad individual, cuando no se tiene inteligencia, cuando se es incapaz de emprender empresas colectivas, nos queda aprovecharnos del caído, del que nos necesita. En otras palabras, del inocente.

Lo contrario del ventajista es el inocente. Por eso, ante tanto vivo viviendo de los inocentes, ante tanto ventajismo desmedido, la opción no es precisamente que todos seamos ventajistas, sino volver a la inocencia.

La inocencia es un estado puro, propio de la infancia. Esta rara vez prefiere la comodidad individual al bienestar colectivo. En esta lucha por sobrevivir, nos obligan a deshacernos de la inocencia. En el colegio, en el trabajo, en el barrio, ser inocente implica estar en los márgenes. Ser el marica, el último. Para medrar socialmente, se nos obliga a poner duro el cuero y arrasar con cuanto encontremos a nuestro paso.

El Día de los Inocentes, del que ya medio mundo anda prevenido, debería servir para celebrar no las triquiñuelas y bromas —después de todo, estas son «pan de todos los días»— sino la inocencia. Celebremos la inocencia sin confundirla con la memez. No nos regodeemos jodiendo al otro, sino ayudándolo. Solidaricémonos en silencio. Sin escándalos. De manera tal que el mundo perezca inocente como nosotros, cuando fuimos los niños.

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